La discusión ya no es ‘ICE contra privados’: el dogmatismo nos saldrá caro
Mientras el mundo rediseña la infraestructura energética que exige y exigirá la economía digital, Costa Rica sigue atrapada en una discusión doméstica y dogmática sobre la apertura eléctrica. Ese es el problema: no estamos discutiendo el tamaño real del reto, sino defendiendo posiciones heredadas.
La electricidad siempre ha sido estratégica. Por eso, se creó el ICE en 1949: para desarrollar racionalmente las fuentes de energía, fortalecer la economía nacional y llevar bienestar a la población. El país entendió entonces que sin electricidad, no había desarrollo posible.
Ese principio sigue vigente. Lo que cambió no es la importancia de la energía, sino la escala, la velocidad y la complejidad de la demanda.
La inteligencia artificial, los centros de datos, la electrificación del transporte, la manufactura avanzada y la relocalización de cadenas ya presionan los sistemas eléctricos. Los hyperscalers (Amazon, Microsoft, Google y Meta) no esperan ante discusiones ideológicas: aseguran energía de largo plazo, buscan energía firme, invierten en renovables, almacenamiento, nuclear, interconexiones y enfriamiento. Para la economía digital, el límite no es solo el chip. Es la energía, la red y la continuidad operativa.
Mientras el ecosistema global de datos explora infraestructura bajo océanos, en órbita y hasta en la Luna, en Costa Rica todavía discutimos como si el dilema fuera “ICE contra privados”.
El punto no es si esas soluciones serán la norma, sino que el mundo ya rebasó nuestras discusiones locales. La infraestructura digital se ubicará donde encuentre energía limpia, firme, competitiva y conducible.
Costa Rica tiene una ventaja real: matriz limpia, institucionalidad eléctrica y cobertura superior al 99%. Pero esa cobertura fue el logro de una etapa.
Hoy el problema no es solo llegar a todos. Es crecer, conducir, almacenar y distribuir más energía para una economía que ya demanda más y demandará mucho más.
Por eso, la apertura no puede reducirse a generación privada. Producir más electricidad sin capacidad de transmisión y distribución es como aumentar vehículos sin ampliar carreteras. La generación importa, pero la red define si esa energía llega. Sin inversión en subestaciones, transmisión, distribución, digitalización, almacenamiento, redundancia y acceso regulado a la red, el cuello de botella seguirá intacto.
Tampoco podemos ver la red eléctrica como un mecanismo de control absoluto. Toda red estratégica requiere planificación pública, regulación firme y visión nacional. Pero eso no significa que el Estado deba construirlo todo, financiarlo todo y endeudarse solo. Ningún Estado pequeño tiene capacidad ilimitada para absorber la inversión que exige esta transición.
El dogmatismo político nos está saliendo caro. Se caricaturiza cualquier apertura como privatización salvaje, o se supone que abrir por sí solo resolverá eficiencia, precio y capacidad.
Ambos extremos son insuficientes. Costa Rica necesita una apertura integral, regulada y estratégica, donde el ICE siga siendo actor central, planificador e integrador, pero donde el capital privado acelere inversión en generación, almacenamiento, transmisión, distribución y tecnología bajo reglas claras.
La discusión no debería ser cómo protegemos la foto de hoy, sino cómo diseñamos la infraestructura de los próximos 100 años.
Si queremos atraer centros de datos, industria avanzada e inversión de mayor valor agregado, no basta con decir que tenemos electricidad renovable. Debemos conectar nueva demanda sin saturar la red, ofrecer precios competitivos y planificar antes de perder inversión.
Honrar al ICE no es impedir el cambio. Honrarlo es actualizar su razón de ser. El ICE nació porque Costa Rica entendió que la electricidad definía el desarrollo nacional. Hoy, esa verdad vuelve con más fuerza, pero con otra velocidad.
La competencia ya no espera, no es local y no se limita al territorio. Si seguimos defendiendo dogmas, no estaremos protegiendo al país: estaremos dejando pasar inversión, empleo y desarrollo en una economía que ya no avanza por siglos, sino de forma exponencial.
Rafael Solís C. es arquitecto.
