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Editorial: San José le teme a su propia noche

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La reforma al reglamento que restringía la música en San José después de las 10 p. m. fue enviada a revisión, en la sesión municipal del martes 14 de julio, luego de varios días de polémica. Sin embargo, sería un error simplemente pasar la página respecto de lo sucedido, porque el episodio es el síntoma de un problema mucho más profundo: la ausencia de una verdadera visión sobre la ciudad y, en especial, de la crisis que, desde hace años, aqueja al cantón Central de San José.

Mientras se discute si el espectáculo de un DJ que toca hasta las 11 p. m. amerita la clausura del local por 24 horas, la ciudad convive con indigencia crónica, suciedad acumulada en sus esquinas y décadas de subinversión en espacio público. La tarea apremiante que debería ocupar a la alcaldía no es cuántos decibeles tolera un restaurante, sino por qué San José, capital de un país que se vende al mundo como modelo de estabilidad, tiene un centro que buena parte de sus propios habitantes evita después de las 6 p. m.

El propio proceso de emisión del reglamento retrata el vicio de fondo, pues, según sectores directamente afectados, como propietarios de bares y restaurantes, el municipio no les consultó sobre la normativa, frenada únicamente cuando la presión pública se volvió insostenible. No es solo un problema de contenido, sino de método. Una ciudad no se debe administrar por reacción a la indignación de la semana, sino por una visión de largo plazo que sus gobernantes rara vez se toman el trabajo de construir.

Londres tuvo que nombrar, hace algunos años, a una funcionaria dedicada exclusivamente a atender la crisis de la vida nocturna en la urbe, luego de que el cierre de negocios, el alza de alquileres y el costo de vida vaciaron el corazón de la ciudad. El resultado de años de indiferencia fue lo previsible: calles vacías, más inseguridad y una economía nocturna deprimida. Monterrey vivió una versión distinta del mismo error; la regeneración del Barrio Antiguo apostó por una “alta cultura” curada y turística, pero dejó de lado la vida nocturna orgánica que le daba identidad al sector, con el resultado de espacios bonitos pero vaciados de autenticidad. Ambos casos enseñan que una ciudad que le teme a su propia noche muere también en el día.

Medellín ofrece el contraste que San José necesita estudiar seriamente. La ciudad que hace pocas décadas era sinónimo de violencia y narcotráfico no se transformó prohibiendo, sino invirtiendo. Bajo el llamado urbanismo social, construyó parques biblioteca en los barrios más golpeados, tendió el Metrocable para conectar las laderas marginadas con el resto de la ciudad y convirtió el espacio público en la herramienta central de su recuperación urbana. No dictó reglamentos para silenciar sus comunas; llevó a esas comunas la mejor infraestructura que la ciudad podía ofrecer. La Comuna 13, otrora de las más golpeadas por la violencia, hoy recibe turistas que suben en escaleras eléctricas a ver murales y arte urbano. El resultado no fue solo menos violencia, sino un renacer cultural y turístico que hoy estudian urbanistas de todo el mundo y que en el 2026 ubicó a la ciudad entre los principales destinos de vida nocturna de América y el Caribe.

No se pide que Costa Rica copie el modelo colombiano, pero sí que aprenda las lecciones que Medellín nos enseña; principalmente, que gobernar una ciudad no es administrar prohibiciones, sino priorizar inversión. Un alcalde o un regidor que se tomen en serio su cargo deberían preguntarse primero cómo iluminar mejor las calles, cómo limpiar una acera, cómo evitar que la basura se acumule en la calle por falta de recolección, o cómo solucionar, con medidas efectivas, la problemática de las personas en situación de calle. Solo después de resolver esas prioridades tiene sentido discutir si un bar puede tener o no karaoke a las 11 p. m.

Esto no significa que el reclamo vecinal por el ruido carezca de fundamento. Quien vive en zona mixta tiene derecho legítimo al descanso, pero ya existe un decreto ejecutivo de control del ruido que fija límites técnicos por zonificación y horario, con parámetros objetivos y medibles. Implementar una regulación apropiada es posible sin apagar una ciudad ya de por sí deprimida.

La vida nocturna de una capital no es un lujo prescindible ni una amenaza al orden público, sino el termómetro de una ciudad sana. Cuando San José solo sabe legislar para restringir lo poco que todavía funciona, en lugar de resucitar lo que lleva años muerto, la capital le da la espalda a su propia posibilidad de reinventarse.

Un alcalde no debería verse a sí mismo como el guardián nocturno de la ciudad, sino como el gestor de sus activos más valiosos: su gente, su cultura y su espacio público. San José tiene la oportunidad, tras la pifia de este reglamento, de rehacer el proceso con las mesas de trabajo que ya anunció para el mes de agosto. La pregunta es si esta vez primará una visión de ciudad o simplemente alguna otra ocurrencia mejor redactada.