La carne que comemos podría ocultar una historia de destrucción
“Yo desde hace tiempo compro una carne buenísima y muy barata en una carnicería cerca de mi casa. Sé que la traen de Nicaragua. Y sí, alguien me había comentado eso, que allá están deforestando para hacer potreros, pero ¿qué se le va a hacer? Uno tampoco puede resolver los problemas de Nicaragua”.
Esto me lo dijo un amigo hace unas semanas, después de comentar una noticia sobre carne que podría estar llegando a Costa Rica desde fincas ganaderas ilegales dentro de la Reserva Biológica Indio Maíz, en Nicaragua.
Bosques talados para abrir potreros. Territorios indígenas invadidos. Redes vinculadas al narcotráfico. Todo para producir carne que, después de pasar por varios intermediarios, termina convertida en un paquete perfectamente limpio sobre la bandeja refrigerada de una carnicería donde, según mi interlocutor, además lo atienden de maravilla.
Entre una cosa y la otra hay cientos de kilómetros. Y también una historia que, poco a poco, fue desapareciendo.
La investigación Carne en conflicto, publicada por la campaña Patrullaje con el apoyo de Re:wild, documenta cómo consumidores y empresas pueden terminar vinculados –sin saberlo– con la destrucción de algunos de los ecosistemas más importantes de Centroamérica.
La explicación está precisamente en el camino. Entre el bosque y la bandeja refrigerada hay tantos pasos que la historia termina desdibujándose. Una finca, otra finca, un intermediario, un matadero, una planta procesadora. Cada quien recibe un producto y entrega otro. Cuando la carne llega al consumidor, ya casi nadie puede contar de dónde viene.
Esta historia no es excepcional. Basta abrir cualquier red social para que aparezca otra versión del mismo fenómeno.
Un organizador para el baño por dos dólares. Un juego de herramientas por menos de tres dólares. Una planta artificial tan perfecta que parece necesitar agua. “Solo por hoy”. “Últimas unidades”. “Envío gratis”.
Las plataformas como Temu han convertido el consumo compulsivo en una experiencia casi perfecta: el algoritmo aprende qué nos gusta antes de que nosotros mismos lo sepamos; los descuentos parecen irrepetibles; comprar toma segundos.
Diversas investigaciones periodísticas han señalado, además, la opacidad de algunas de sus cadenas de suministro, los impactos ambientales de la producción ultrarrápida y los riesgos de que ciertos productos estén vinculados con trabajo forzoso o condiciones laborales deficientes.
Durante siglos, quien compraba conocía al productor. Sabía quién cultivaba los alimentos, fabricaba los muebles o criaba los animales. Hoy, las cadenas de suministro son tan largas que es posible participar en procesos de deforestación, explotación laboral o destrucción de ecosistemas sin tener la menor idea de que eso está ocurriendo.
Quizá el mayor éxito de las cadenas globales de suministro no haya sido transportar productos de un continente a otro, sino transportar sus historias –y también sus consecuencias– fuera de nuestro campo de visión.
Con frecuencia hablamos del consumo responsable como si se tratara simplemente de comprar productos orgánicos, reciclar o llevar una bolsa reutilizable al supermercado. Pero el consumo responsable es otra cosa.
Existe un consumidor cuya única pregunta es cuánto cuesta. Compra como si habitara un mundo compuesto solamente por él mismo y sus necesidades inmediatas. Y existe otro que compra sabiendo que nunca compra solo: detrás de cada objeto hay personas, paisajes, ríos, bosques, animales, trabajadores y comunidades enteras que no aparecen en la etiqueta. Antes de ver el precio, este consumidor se pregunta: ¿de dónde viene? ¿Quién lo hizo? ¿Qué tuvo que pasar para que llegara hasta mis manos?
No siempre encontrará respuestas y muchas veces descubrirá que ni siquiera existen respuestas claras. Esa ausencia también dice cosas. Por otra parte, hay empresas que se esfuerzan por conocer y explicar el origen de sus productos.
Mi amigo tenía razón en una cosa: ninguno de nosotros puede resolver, por sí solo, los problemas de Nicaragua. Tampoco los de una fábrica al otro lado del mundo ni los de un bosque amazónico. Pero entre resolver esos problemas y convencernos de que “el problema es de ellos” hay una gran diferencia.
También sospecho que volverá a comprar en esa carnicería y que lo seguirán atendiendo de maravilla. Pero quisiera pensar que la próxima vez, además de preguntar cuánto cuesta un buen lomito, pensará en el camino que ha recorrido hasta llegar a esa bandeja.
emma@futurisconsulting.com
Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
