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Ten cuidado con lo que deseas, por Jorge Bruce

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La máxima “ten cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad” se remonta a la Grecia clásica. Se suele citar la fábula de Esopo del siglo VI antes de Cristo, El Anciano y la Muerte, en la que este viejo leñador, agotado, le pide a la muerte que acabe con su trajín. Pero, al verla aparecer, se arrepiente y solo le pide que lo ayude a cargar la leña. Es célebre el mito del rey Midas, quien pide al dios Dionisio que se convierta en oro todo lo que toque. Al serle concedido su deseo, está a punto de morir por inanición, pues no puede alimentarse ni beber el oro.

Ya dentro de los linderos del territorio peruano y en nuestra realidad actual, pareciera que estamos asistiendo a una escenificación del gran problema con el deseo. La presidenta Keiko Fujimori está en la mitad de la tercera semana de su anhelado gobierno, y todo indica que la situación se le está escapando de las manos. La inseguridad, como era previsible, sigue igual o peor, pues la medida de colocar militares uniformados y armados en las esquinas no ha impedido, como varios advertimos, que los asesinatos a balazos y las extorsiones continúen proliferando como un cáncer de fase 4.

Simultáneamente, el brutal calentamiento del mar en la costa peruana (el peor del mundo en este momento y podría ser el peor de nuestra historia) está avisando la catástrofe que se cierne sobre nuestras cabezas. Una catástrofe que se ve agravada, como suele ser el caso, por la clamorosa ausencia de un plan para mitigar los desastres. En esta columna ya habíamos advertido que no se veía en la jefa del Estado las condiciones para mantener a raya a personalidades como Rospigliosi o López Aliaga, que evidentemente no se sienten en la necesidad de respetarla ni pedirle permiso. Una cosa es gobernar a su bancada a punta de WhatsApp y otra, muy distinta, es tener que lidiar con la infinidad de problemas impostergables de un país cuyas elecciones ganó por un pelo.

Por ahora solo se la ve en plan influencer, tomándose fotografías en diversas circunstancias, incluso algunas harto frívolas. Dado el control que Fuerza Popular ejerce sobre los diversos poderes del Estado, se temía —se sigue temiendo— que el peso de las decisiones se escore hacia el autoritarismo. Pero lo que estamos viendo es, más bien, una suerte de desconcierto y una evidente carencia de lineamientos políticos para gobernar. El 60% de aprobación, que suele darse a los presidentes recién electos, es un capital que puede agotarse rápidamente si no da muestras de liderazgo ya. Haber esperado tantos años para que se le conceda su deseo, haberlo logrado a la cuarta intentona, pareciera haber agotado sus recursos. Lo cierto es que esto recién comienza y no en las mejores condiciones.

Su padre, el dictador Alberto Fujimori, sumió al país en una corrupción inédita, pero supo, durante casi dos lustros, ganarse a la opinión pública con una imagen de ejecutor infatigable. También él sucumbió a la ley implacable de hibris (o hubris). En buena cuenta, la desmesura. Algo que los dioses de la Grecia clásica castigaban con penas implacables, como Prometeo encadenado para que un buitre le coma el hígado cada día, o Sísifo llevando la roca a la cima del cerro, solo para verla caer cada vez. Al padre de la presidenta le ocurrió lo mismo que sucede en la película de Woody Allen, que en Latinoamérica se tituló Robó, huyó y lo pescaron (Take the Money and Run).

Pero antes de su debacle por no saber o no poder detenerse a tiempo, gozó de un aprecio popular por haber puesto orden tras el caótico gobierno de Alan García. El mismo orden que prometió su hija en campaña, pensando que la sombra de su padre la protegería. Por el contrario, pareciera que la está perjudicando. Cierto, él comenzó como un populista de izquierda y, en poco tiempo, comprendió que eso no iba a funcionar. Fue así que terminó dando un autogolpe que fue muy bien recibido por una población hastiada de la hiperinflación.

Ella no dispone del periodo de gracia que los peruanos le otorgaron a su padre, del cual, como queda dicho, abusó de manera desenfrenada, en complicidad con su socio Montesinos. Pero, durante varios años, logró ser considerado el hombre que la situación requería. Aun así, ambos terminaron en la cárcel, tras un juicio irreprochable. Uno de los motivos por los que a ella no se le otorga ese plazo para instalarse es que lleva años gobernando el Perú desde la comodidad del Parlamento. Por eso se espera de ella que siga gobernando, sin pausa y con prisa. Y eso es lo que, a todas luces, no está ocurriendo.

El problema se complica porque, al estar permanentemente bajo los reflectores, se espera de ella que no solo gobierne, sino que haga evidente que lo está haciendo. Por eso esa idea de una presidenta casera que se toma fotos en tractores de vez en cuando chirría ante las expectativas de un país en crisis múltiple. Nadie espera que haga aspavientos grotescos como los de Jerí, por supuesto. Esa agitación era ridícula e improductiva. Va a tener que encontrar su estilo para enfrentar un país en crisis, en un mundo que también lo está. Por ahora parece aturdida por el sueño hecho realidad. Más vale que despierte pronto o le ocurrirá lo que, en la línea de la antigua máxima, escribió Óscar Wilde en El abanico de Lady Windermere (1892): «En este mundo solo hay dos tragedias: una es no conseguir lo que uno quiere y la otra es conseguirlo. La última es, con mucho, la peor». Acaso por eso el psicoanalista argentino Ángel Garma pensaba que, en el fondo, todos los sueños son pesadillas.