Los días de Keiko, por Rosa María Palacios
Van corriendo 46 días del gobierno de Keiko Fujimori y las excusas están envejeciendo muy rápido. La primera fue la herencia desastrosa. No es una justificación baladí. Todos los gobernantes la usan para ganar tiempo.
Algunos, como su padre en 1990, no tuvieron que dar muchas explicaciones sobre lo que era una evidente hecatombe combinada de la economía peruana y de la inseguridad nacional por ese sí, un verdadero terrorismo. El problema de Fujimori con este argumento es doble. Primero, la economía no es, ni remotamente, la de 1990. Segundo, ella y su partido han tenido injerencia directa en el gobierno desde que Dina Boluarte fue juramentada presidenta. No puede huir de la responsabilidad de ese cogobierno y de la selección de Jerí y Balcázar, todos hijos de su congreso.
La segunda excusa viene desplegando en estos días. Sin facultades legislativas no podemos gobernar. La premisa es falsa. Se puede y se debe gobernar con las leyes vigentes, las cuales, si hoy representan un problema para la lucha contra la inseguridad o obstaculizan el crecimiento económico, se debe en una buena parte al apoyo que tuvieron del fujimorismo. Desde leyes que favorecen al crimen hasta tremendos agujeros fiscales fueron apoyados por Fuerza Popular en el Congreso. Si podían gobernar con ellas Boluarte y sus sucesores, ¿por qué no puede gobernar Fujimori?
Las facultades legislativas son muy útiles para el Ejecutivo en temas especializados, urgentes donde ya hay un consenso, ideas claras y unidad de criterio. Es decir, se sabe qué se quiere hacer, para qué y qué resultados se esperan en el corto plazo. Cuando es así de claro, es mucho más sencillo explicar y justificar. El problema del gabinete Galarreta es que no sabe explicar para qué quiere las facultades.
Tomemos el caso más urgente y con enormes consensos: seguridad ciudadana. ¿Qué en concreto van a modificar o crear que necesite ley? Hasta ahora lo único que ha mencionado Keiko Fujimori y su ministro de defensa es una idea ilegal, inconstitucional y contraria a los tratados de Ginebra: tratar al crimen organizado como grupos hostiles (fuerzas armadas alzadas para deponer un Estado legítimo). Es todo lo que han explicado (mal) y en lo demás, hay una tremenda oscuridad. Por ejemplo, el ministro de Justicia ha dicho que el Código Procesal Penal ha fracasado. Si el gobierno pide facultades para su modificación, ¿el plan es derogarlo? ¿Regresar al sistema anterior? Nadie lo sabe. Misterio y peligro. Lo único que ha conseguido el ministro es la crítica unánime de abogados penalistas a los que les faltó el respeto.
En estas condiciones solo quedan dos posibilidades. La primera, Galarreta y sus ministros quieren un cheque en blanco porque tienen un plan secretísimo listo, con los decretos ya terminados, que será un terremoto normativo con cambios profundos en códigos enteros. La segunda, Galarreta y sus ministros quieren un cheque en blanco porque no tienen la más remota idea de lo que van a hacer y no quieren ni pensarlo hasta que no aseguren la delegación. Me inclino por la segunda. Si fuera la primera, habría muchos más ministros dando extensas explicaciones para una delegación de 66 ítems, que no tiene precedentes recientes en su extensión. Salvo en algunos esforzados aspectos liderados por el ministro de Economía, no hay una idea nueva, un argumento, algo para debatir en materia de seguridad y mucho menos sobre el tan mentado Fenómeno del Niño, que, en la solicitud de delegación, no existe.
Sin la especificidad requerida por la Constitución, es muy difícil que se aprueben facultades en un Congreso bicameral, con el diseño legislativo actual y con la correlación de fuerzas que resultó de las elecciones. Ya le quedó claro a Jorge Nieto que, en los términos de Martha Chávez, no hay espacio para la negociación como lo hubo en los congresos unicamerales. Si el Senado hace lo que quiere con el proyecto enviado de Diputados y repone todo lo que este sacó, ¿qué interés puede tener Diputados en enviar algo? Ninguno. Frente a este resultado el gobierno tiene dos caminos. El primero, retira su solicitud y comienza a enviar solicitudes acotadas a temas específicos a votar una por una. Eso permite hacer una defensa pública y política, demostrando cuáles son las ideas del gobierno (si es que las hay). El segundo, construye confianza y hace un acuerdo global para las dos cámaras. Esto es mucho más difícil después de la elección de las mesas directivas de Diputados y el Senado. Desplegaron todas las triquiñuelas de los expertos en manipular. Haber robado un voto les dio el triunfo, pero destruyó la mínima credibilidad que podían tener. Lamentablemente, las cuatro fuerzas de oposición tienen todo el derecho del mundo a no creerle a Fuerza Popular, nada. Sin embargo, si los fujimoristas pudieron pactar con los hermanos Cerrón, podrían tratar de recomponer lo destruido.
Keiko Fujimori ya no dice “desde el primer día de gobierno”. Tampoco ofrece nada para los 100 días. Ahora nos remite al final de su gobierno para ver resultados. “Tenemos 1826 días para recuperar” la seguridad. No fue lo que ofreció en campaña, pero como decía Alan García (luego de estatizar la banca cuando había prometido no hacerlo): “en política no se puede ser ingenuo”. La ingenuidad electoral es creer en la palabra de un político y esa lección, los peruanos la tenemos bien aprendida.
¿Algo positivo a destacar de estos primeros días? Puede parecer menor, pero habla muy bien del líder el tener capacidad de enmienda rápida. La frivolidad de las cuatro primeras semanas, con transmisiones en vivo hablando de su ropa, sombreros o cuidado de la piel, se puso en paréntesis. Hoy la comunicación política es más directa si responde preguntas espontáneas de reporteros en campo. Ha asistido a entrevistas en dos radios. Esa forma de comunicación refleja seriedad. Matar a la “influencer” debe haberle costado, pero es la única manera de ser presidenta.
¿El problema que prevalece? Parece totalmente desorientada en tareas de gobierno. Su reportada mudez en Consejos de Ministros (no se arregla con unas imágenes) y su falta de ideas de gobierno se comienza a notarse. La visita de Marco Rubio no fue un desastre, pero estuvo a punto de serlo, si se seguían tolerando abiertos ataques a China, primer socio comercial del Perú. Romper relaciones con Irán fue propio de una Cancillería inexperta (que no lo es) y los nombramientos de Embajadores no pueden responder a la banalidad política. En general, el gobierno no tiene equipo y el reciclaje de funcionarios de otros gobiernos crece cada día. Sin visión de futuro y sin cuadros propios, con la ganada desconfianza de los adversarios, en 46 días, ya no queda tiempo para excusas. Más allá de los gestos, tiene que haber contenido.
