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Argentina busca a su nuevo dios del fútbol: el legado de Maradona y Messi continúa

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Abc.es 
En septiembre de 2005, hace exactamente dos décadas y un año, Diego Armando Maradona había vuelto a resucitar. Después de varias muertes -algunas mediáticas y otras vertiginosamente cercanas a la realidad- y de un tratamiento de recuperación en Cuba que devino en una estancia prolongada y con altibajos en su estado de salud, estaba de regreso en Buenos Aires, otra vez resplandeciente. Había bajado notablemente de peso y a sus casi 45 años se lucía en la conducción de un programa semanal de televisión de gran repercusión llamado 'La Noche del 10'. Fue en las vísperas de la emisión de uno de ellos que se dio la oportunidad de convivir con él durante 48 horas para charlar y contar cómo era vivir esa nueva vida. Y entre tanta charla, se dio este diálogo… - Diego, ¿no le estamos tirando demasiada responsabilidad a Lionel Messi, poniéndolo como el salvador del seleccionado? - No, somos un país de fútbol. - Pero, ¿no es que estamos buscando que aparezca uno diferente a todos? - Pero es que Messi es diferente. - ¿Ah sí? ¿Y qué le ves de diferente? - Es diferente a Aimar, es diferente a Riquelme. Pablito es un crack, Román también. Y D'Alessandro también. Nos llenan los ojos y el corazón. Pero éste tiene una marcha más. Es guapo, es… no porque los demás no lo sean, ¿eh?, pero nosotros nos pasamos tanto tiempo buscando un Maradona, que por ahí los frenamos a los pibes. Y tocaron un techo. Siento que Messi no tiene techo todavía, ¿entendés? O sea, con Orteguita (Ariel) pasó, con Aimar (Pablo) pasó, con Riquelme (Juan Román) pasó… -Y sigue faltando el distinto. -Claro, y yo creo que con Messi tenemos la gran posibilidad . Para entonces, un Lionel Andrés Messi de sólo 18 años, 1 mes y 4 días había tenido la gran posibilidad de debutar en la selección argentina, aunque aquel 17 de agosto de 2005 apenas estuvo 36 segundos en el campo frente a Hungría, en Budapest: fue expulsado en su primera acción, tras forcejear con un rival. Poco le importó a Maradona, parece, que ya había visto en él algo absolutamente diferente. De manera recíproca, al tiempo que crecía la popularidad de Messi, empezaron a circular antiguos videos suyos donde se lo veía con su habitual timidez pero ungiendo con firmeza a Maradona como su ídolo, con un «obviamente» que le servía además como seña de argentinidad. Desde entonces, también, convivieron ambos con un dilema que los excedía a ellos pero abarcaba a todos los argentinos: comparar o no comparar; esa era, esa fue, esa es y esa será la cuestión. Como si el recurso -noble en su esencia aunque popularmente odioso al ser usado de manera maliciosa- no fuera una consecuencia lógica de tener milagrosamente a disposición a dos personajes de la misma naturaleza, se abrió una grieta que enfrentaba, en el país de las discusiones, a los defensores a ultranza de uno, a los propulsores fundamentalistas del otro y a los comedidos de siempre que, por pereza intelectual o por diplomacia berreta, clamaban en tono lloroso que «no comparen». ¿Cómo y por qué no hacerlo si se estaba frente a la posibilidad de un milagro que finalmente se consumaría? Nacidos ambos en barrios humildes de un mismo país, Argentina, con cunas de familias trabajadoras y un don especial para llevar la pelota con la pierna zurda y para calzarse la camiseta número 10 que afortunadamente no se retiró cuando se retiró Diego porque así fue que después la puso usar Leo. Coincidencias, algunas pero esenciales. Diferencias, muchas pero aleatorias. Sólo los malintencionados podían descalificar a uno como «gordo drogón» y al otro como «vendepatria», pero los hubo y lo hicieron. Creció uno a la sombra del otro por una cuestión cronológica pero también podría decirse que creció uno siguiendo la luz que había dejado encendida el otro por una cuestión filosófica. Maradona inculcó el amor por la camiseta de la selección argentina por encima de todas las cosas sin dar más ejemplo (Dios no lo permita) que ciertas acciones que desde el campo de juego trascendieron a la cultura popular de los argentinos: los goles a los ingleses (los dos, mal que pese) con la herida de Malvinas todavía abierta; el gol compartido con Caniggia y «con el tobillo así» a los brasileños; y, por qué no, el «créanme que me cortaron las piernas». Creció Messi, entonces, a la sombra y a la luz, a la luz y a la sombra, a su manera, desde aquel día que decidió que se pondría la camiseta argentina y no la española: «Estábamos esperando que nos llamaran», dijo su papá Jorge en nombre suyo cuando lo convocaron para jugar un partido de juveniles contra Paraguay armado especialmente para ese niño que empezaba a egresar de La Masía del Barcelona. Y desde aquel día no paró más. Aunque, hay que decirlo, la unanimidad de hoy no fue la de siempre, qué va… El endiosado Messi de hoy ayer nomás fue demonizado, así como Diego viajó más de una vez entre el cielo y el infierno (y no se habla de los suyos propios, que los tuvo). Curiosamente, o no, fue Maradona quien salió en su rescate cuando más se lo atacó y quien lo defendió de las comparaciones cuando se volvieron insidiosas. Es cierto, un día un micrófono quedó indiscretamente abierto cuando Diego le decía a Pelé -nada menos- que Messi no era un líder como habían sido ellos pero, la verdad, en aquel momento era cierto: Messi fue primero líder futbolístico, luego líder futbolístico y grupal, y finalmente líder futbolistico, grupal y social. Un proceso «muy Messi», por así decirlo. Progresivo, prolijo, acompañado. En contraposición con la épica maradoniana, tan caótica como emocional, tan argentina al fin y al cabo, con bruscas subidas y bajadas. Una de esas subidas de Diego lo llevó hasta lo más alto de lo alto, en el Mundial 86; tenía 25 años para 26 cuando se volvió un mito en vida. Leo, en cambio, tenía 35 años ya cumplidos cuando alcanzó la cima que le faltaba, en Qatar 2022. Ocho años antes, en la previa de Brasil 2014, Diego se había animado a decir lo que nadie: «Messi no necesita ser campeón del mundo para ser el mejor del mundo». Dos Mundiales más le costó a Messi lograr lo que todos le exigían «para ser Maradona», menos Maradona. Pudieron hacer algo juntos y hubiera sido más mítico aún. En Sudáfrica 2010 Diego fue el DT (director técnico) y Leo el 10 de la selección. Un prestigioso columnista, John Carlin, tal vez con ironía, arriesgó una teoría estrafalaria: que Maradona hacía todo mal como entrenador para que Messi no fuera campeón como jugador. Tal vez haya hecho muchas cosas mal aquel DT, es cierto, pero seguramente no con esa motivación. Y no necesariamente por cuestiones altruistas. Más allá del sentimiento nacionalista indiscutible de Diego estaba también su ambición, cómo no: ¿quién lo hubiera igualado de lograr el título del mundo de pantalones cortos, primero, y de traje, después? Como sea, nunca se le escuchó a Messi una queja por aquella aventura. Y sí se lo escuchó decir, cuando ya el fútbol mundial se dividía en eras «antes y después de Messi» que la camiseta número 10 significaba mucho para los futbolistas argentinos porque era el sueño de ser como Diego; «aunque nadie lo logró», remató en una intimista charla con Zinedine Zidane. Hoy, Messi ha dejado la selección. Como Diego lo hizo un par de veces, pero distinto. Los anuncios de Diego, primero después del 82, más tarde después del 90, finalmente después del 94, fueron siempre traumáticos, con cambios de rumbo colectivo tras sus decisiones individuales, la última, obligada. El de Leo, en cambio, es también «muy Messi»: detrás de él queda una huella y por delante hay otra, exactamente en la misma dirección. Nadie exige un cambio de rumbo, todo lo contrario. Se pretende, se sueña, que el rumbo sea el mismo. Aunque sin él, claro. Lo que no se espera, porque sería algo muy extraño, es que aparezca él mismo como apareció Diego hace dos décadas y un año, designando con el dedo y con la palabra a su sucesor. Si se juega con los tiempos, tal vez podría ser en cinco años, porque él ya tiene 39 y Diego tenía 45 cuando dijo lo que dijo. Pero no. No es su estilo. En la comparación divina y no odiosa hay allí una diferencia sustancial. Tan sustancial como la mayor de las coincidencias: que los dos futbolistas que han marcado la historia en los últimos 40 años nacieron en la Argentina. ¿Por qué no imaginar, entonces, que en generaciones venideras pueda volver a suceder? Si se tiene en cuenta la edad que tenía Diego cuando Leo nació (26 años, 7 meses y 4 días) el nuevo sucesor debería andar por los 13, 14 años. Es una referencia, pero hay otra. Maradona jugó su último partido con la selección argentina el 25 de junio de 1994, en el Mundial de los Estados Unidos, y allí mismo anunció su retiro del equipo nacional. Messi debutó con la selección argentina el 17 de agosto de 2005. Entre un momento histórico y otro pasaron 11 años, 1 mes y 23 días. ¿Por qué no soñar, entonces, que allá por finales de octubre del 2037 habrá otro argentino tomando el relevo? Por lo pronto y afortunadamente, la camiseta número 10 no se puede retirar. Tampoco se debe: el legado siempre es inspiración.