Max Hastings se va a la guerra
Max Hastings quería ser soldado. Había crecido «rodeado de romanticismo castrense» y una mirada aventurera de la guerra. Durante su niñez, el ejercicio de las armas gozaba de reputación, los niños leían con avidez historias de guerra y en su casa se conservaban mapas militares, atalajes, pistolas alemanas y fotos de su padre en [[LINK:TAG|||tag|||66608126815b484b252435b8|||Normandía]]. Los hombres condecorados eran admirados y considerados héroes. «Adoraba leer mapas, dormir al raso, la instrucción con armas, los ejercicios nocturnos», comenta y, también, no sin cierto humor, que, con toda probabilidad, «era el único ser humano de la historia que disfrutaba vivir a base de compo, las raciones mixtas enlatadas del Ejército británico. Me gustaba hasta el bizcocho de compo. Me convertí en un adicto al choque de los cerrojos de fusil y al aroma del humo de leña del fuego de campamento».
Pero esa temprana vocación, alentada por la dedicación que prestaba a la historia bélica y a obras literarias como «Las cuatro plumas», quedó truncada por un impedimento imprevisto: era un cobarde. Un cobarde nato. Carecía por completo de valor. Venía desprovisto de eso que los italianos denominan el «dono di coraggio». De hecho, le daba miedo hasta pelear el balón con sus compañeros durante los partidos de fútbol.
La ambición de lograr una exclusiva es un sustitutivo formidable del valor, comenta Hastings
A pesar de esa contrariedad inesperada, a los 17 años quiso corroborar por sí mismo eso que Lord Moran afirmaba en «The Anatomy of Courage»: que la cantidad de valor de que disponen los hombres es una cantidad variable, pero siempre finita, y aceptó el ofrecimiento del Regimiento de Paracaidistas para los chavales de su edad. Una experiencia positiva: llegó al final de la instrucción sin lesionarse. Un hecho que le ayudó a reforzar su autoestima. Pero, tiempo después, quizá alentado por esa vivencia, decidió unirse al Tercer Batallón Paracaidista y a unas prácticas que realizaba en Chipre. Ahí la realidad se expresó de una manera distinta y con una meridiana claridad. En el transcurso de esos días se reveló «de un modo brutal mi incapacidad para servir con los soldados». Se quedaba dormido en las guardias, estaba preocupado por su debilidad, le faltaba abnegación, voluntad y sacrificio, cometía graves faltas de solidaridad (consiguió agua y no la compartió con sus compañeros) y carecía de arrojo. Así es como Max Hastings renunció a sus sueños guerreros y tomó la decisión más sensata que podía adoptar un tipo como él: convertirse en periodista.
«Los miembros de cualquier ejército, armada o fuerza aérea, son instruidos en una tradición de deber, disciplina, honor, trabajo en equipo, sacrificio. Los periodistas son individualistas, algunos incluso anárquicos. ¿Alguien supo alguna vez de un reportero de éxito que respetara normas y jerarquías? A juicio del oficial de regimiento estándar, los corresponsales son irresponsables, desleales e indisciplinados. Los soldados deben verlo todo hasta el final. Los periodistas casi nunca lo hacen», asegura, en una comparación no exenta de verdad y con ciertas dosis humorísticas. EnPrimera plana
A lo largo de su carrera, Hastings ha entrevistado a Lyndon Johnson, [[LINK:TAG" rel="https://www.despertaferro-ediciones.com/revistas/numero/libro-max-hastings-ir-a-la-guerra-memorias-desde-el-frente/" target="_blank">tag|||63361c5687d98e3342b2776a|||Ronald Reagan y [[LINK:TAG|||tag|||63361c4e87d98e3342b2775d|||Richard Nixon]]; ha dado la noticia de la Marcha de los Pueblos Pobres, la campaña de Eugene McCarthy, los hijos de las flores de San Francisco y «la nefasta Convención Demócrata de Chicago». Unos éxitos que en ningún momento le apartaron del duelo que mantenía consigo: su valentía. Su primera prueba real, en ese sentido, la pasó en Irlanda del Norte. «A medida que supimos lo que estaba haciendo el Gobierno unionista de Stormont en nombre de la Corona nos avergonzamos de haber vivido tan cerca, miembros de la misma nación, y ser desconocedores de las terribles injusticias del Úlster». Allí fue testigo de «la escasa imaginación de los policías» (magnífico seudónimo), de la muerte que provoca la radicalidad y de cómo, a pesar de los altercados, se mantuvo firme y no huyó. Sin duda, un buen augurio para el futuro.
Para Hastings, tanto en la guerra como en la paz, el periodista siempre lucha contra las mentiras
Este fue el primer escalón de una serie de contiendas sobre las que acabó escribiendo. De hecho, El 6 de junio de 1983, «The Times» glosó su ya para entonces ganada fama con un chiste gráfico muy ilustrativo que rezaba: «Las cosas deben de andar mal, amigo. Creo que acabo de ver a Max Hastings». Su nombre estaba ya unido a conflictos como la guerra civil de Nigeria, el conflicto entre India y Pakistán o [[LINK:TAG|||tag|||6336148becd56e3616931d9e|||la contienda de las Malvinas]], que sacó su lado más patriótico y que le reportó enjundiosas exclusivas que le granjearon odios viscerales entre sus compañeros.
Presenció y relató con pasión la guerra de Yom Kippur, «una de las experiencias más impactantes de mi carrera», que le llevó a ensalzar el coraje del ejército judío, aunque después sobrevendría el desencanto con Israel (comenta por qué y en qué punto este país ha perdido parte de su favor internacional). Pero quizá las mejores páginas están reservadas para [[LINK:TAG|||tag|||6336137e5c059a26e23f7744|||Vietnam]], donde presenció el derrumbamiento de la moral norteamericana, cómo los pilotos fumaban cannabis mientras sobrevolaban la jungla y el triste paisaje humano que supuso la caída de Saigón, con miles de civiles que vagaban por las calles sin saber a dónde acudir en medio del tableteo de las ametralladoras y el ruido que dejaban las docenas de helicópteros que cruzaban el cielo de la ciudad. Pero, sobre todo, recuerda la repugnancia que le causó lo que él llama «la última traición» norteamericana: cómo Estados Unidos dejó atrás a muchos de los colaboradores vietnamitas que habían trabajado con ellos durante esos años.
«El corresponsal de guerra no ha de elegir entre vender verdad y falsedad, sino entre reportar un fragmento de la realidad o nada en absoluto»
Max Hastings
Pero Hastings no ha escrito solo un libro de guerra, anécdotas y experiencias propias. Estas páginas incluyen lúcidas reflexiones sobre periodismo y cómo ejercerlo desde la línea del frente. Habla de las malas condiciones que soportan los reporteros, las pagas exiguas que reciben muchos de ellos, la diferencia que existe entre los que se meten en medio de los combates, los que esperan en la retaguardia y los que (la mayoría) no padecen la locura de los primeros, pero tampoco se quedan en el hotel. El autor muestra su beligerante oposición al periodismo gregario y aboga por la noticia propia (a pesar de los rencores que eso le acarreó) y no percibe ningún heroísmo, sino un enorme y agrio pesar, en la muerte de esos compañeros que perdieron la vida mientras trabajaban.
Un rompecabezas
Por supuesto, Hastings habla de la verdad y de la mentira y del problema que supone escribir sobre conflictos armados: el periodista solo «trata de montar un rompecabezas al que le falta la mayoría de piezas». Y explica: «El corresponsal de guerra no ha de elegir entre vender verdad y falsedad, sino entre reportar un fragmento de la realidad o nada en absoluto. Todos los periodistas deben competir con los engaños oficiales en la guerra y en la paz. En la guerra, los comandantes no solo dicen mentiras a los reporteros, sino que a menudo ellos mismos ignoran la verdad. Nunca he dudado de que los periodistas en las guerras deben perseguir con afán tales fragmentos, siempre y cuando nosotros –y nuestros lectores– los percibamos como lo que son. Los historiadores deben rellenar los grandes espacios vacíos en la historia que narramos. Si los corresponsales de guerra se esfuerzan por captar algunas estampas del campo de batalla, por interpretarlas y por explicar con honestidad lo que han visto, entonces están haciendo lo único que cabe esperar de ellos».
Pero, ¿y su valor? ¿Qué pasó con él? ¿Tenía o no después de todo? El libro acaba con una reflexión sobre la cuestión: «Ahora comprendo que el valor físico se muestra en muchos jóvenes de manera más fácil de lo que reconocen algunas personas. Esto no significa que los guerreros no se merezcan sus medallas, es solo que es menos difícil de lo que yo suponía que los jóvenes se comporten con bravura en un campo de batalla si están bien entrenados, bien dirigidos y entre buenos compañeros. El coraje moral es mucho más difícil, más esquivo y más relevante (…). A menudo me preguntan cómo es la guerra. Los hombres en particular suelen preguntarse a sí mismos cómo se comportarían si los sometieran a prueba, a la misma que afrontaron nuestros padres y nuestros abuelos. La respuesta siempre es la misma: lo harás mejor de lo que crees. La mayoría lo hace».
