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Europa debe prepararse para hacer frente a más megaincendios

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Abc.es 
Los incendios que sufrimos en Ávila y Madrid hace unas semanas amenazaron, de manera inédita, el entorno de una de las principales capitales europeas. En las Landas de Gascuña, cerca de Burdeos, los incendios obligaron a evacuar a unas 250.000 personas. Y en julio, las llamas destruyeron más de un centenar de viviendas en un incendio forestal próximo a Oslo. Estos episodios se suman a los de 2025, cuando el sistema Copernicus registró por primera vez más de un millón de hectáreas quemadas en Europa, incluido un incendio de más de 12.000 hectáreas en la, hasta hace poco, húmeda Escocia. El fuego está dejando de ser un problema exclusivamente mediterráneo. Europa ha entrado en una nueva era de incendios forestales, y debemos prepararnos para ella. La respuesta europea ha llegado tarde. Los incendios apenas ocupan un lugar relevante en la Estrategia Forestal de la UE para 2030, en la Estrategia de Biodiversidad o en el Reglamento de Restauración de la Naturaleza. Durante años, Bruselas ha parecido asumir implícitamente que los grandes incendios eran un problema fundamentalmente mediterráneo. La excepción es la reciente Comunicación sobre la Gestión Integrada del Riesgo de Incendios Forestales, un paso en la buena dirección, pero que todavía carece del rango, los recursos y el plan de acción necesarios para estar a la altura de la magnitud del problema. Ante esta situación, el debate político suele reducirse a una disyuntiva demasiado simple: cambio climático frente a gestión del territorio. Pero no tenemos que elegir entre ambos. El cambio climático está aumentando las temperaturas, prolongando las sequías y favoreciendo condiciones meteorológicas extremas que facilitan la propagación de incendios. Pero el clima no explica por sí solo que determinados incendios alcancen tamaños e intensidades extraordinarias. También importa qué paisaje hemos construido y cómo lo gestionamos. En buena parte de los territorios mediterráneos, el mosaico tradicional de cultivos, pastos, bosques y matorrales, mantenido durante siglos por la ganadería extensiva y otras actividades rurales, está siendo sustituido por superficies cada vez más continuas de vegetación. El resultado es una enorme acumulación de biomasa que, bajo condiciones meteorológicas extremas, puede convertirse en combustible para incendios de una intensidad difícilmente controlable. El cambio climático determina cada vez más el potencial de los incendios. La gestión del territorio puede, en cambio, reducir ese potencial. Nuestra respuesta ha sido hasta ahora fundamentalmente reactiva: aumentar los medios de extinción y confiar en que podamos apagar los incendios antes de que se conviertan en incontrolables. Pero las leyes de la física tienen la última palabra. Cuando coinciden sequedad extrema, viento, altas temperaturas y una gran continuidad de combustible, llega un momento en que ningún dispositivo de extinción puede garantizar el control del fuego. Por eso necesitamos cambiar de paradigma: no se trata únicamente de aprender a apagar los incendios, sino de aprender a convivir con ellos. Esto significa construir territorios más resistentes al fuego, que frenen el desarrollo de los incendios. Hay que proteger especialmente a las personas, los pueblos y los núcleos habitados, pero también gestionar el territorio a gran escala para reducir la continuidad y la carga de combustible. Para ello necesitaremos combinar el conocimiento de la ecología, las ciencias forestales y la ingeniería con las realidades sociales y económicas de cada territorio. No existe una receta única para toda Europa. También necesitamos desarrollar una verdadera cultura del riesgo. La población debe conocer los peligros a los que se enfrenta, saber cómo actuar ante un incendio y disponer de herramientas para protegerse. La autoprotección y la planificación no pueden seguir siendo excepciones reservadas a las zonas que ya han sufrido un incendio. Y, por supuesto, debemos seguir mejorando la formación, la seguridad y el adiestramiento de los profesionales de la extinción. Pero la lucha contra los grandes incendios exige algo más que músculo operativo: necesitamos mejores unidades de inteligencia, análisis y planificación capaces de anticipar el comportamiento del fuego y decidir dónde, cuándo y cómo intervenir. Europa puede aprender mucho de la experiencia acumulada por los servicios de extinción forestal de algunas comunidades autónomas españolas. De hecho, ya lo está haciendo: profesionales de otros países europeos acuden regularmente a España para formarse con algunos de los equipos más experimentados. Los servicios de extinción están haciendo su parte. Ahora necesitamos que el resto de la sociedad haga la suya. Porque ante los nuevos megaincendios, esperar a que llegue el próximo verano ya no es una estrategia. El tiempo para prepararnos es ahora.