Cuatro hermanos, tres trenes y un perico
El primer tren de juguete que llegó a nuestra casa fue uno de aluminio que papá y mamá le regalaron a su hijo mayor, Frank Lemuel, en una de las varias Navidades que celebramos en San Ramón de Alajuela, en la década de los años 60.
Aquel ferrocarril, compuesto por una máquina y varios vagones, funcionaba con pilas. Fue comprado en la tienda Marielos y, casi de inmediato, se convirtió en el pasatiempo predilecto de los cuatro hermanos Guevara Muñoz.
Frank lo instalaba en el piso de la sala y todos nos sentábamos alrededor para verlo dar vueltas y vueltas sobre sus rieles.
Nos seducían las luces de colores que brillaban con intensidad cuando las baterías Rayovac o Eveready estaban nuevas.
Podíamos pasar toda una tarde contemplando aquella maravilla e imaginando los pueblos y bosques por los que circulaba el convoy. Sumábamos a esa diversión los carritos de metal y los soldados de plástico que nos había regalado un primo hermano de papá.
El viaje llegaba a su final cuando mamá le ordenaba a Frank guardar el juguete en su caja de cartón para prepararnos para la cena.
Mientras comíamos, conversábamos sobre las próximas aventuras en torno al tren. La imaginación era un ferrocarril que transitaba a gran velocidad sobre los durmientes de los sueños infantiles.
El segundo tren de juguete fue uno eléctrico, de marca Marklin, que nos heredó un primo hermano llamado Adrián cuando arribó a una edad en la que el chucu-chucu ya no le hacía tanta gracia.
Lo colocábamos sobre el piso de la sala de la enorme y espaciosa casa donde morábamos, en la calle Real de Liberia, Guanacaste.
Al igual que lo habíamos hecho en San Ramón, los cuatro hermanos nos sentábamos alrededor para verlo dar vueltas y vueltas sobre sus rieles.
Un perico maquinista
Nuestra imaginación no circulaba ya con energía de pilas, sino con el estímulo aún más potente de los voltios. En nuestras mentes fantasiosas, aquel era un ferrocarril que recorría la provincia de Guanacaste: Cañas, Bagaces, Liberia, Guardia, Filadelfia, Belén, Santa Cruz, Nicoya, Hojancha…
Eso sí, la mayor diversión corría por cuenta de una de las mascotas de la familia: un perico zapoyol que corría al lado de la máquina, al tiempo que llenaba el espacio con sus estridentes chirridos.
¡Le encantaba a aquel pajarito desplazarse a toda prisa para no quedarse atrás! No quería que lo dejara el tren…
El tercer ferrocarril que formó parte de la infancia de los Guevara Muñoz no era propiedad de la familia, pero fue el que más hizo volar la creatividad y el ingenio: el tren eléctrico Marklin que exhibía la Universal de San José cada fin de año.
Muchos lo recordarán: lo instalaban sobre una enorme plataforma en la que colocaban líneas férreas, estaciones, cruces de vías, túneles, puentes, casas, edificios, bosques, montañas, lagos, carritos, personas, animales. ¡Solo faltaba el perico!
Papá y mamá nos llevaban siempre a deleitarnos con ese maravilloso espectáculo en el que varias máquinas y sus vagones transitaban al mismo tiempo, ante las miradas atónitas de niños y adultos.
Frank, Alejandro, Ricardo y yo salíamos fascinados de aquella tienda ubicada sobre la avenida central, pero nadie quedaba más extasiado que nuestro padre; durante los días siguientes era quien más hablaba del tren de la Universal. Sus hijos lo choteábamos diciéndole que si comprábamos un ferrocarril como ese, habría que prescindir de todos los muebles de la sala-comedor para poder instalarlo.
Evoqué esos juguetes de mi infancia en marzo pasado, cuando asistí a la Feria de trenes a escala, organizada por ferromodelistas de Costa Rica, en el local de Sendero Vivero Urbano, una vieja y hermosa casa de madera en barrio Escalante.
Ese día volví a ser niño, de nuevo hice equilibrio sobre los rieles de aquellos años felices y salté sobre los durmientes de la memoria.
José David Guevara Muñoz es periodista.
