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Tener tiempo para convivir no puede ser un privilegio

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La salud no se produce únicamente en los consultorios, los laboratorios o las farmacias: también es producto de una conversación, una caminata compartida, una organización comunal o una actividad intergeneracional. Construir hospitales es indispensable para atender la enfermedad; pero también lo es construir lugares, tiempos y motivos para encontrarnos: ello deriva en salud.

Durante décadas, las políticas públicas de salud se han concentrado, con razón, en ampliar los servicios sanitarios, vacunar, mejorar la nutrición, controlar las enfermedades y promover estilos de vida saludables. Sin embargo, han atendido mucho menos una necesidad humana igualmente esencial: relacionarnos con otras personas, sentirnos parte de una comunidad y contar con redes de apoyo.

La sociabilidad continúa siendo tratada como un asunto privado, dependiente de la personalidad o de la iniciativa individual, cuando las posibilidades reales de encontrarnos están determinadas, en buena medida, por la forma en que organizamos las ciudades, el trabajo, la educación, el transporte y el uso del tiempo: políticas públicas y de responsabilidad patronal.

No se trata de obligar a nadie a socializar. Se trata de que el Estado garantice –o al menos favorezca– condiciones que posibiliten una vida social significativa. Una sociedad saludable necesita parques seguros, aceras transitables, centros culturales, bibliotecas, instalaciones deportivas, asociaciones comunitarias, actividades accesibles para todas las edades y jornadas laborales que dejen tiempo para la familia, la amistad y la participación ciudadana.

La evidencia es abundante y obliga a tomar el tema en serio. La Comisión sobre Conexión Social de la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que una de cada seis personas experimenta soledad y que esta se asocia con aproximadamente 871.000 muertes al año. El aislamiento social, además de afectar el estado de ánimo, se asocia con depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2 y mortalidad prematura. Por eso, la OMS propone reconocer la salud social como un componente inseparable de la salud física y mental.

Esto nos conduce directamente a los determinantes sociales del proceso salud-enfermedad. Las personas no se aíslan únicamente porque “no saben relacionarse”. Influyen la pobreza, la inseguridad, la discapacidad, la migración, el desempleo, la discriminación, las extensas jornadas laborales, el deterioro del espacio público y la falta de transporte adecuado.

Incluso la expansión de urbanizaciones cerradas, centros comerciales y servicios digitales puede reducir los lugares cotidianos de encuentro. La desigualdad económica se convierte en desigualdad relacional, siendo más difícil para quienes disponen de menos recursos.

Traigo unos pocos ejemplos de lo que puede lograrse cuando la sociabilidad deja de considerarse un lujo. En Japón se impulsaron los “salones comunitarios”: espacios cercanos y de muy bajo costo donde las personas se reúnen para hacer ejercicio, efectuar actividades culturales, manualidades, voluntariado o simplemente conversar. La participación se asocia con una reducción cercana a la mitad de la incidencia de la necesidad de cuidados a largo plazo y con un menor deterioro cognitivo: crear comunidad también puede preservar la autonomía y reducir costos sanitarios.

Islandia, ante el elevado consumo de alcohol, tabaco y cannabis entre adolescentes, fortaleció la relación entre familias, escuelas, municipios y organizaciones juveniles, amplió las actividades deportivas y culturales supervisadas y utilizó encuestas periódicas para identificar riesgos en cada comunidad.

Entre 1998 y 2018, la proporción de adolescentes de 15 y 16 años que reportaban haberse embriagado durante el último mes descendió de 42% a 5%; el fumado diario, de 23% a 3%, y el consumo de cannabis alguna vez, de 17% a 5%. El estudio no permite atribuir causalmente todo el descenso al programa. Sin embargo, la magnitud y persistencia del cambio muestran el valor de entornos sociales protectores.

Inglaterra incorporó la “prescripción social” en el sistema de salud: profesionales de atención primaria vinculan a las personas con grupos de ejercicio, huertas, actividades artísticas, voluntariado y organizaciones comunitarias. Los resultados muestran una tendencia a mejorar el bienestar y la calidad de vida.

Algo es cierto: una política seria no debe vender la convivencia como una medicina milagrosa ni utilizarla para sustituir la atención clínica, sino integrarla en una respuesta más completa.

Desde la epidemiología crítica, no basta con añadir la soledad a una lista de “factores de riesgo” y recomendar a cada persona que consiga amigos. Según Jaime Breilh, la salud se produce dentro de relaciones económicas, políticas, culturales y ambientales que determinan los modos colectivos de vida. Debemos preguntarnos qué factores generan aislamiento, quiénes quedan excluidos del espacio público y por qué el tiempo para convivir se ha convertido en un privilegio.

Costa Rica posee una valiosa tradición de parques, salones comunales, asociaciones, comités deportivos y organizaciones culturales, pero muchas de estas estructuras se han debilitado u operan con recursos insuficientes.

Una política nacional de conexión social debería recuperarlas, financiar iniciativas locales, incorporar la sociabilidad al diseño urbano y evaluar sus efectos sobre la soledad, la depresión, la actividad física, el consumo de sustancias, el deterioro funcional y la calidad de vida.

Crear esas posibilidades no implica interferir en la vida privada. Es reconocer que convivir dignamente constituye un derecho y una responsabilidad pública.

juan.romero.zuniga@una.ac.cr

Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.