Pedro Delgado: "Después de la etapa yo comía bocadillo, cerveza y mantecados; Miguel Indurain, muesli con naranja. Por eso no quería dormir conmigo"
Pedro Delgado lleva décadas contando historias del pelotón, pero hay una que resume como pocas la brecha entre dos mundos dentro de un mismo deporte: la noche en que Miguel Induráin, líder del Tour de Francia de 1991, abandonó la habitación que compartía con él porque verle comer le resultaba insoportable. El segoviano engullía después de las etapas. El navarro sobrevivía con un poco de muesli y zumo de naranja. La convivencia duró tres o cuatro jornadas con el maillot amarillo en juego antes de que Induráin tomara su decisión en silencio, sin pedir explicaciones, sin montar escena.
La habitación del Tour
Delgado e Induráin coincidieron como compañeros de habitación durante aquel Tour, el primero que Induráin se llevó a casa con el jersey de líder. El plan del equipo tenía cierta lógica: el director José Miguel Echávarri propuso que el segoviano actuara como escudo ante los periodistas para que el navarro pudiera recuperarse con más tranquilidad. "El día que se pone Miguel líder, al día siguiente Echávarri dice que se ponga conmigo para que yo pare a la prensa y así Miguel esté más tranquilo", recordó Delgado. Lo que nadie calculó fue el efecto secundario de tener a dos metabolismos tan distintos compartiendo cuatro paredes después de las etapas más duras de la carrera.
Porque el contraste era brutal. Delgado llegaba al cuarto y desplegaba su particular festín. "Viendo cómo me ponía, se fue de la habitación. Cuando se puso de amarillo yo tenía en la habitación bocadillo, cerveza, mantecados... y él tenía un poco de muesli con zumo de naranja. Todos llegamos después de la etapa con hambre y no es fácil ver cómo tu compañero se pone como un cerdo. Él intentaba tapar el hambre, pero yo le daba más sensación todavía con lo que estaba comiendo", relató el ganador del Tour de 1988.
Induráin se va
La desaparición de Induráin pilló a Delgado por sorpresa. Al regresar a la habitación una noche, el navarro ya no estaba. "A la tercera o cuarta etapa que Miguel iba líder, llego yo a la habitación y veo que él no estaba. Fui donde Arrieta, que era el auxiliar, y se lo comenté: debíamos estar juntos para que le ayudara. Pero me dijo que Miguel se había ido", contó Delgado. El auxiliar Arrieta fue quien le puso al corriente de lo ocurrido, aunque el segoviano tardó un poco más en conocer el motivo real del traslado.
Cuando finalmente habló con Induráin, la respuesta llegó con la timidez característica del navarro. "Hablé con él y, con su timidez, me cuenta 'es que te pones a comer ahí, veo el musli y no lo paso bien después de la etapa'. Pensaba que era otra cosa, que roncaba, pero era por el tema de la comida", explicó Delgado. Induráin resolvió el problema como solía resolver los difíciles: con discreción absoluta, desapareciendo antes de que nadie pudiera cuestionarle.
El peso como suplicio
La anécdota de la habitación no es solo una historia divertida del pelotón. Delgado la usa también para hablar de algo más serio: la diferencia de metabolismos entre corredores de una misma generación y el sufrimiento que la báscula provocaba a quienes no tenían su misma facilidad genética. "Induráin y Olano sí tenían problemas con el peso. Como decía Miguel, 'tú comes lo tuyo y me alimenta a mí porque el peso lo cojo sólo de verte'. Miguel lo aceptaba todo con resignación", recordó Delgado, que reconoce haber sido un privilegiado en ese sentido.
El segoviano era consciente de que su relación con la comida era una excepción en el pelotón. "Comiendo lo de antes, ahora me echarían de cualquier equipo. Yo no tenía que preocuparme mucho del peso, afortunadamente", admitió. Abraham Olano, como Induráin, peleó durante años contra la báscula con el mismo rigor que contra los rivales en carrera.
El ciclismo de los batidos
Todo aquello pertenece a otra era. El pelotón actual funciona con una lógica nutricional que Delgado observa desde fuera y que convierte sus costumbres de corredor en algo casi etnográfico. Los ciclistas de hoy pesan hasta el último gramo de lo que ingieren, siguen protocolos diseñados al milímetro y han sustituido los bocadillos de postetapa por batidos y proteínas medidos con precisión de laboratorio.
"El ciclismo ha cambiado muchísimo. Antes se hacía prueba-error. Toda esa experiencia de los primeros que montaron en bici lo han ido heredando los de ahora. Hemos ido arreglando cosas. A medida que tienes más herramientas de trabajo, se van eliminando cosas. Antes se comía muchísimo, ahora todo son batidos y proteínas", señaló Delgado. Para él, esa transformación es el resultado de décadas de conocimiento acumulado, de errores corregidos generación a generación, del mismo proceso que llevó a Induráin a marcharse de una habitación en silencio una noche de julio de 1991.
