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A 11 kilómetros de San José, esta comunidad vive sin agua: familias almacenan cada gota ante amenaza de enfermedades

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Una leve cuesta se abre camino entre el salón comunal de Salitrillos de Aserrí y la plaza del pueblo. Son unos cuantos metros, pero esta mañana parecen suficientes para entender cómo se vive aquí: probando una y otra vez.

Se abre el tubo que está junto a la plaza. Nada. Se prueba el que tiene el barbero del barrio. Nada. El de la verdulería. Nada.

Una llave más, otra más: el mismo resultado. Abrir un tubo y esperar que salga agua se ha convertido, en Salitrillos, en un acto de fe que casi siempre termina en nada.

A los lados de la calle aparecen los recipientes que cuentan la historia de esa espera. Hay estañones azules, botellas de Coca-Cola que ahora guardan agua, envases de distintos tamaños que fueron llenados quién sabe cuándo. Algunos, durante la madrugada, cuando por unas horas hubo conexión. Otros llevan días esperando en las casas, reservados para cuando haga falta.

En media caminata nos encontramos con doña Mandemia Rojas. Está en el jardín de su casa, cobijada por la ropa de su esposo y de su familia, que cuelga tendida de un extremo a otro.

Los cordones atraviesan el patio y ella conversa entre pantalones, camisetas y otras prendas que se mueven suavemente con el aire.

—Es que quisiéramos saber cómo le va a usted con el asunto del agua...

Pero doña Mandemia no alcanza a responder. Un muchacho pasa detrás de nosotros, escucha la pregunta y, como si hiciera falta aclarar la dimensión del problema, grita desde la calle:

—¿Pero de cuál agua?— dice.

Doña Mandemia sonríe. Levanta los hombros. Y por un instante no hace falta que emita palabra.

Mal de muchos, consuelo de ninguno

A un kilómetro de este centro de actividad, por una de esas calles “de pasada” que atraviesan Salitrillos, está la pulpería de doña Maritza Castillo. El negocio queda junto a su casa y, como todo en estos días, también funciona a medias: hay cosas que vender, pero falta algo más básico que cualquier producto en una pulpería.

Doña Maritza lleva 50 años viviendo en la comunidad. Conoce sus carencias desde mucho antes de que el problema volviera a ocupar las conversaciones de cada esquina. Recuerda que, hace décadas, había que levantarse a la 1 de la mañana para recoger el agua que llegara. Ahora, dice, están regresando a esa rutina: a veces la conectan a las 4:30 de la mañana y a las 7 ya no hay; si vuelve por la tarde, puede desaparecer dos horas después.

Su esposo es una persona con discapacidad y, además, padece diabetes. Sus pies requieren curaciones frecuentes y para eso necesita agua. Su hijo sufre asma. Doña Maritza, además, tiene una hernia que no le permite alzar estañones pesados (también es hipertensa y asmática).

Por eso madrugar para bañarse no es una anécdota, sino parte de la rutina. Si esperan hasta después de las 6 de la mañana, ya no hay agua.

Para beber y cocinar, la familia compra tres garrafones de agua los miércoles y los sábados, a ¢2.300 cada uno. Es un gasto que se suma a los recibos y a la comida. El ingreso mensual de su esposo ronda los ¢120.000.

Y está el otro problema: el agua que sí aparece no siempre sirve. Doña Maritza recuerda haber abierto un tubo para llenar un vaso y encontrar pequeñas lombrices negras dentro. Cuando llueve fuerte, dice, el agua puede llegar con barro. “¿Quién va a tomar agua con barro?”, dice indignada.

Cerca de la casa de doña Maritza, un muchacho que pide no ser identificado nos recomienda seguir hacia Los Itabos, una de las comunidades que, según los vecinos, más está sufriendo la falta de agua. “Yo vivo muy cerca de ahí y es terrible. Un amigo dice que en quince días solo les llegó una hora de agua”, nos cuenta.

“Ahí la pasan peor”, añade doña Maritza.

Después de un par de indicaciones de ambos llegamos a Los Itabos, una comunidad mucho más alta. Para subir una de sus cuestas hay que poner el 4x4 y dejar que el carro trepe despacio. El barrio está lleno de perros que aparecen en las esquinas y detrás de los portones. La escena se completa con el paisaje habitual: estañones azules y recipientes. Al llegar, oportunamente, encontramos un camión de la Municipalidad de Aserrí estacionado allí.

La distribución del agua en este cantón corresponde al acueducto municipal, no al Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA). Dentro del camión hay una cisterna, pero no hay ningún funcionario cerca.

A su lado está don Miguel Ángel Felo Segura. Tiene 93 años, lleva la camisa medio abierta y está sentado en un banco, tomando un poco de sol. Dice que suele pasar sus días así, tranquilo. Su situación, explica, es distinta a la de buena parte de sus vecinos. “Ahora sí está terrible esto”.

Don Miguel tiene dos estañones. Uno lo consiguió para almacenar agua cuando esta aparece y otro lo utiliza para el servicio sanitario. Cuando no hay presión suficiente en la tubería, recurre a un tarro para bañarse.

—Yo no tengo dificultades porque tengo esos estañones. Vivo solo. Pero hay mucha gente que sí las tiene. Hay casas donde viven cinco o seis personas y no tienen una gota de agua. Y muchas de estas personas no tienen ni para comprar arroz, menos para un estañón.

Don Miguel recuerda haber escuchado reportes sobre contaminación y residuos en el agua. Por precaución, ahora la hierve antes de tomarla.

Su preocupación no es en vano. El agua también está en el centro de otro problema que atraviesa estas comunidades: la hepatitis A (se transmite principalmente por consumir agua o alimentos contaminados).

El Ministerio de Salud confirmó 14 casos entre Aserrí y San Juan de Dios de Desamparados, comunidad vecina. Ninguna de las personas afectadas ha requerido hospitalización y, según la institución, todas se mantienen bajo vigilancia epidemiológica.

A raíz de los casos, Salud hizo una inspección extraordinaria de los sistemas que abastecen a las comunidades, junto con el Acueducto Municipal de Aserrí, la ASADA Poás y Barrio Corazón de Jesús. Tomaron diez muestras y las llevaron a un laboratorio acreditado.

En el Sistema Lourdes del Acueducto Municipal de Aserrí encontraron problemas: había niveles de cloro por debajo de lo recomendado, sedimentos en algunos puntos de la red y, más importante, coliformes fecales en el agua, desde la fuente hasta la que llegaba a los abonados.

En el otro sistema revisado, el de la Asada Poás y barrio Corazón de Jesús, las muestras no encontraron contaminación microbiológica.

El Ministerio ordenó entonces al Acueducto Municipal de Aserrí corregir las fallas y mejorar la desinfección. Según Salud, esas medidas ya fueron atendidas.

Mientras tanto, la recomendación para quienes no tengan agua potable es colocar cuatro gotas de cloro por cada litro de agua o hervirla durante 20 minutos.

Revista Dominical solicitó una entrevista con un vocero del Ministerio de Salud para ampliar estos datos, pero la institución respondió que se referirá al tema únicamente con estas recomendaciones y sus instrucciones al municipio.

¿Por qué falta agua en Aserrí? La Municipalidad señala la sequía, el fenómeno de El Niño y la reducción de las fuentes de captación, mientras los vecinos apuntan a años de crecimiento urbano y un acueducto que no ha crecido al mismo ritmo. La contaminación de Lourdes, además, agravó el problema de calidad del agua.

Más testimonios

Bajando la cuesta de Los Itabos, una señora sale de su casa con un puñado de granos para alimentar a unos pajaritos. Nos saluda desde lejos, como si nos conociéramos de antes. No nos conocemos. Pero después de las presentaciones, la conversación sobre el agua comienza casi de inmediato.

Se llama Mary Arce. Vive en la comunidad desde hace unos 30 años y conserva recuerdos de cuando el agua “era otra cosa”. Ella tuvo su infancia en La Fortuna de San Carlos, pero de adolescente se vino a vivir acá.

Ya adulta, recuerda que sus hijos se bañaban en el río. Ella lavaba allí sus mantillas y rememora haber recogido agua del río para tomar.

Ahora, dice, aquel río está prácticamente seco y ya no es el mismo. Para ella, el problema del agua no comenzó ayer ni puede explicarse solamente desde una oficina municipal. Lo sitúa unas tres décadas atrás, cuando comenzaron a levantarse más casas en las partes altas de la comunidad.

“Cuando eso pasó, vino el verdadero problema. Me van a disculpar, pero aquí todo se trata de las heces”, dice.

Doña Mary cuenta que las nuevas urbanizaciones, algunas con decenas de viviendas poco planificadas, han ido creciendo montaña arriba. “Yo me pregunto, ¿dónde terminan sus heces? Si aquí, por el caño de agua que viene ahí, subiendo, cuando llueve vienen los cerotes".

Para ella, el deterioro del río está ligado a una transformación más profunda del lugar: árboles cortados, basura que termina en las corrientes, plásticos y desechos arrojados sin pensar en dónde acabarán. Ella recurrió a tener su propio tanque de agua, pero asegura que esa no es la realidad de la mayoría.

“¿Cómo es posible que antes tomábamos y nos bañábamos con esta agua del río y ahora yo no confío ni siquiera en el agua que de vez en cuando sale del tubo? ¿Cómo es posible que yo, que soy solo una maicera, sepa que hay que cuidar los árboles, que hay que cuidar cómo nos deshacemos de lo que botamos?“.

En otra comunidad de la zona, cuya ubicación reservamos a petición de la entrevistada, una profesora de una escuela pública también describe una rutina marcada por la falta de agua. Prefiere no revelar su identidad, pero cuenta que el problema obliga al centro educativo a hacer “mil maravillas” para poder funcionar con normalidad.

La municipalidad les envía una tanqueta para abastecerlos, pero, según explica, generalmente el agua se termina al mediodía. La escuela cuenta además con tanques de almacenamiento, aunque el problema no es solamente la cantidad.

La logística se repite todos los días: si el agua llega durante la noche, procuran llenar completamente el tanque para tener abastecimiento durante la jornada siguiente. Un tanque lleno puede alcanzar para un día.

“Aquí nosotros les pedimos a los niños que traigan agua potable de sus casas para mantenerse hidratados porque todo está contado, pero también es difícil porque no sabemos cómo es el agua en sus casas”, dice.

Aun así, hay ocasiones en que deben suspender lecciones porque llegan a la tarde sin agua.

La profesora dice que no se trata de un problema nuevo. Ha trabajado en Aserrí desde hace 30 años y recuerda que las quejas por el servicio han acompañado a la comunidad durante todo ese tiempo.

En la escuela, por ahora, no han registrado casos de hepatitis ni han recibido reportes de estudiantes enfermos por esa causa. Tampoco aseguran que el agua esté contaminada: simplemente no cuentan con estudios que permitan determinar su calidad.

Lo que sí tienen es una certeza cotidiana: para abrir una escuela también hace falta abrir un tubo, y en Aserrí eso no garantiza nada.

¿Y el comercio?

A unas calles del centro de Aserrí está el salón de Mario Mora, un negocio que lleva más de 30 años abierto. Mario es colorista: trabaja con tintes, decoloraciones y tratamientos que, en cualquier otro día, terminan con una buena cantidad de agua corriendo por los lavacabezas.

Ahora los dos lavacabezas permanecen a la espera. Mario nos enseña los baldes que ha tenido que colocar para almacenar lo poco que consigue. “Antes atendía entre cinco y seis personas al día. Ahora apenas puede trabajar con dos o tres. Estamos hablando de que me ha reducido el trabajo a la mitad”.

El problema no es solamente lavarle el cabello a un cliente. En su oficio, el agua es parte de todo el proceso. Un cabello largo y teñido necesita varios lavados para retirar el producto, enjuagar, acondicionar y dejar limpio el cabello y el salón.

Para que rinda el agua, Mario lava bien el tinte para retirar el producto del cabello y del cuero cabelludo y después utiliza acondicionadores, cremas y sprays, en lugar de hacer un segundo lavado con champú.

Los clientes se han ido acostumbrando, pero también hay quienes llegan desde San José, Heredia y otros lugares y llaman antes de salir para preguntar si hay agua.

La municipalidad ha enviado cisternas para abastecer a los vecinos y Mario también lleva agua desde su casa cuando logra recogerla durante la madrugada. El horario oficial de abastecimiento tampoco coincide siempre con lo que ocurre en la realidad. Él muestra tres botellas que antes fueron de gaseosa que, asegura, logró llenar con apenas un chorrito que comenzó a salir alrededor de las 4 de la mañana.

“Lo malo es que no siempre inspira confianza. Yo soy muy cuidadoso con mis clientes porque algunas veces ha salido limpia y otras veces sale como un fresco de tamarindo. Obvio para beber, prefiero comprar agua, pero no es justo porque pago un recibo de una agua que no me llega”.

La situación le resulta especialmente frustrante porque, mientras su negocio y otros comercios del centro reducen sus actividades por falta de agua, frente a la iglesia se construye un nuevo parque, un proyecto que él considera menos urgente que resolver el problema del acueducto.

“¿De dónde cogen agua para hacer ese parque? La necesidad prioritaria era arreglar el asunto del agua", reclama.

Mario recuerda que “cuando la actual alcaldesa Patricia Porras asumió el cargo, dijo que el agua sería una prioridad”. Él lleva tres décadas detrás de la misma silla de trabajo y asegura que nunca había visto una situación como la actual.

Su explicación del problema es más amplia: habla de falta de planificación, de nuevas construcciones conectadas a tuberías existentes y de un acueducto que, a su juicio, ha crecido sin un verdadero planeamiento hídrico. Y señala otra dificultad que conoce desde la puerta de su salón: Aserrí está lleno de cuestas.

Cuando el agua llega, explica, la presión favorece primero a las partes bajas. Los segundos pisos, como donde está su negocio, terminan esperando.

“Antes el agua podía llegar sucia o con problemas, cuenta, pero llegaba. Ahora ni siquiera eso está garantizado”.

Desde la alcaldía

También quisimos escuchar a la alcaldesa de Aserrí, Patricia Porras, sobre la difícil situación. Revista Dominical solicitó una entrevista, pero su oficina optó por responder nuestras preguntas mediante una comunicación escrita.

La alcaldía reconoce que el problema del agua “se presenta desde hace varios años”, aunque asegura que ahora se agravó por la época seca y “la extrema sequía provocada por el fenómeno del Super Niño”, que ha reducido las fuentes de captación.

Como parte de las soluciones, el 10 de agosto la alcaldesa solicitó al Concejo Municipal iniciar un proceso de diálogo con el AyA para valorar un eventual traslado de la administración y operación del acueducto municipal.

Lo que dice Lourdes Sáurez, presidenta de Acueductos y Alcantarillados, es que han “estado haciendo trabajos en conjunto con la municipalidad”. ”Si tenemos que asumirlo, lo hacemos. Eso no quiere decir que va a haber una mejoría al día siguiente, porque hay que empezar a trabajar sus fuentes, su potabilización, el cambio de tuberías. La inversión que hay que hacer en Aserrí es alta y el trabajo que hay que hacer es profundo”.

Mientras tanto, desde abril se aplican horarios de racionamiento por sectores, que, según la municipalidad, “se han ido adaptando de acuerdo con las necesidades y disponibilidad del servicio”. También se recurre a camiones cisterna y tanquetas.

La alcaldía asegura que ha realizado mejoras en la planta de tratamiento y en las tomas de captación, habilitó un pozo en Lagunillas de Salitrillos y construye otro en la plaza de deportes.

Sobre la contaminación detectada por Salud, sostiene que “se trató de un evento puntual en el Sistema de Lourdes y no de una afectación en la totalidad del Acueducto Municipal”. Lo atribuye a “la presencia de fauna silvestre cerca de las fuentes de captación” y asegura que, después del episodio, reforzó los procesos de tratamiento y desinfección.

También afirma que se realizan pruebas de laboratorio de manera constante y que se reforzaron medidas como “el ajuste de los niveles de cloración cada tres horas” y la medición permanente de la turbiedad.

La Municipalidad asegura que la situación fue “subsanada” y que “el agua está nuevamente en condiciones para el consumo”.

Lo que ocurre en Aserrí no apareció de repente este año. El propio municipio tiene, desde hace varios años, un Plan de Contingencia y Protocolo de Comunicación ante racionamientos de agua, creado precisamente para enfrentar situaciones de sequía y problemas de abastecimiento.

Y las quejas tampoco son nuevas. En mayo de este año, vecinos de Aserrí llegaron al punto de pedir que se declarara un estado de emergencia por la falta de agua.

En el 2024, la Defensoría de los Habitantes ya había llamado la atención a la Municipalidad por problemas en el suministro y por incumplimientos en los horarios de racionamiento. La propia Municipalidad reconocía una caída importante en el caudal de las fuentes que alimentan su planta de tratamiento.

El problema tampoco termina en las fronteras de Aserrí. Bomberos de Costa Rica ha advertido que la escasez de agua plantea nuevos retos para la atención de emergencias y ha reforzado su flotilla con equipos capaces de transportar mayores cantidades (aunque, por el momento, esos recursos fueron destinados a comunidades como Pavas, Guadalupe, Ciudad Quesada, Liberia, Cañas, El Roble, Ciudad Neily, Limón, Siquirres y Alajuela).

Una profesional de salud que pidió anonimato explica que en otra área de salud colindante con Aserrí se registran, a esta altura del año, poco más del doble de casos que se registran en todo un año calendario (lo habitual es 12 en un año; ya llevan 21 en este 2026).

Mientras tanto, en las comunidades las botellas siguen alineadas junto a los tubos. Nos lo dice Eileen Varela frente a su mesa de manicura, nos lo dice Gerald Morales con la afeitadora de su barbería en mano, nos lo dicen los vecinos que asoman sus ojos entre la ropa que se seca temprano. Son oficios y vidas distintas, pero todas con un mismo desenlace cuando toca darle vueltas al grifo.