Daniel Gómez, experto en moscas: «Están adaptadas para evitar nuestros manotazos, para ellas vamos en cámara lenta»
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Echar a una mosca de la habitación o intentar darle un manotazo cuando se posa sobre la mesa se convierte casi siempre en una batalla perdida. Por muy rápidos que intentemos ser o por mucho que creamos entrenados nuestros reflejos, el insecto parece saber exactamente hacia dónde va a ir nuestra mano mucho antes de que empecemos a mover el brazo. Daniel Gómez, biólogo colegiado en el Colegio de Biólogos de Andalucía, aclara que esta asombrosa agilidad para escapar no es cuestión de suerte o casualidad. Se trata del resultado de miles de años de evolución de una especie diseñada al milímetro para detectar cualquier amenaza a su alrededor y reaccionar a una velocidad que los seres humanos ni siquiera podemos imaginar. El gran secreto de las moscas para escapar de estos ataques está en la propia anatomía de su cabeza . Y es que cuentan con dos ojos compuestos por miles de lentes individuales. Como explica el propio especialista, «sus ojos compuestos les dan un campo de visión próximo a los 360 grados, por lo que pueden ver venir la mano por cualquier lado». Esto significa que nos ven acercarnos por la espalda, por arriba o por un lateral sin necesidad de girar el cuerpo ni un solo milímetro. A esta visión panorámica total se le suma un sistema nervioso que procesa las imágenes a mil revoluciones por minuto. Las moscas son capaces de interpretar la información que reciben sus ojos y tomar decisiones de huida «en pocos milisegundos», una frecuencia de respuesta muchísimo mayor que los reflejos humanos. Por si fuera poco, los ojos no son su único sistema de alarma. El experto añade que a este potente canal visual «es probable que se le sume la existencia de pelos sensores en las patas y el cuerpo que son capaces de captar cambios en las corrientes de aire, dándoles una pista adicional del peligro incluso antes de que puedan verlo con claridad». Es por eso que en cuanto levantamos la mano para golpearla, el aire de la habitación se desplaza ligeramente y el cuerpo de la mosca recibe esa señal de alerta de forma inmediata. Con todas estas ventajas, el propio biólogo explica lo difícil que son de atrapar: «Las moscas están adaptadas para evitar nuestros manotazos . Por muy rápido que nos creamos, para ellas vamos en cámara lenta». Para cuando nuestra mano quiere llegar al punto exacto donde estaba posada, el insecto ya ha calculado la ruta de escape perfecta y lleva un par de segundos volando a salvo. Pasar tanto tiempo conviviendo con las moscas en casa hace que terminemos explicando sus manías como si fueran personas. Y es que al final, nos hemos inventado muchas ideas falsas sobre lo que están haciendo realmente. Un ejemplo clarísimo es cuando se posan en la mesa y frotan sus patas delanteras de forma compulsiva. La gente suele decir que se están lavando la cara o limpiando las manos, pero el motivo es otro. Gómez aclara que «cuando se frotan las patas podríamos pensar que se están lavando las manos, pero en realidad lo que están es limpiando los receptores sensoriales de sus patas, con los que saborean lo que pisan nada más aterrizar, y así decidir si merece la pena alimentarse ahí». Como tienen el sentido del gusto en los pies , necesitan quitarse el polvo para saber si lo que pisan se come o no. Pasa lo mismo cuando chocan sin parar contra la ventana. Pensamos que la mosca es torpe, pero el problema es cómo ve el mundo. El biólogo explica este comportamiento recordando que «cuando las vemos chocarse una y otra vez con un cristal, esto no es porque sean tontas, sino porque su visión no es capaz de identificar un cristal limpio como un obstáculo, ya que se guían por la luz para orientar su vuelo, y como la luz atraviesa el cristal con normalidad, para ellas esa zona sigue siendo un espacio abierto». Para su cabeza, donde hay luz hay paso, y por eso insisten sin entender qué se lo impide.
