La incómoda pregunta que se hizo Ilia Topuria: «¿Quién soy después de perder?»
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Durante años, Ilia Topuria construyó su identidad sobre una certeza que no paraba de repetirse: la victoria. Diecisiete triunfos profesionales habían convertido la imbatibilidad en algo más que una estadística. Era parte de su personaje, de su confianza y de la imagen que tenía de sí mismo. Hasta que llegó la derrota. Y, cuando desapareció el ruido, apareció una pregunta mucho más difícil que cualquier rival: «¿Quién soy después de perder?» . Topuria cuenta en su carta abierta publicada en sus redes sociales este sábado que, una vez pasado el combate, el público y el rival dejaron de importar. «Después desapareció el ruido. Ya no había combate, público ni rival; estaba yo ». Y entonces llegaron las preguntas que durante una carrera marcada por las victorias quizá nunca había necesitado hacerse. «¿Sigo creyendo lo mismo que decía cuando ganaba?», se preguntó. «¿Mi confianza dependía realmente de un récord?». También se enfrentó a una cuestión todavía más profunda: «¿Amo esto solo cuando me devuelve victorias?». Y, en medio de todas esas dudas, otra pregunta inevitable: «¿Quiero volver?». La derrota le obligó a separar al deportista de su resultado. Hasta entonces, Topuria podía apoyarse en un récord perfecto para alimentar su confianza. Pero, cuando ese récord desapareció, tuvo que averiguar qué quedaba debajo. Quién era él cuando ya no podía decir que era invicto. La respuesta, paradójicamente, llegó desde el lugar más inesperado. «La derrota no apagó el fuego, sino que lo hizo más grande», escribe. En lugar de alejarse del deporte, sintió más ganas de entrenar, regresar y hacer las cosas bien. «Había tocado el suelo, pero tocarlo no significa quedarse allí; también puedes utilizarlo para impulsarte». Vea aquí la carta íntegra de Ilia Topuria Ahí encontró una primera respuesta a sus dudas. Si realmente hubiera perdido aquello que le definía, no habría tenido ganas de regresar. «Me sentiría derrotado de verdad el día en que perdiera el amor por lo que hago, la ilusión o aquella motivación que me acompañaba desde niño», explica. Pero había sucedido exactamente lo contrario: «Seguía queriendo volver». Lo interesante es que Topuria tampoco pretende tener todas las respuestas. Se pregunta qué hay detrás de ese deseo de regresar: «¿Amor? ¿Ego? ¿Dinero? ¿Competición? No lo sé; todavía lo estoy descubriendo». Y admite que puede convivir con esa incertidumbre. Hay preguntas, entiende ahora, que no necesitan resolverse inmediatamente. Lo que sí tiene claro es que no quiere arrepentirse. «No quiero que pasen veinte años, mirar atrás y pensar que tenía que haber arriesgado más», afirma. Prefiere asumir las consecuencias de haberlo intentado antes que vivir con la duda de qué habría ocurrido si no hubiera tenido el valor de hacerlo. La derrota se convirtió así en una prueba mucho más profunda que la de un combate. Durante años había hablado de fe, carácter, voluntad y de levantarse después de caer. Ahora tenía que comprobar si esas palabras seguían teniendo sentido cuando él era quien estaba en el suelo. «Lo importante no es lo que sabes, sino lo que haces con lo que sabes», escribe. Y su conclusión vuelve al espejo, donde comenzó buena parte de su reflexión: «Me miré al espejo y pude respetar al hombre que tenía delante». Quizá ahí esté la respuesta definitiva a aquella pregunta incómoda. Topuria ya no podía definirse por ser invicto. Pero podía definirse por lo que hizo cuando dejó de serlo. Porque, como él mismo resume, «el resultado decide una noche; el carácter, una vida» .
