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Messi agranda su leyenda

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Abc.es 
En el centro de lo que prometía ser más que un partido fútbol, con 39 años y una mirada que escaneaba el horizonte, energía Lionel Messi. Podía ser su último baile mundialista, el ocaso de la carrera más prodigiosa que jamás haya conocido este deporte, pero Messi no ha venido a despedirse; ha venido a seguir conquistando. ​Desde el calentamiento, el capitán lideró la salida. Caminaba con paso firme, el rostro esculpido en una seriedad granítica, ajeno al estruendo de una grada que lo vitoreaba como a una deidad. Argentina, luciendo aquella segunda equipación que evoca el 86, parecía buscar en el tejido el espíritu de otra época. Pero esto no era 1986. Messi, en su tercera semifinal, ya no es aquel joven que corría hacia la gloria con la insolencia de los 25 años; hoy, con casi cuarenta primaveras es un director de orquesta que entiende que, a su edad, el tiempo no se gana corriendo, sino pensando. ​El arranque dejó claro las intenciones tácticas de Scaloni; un Messi falso nueve, un imán que atraía defensas inglesas como la gravedad a los cuerpos celestes. Eliot Anderson, cual sombra ineludible, se encargó de marcar al rosarino, junto a unos compañeros británicos que buscaban bloquear al argentino a cada paso que daba. Messi, sin embargo, permanecía impertérrito. Caminaba, analizaba, y cuando el cuero llegaba a sus botas, el estadio entero contenía la respiración. En el 36', tras un eslalon prodigioso que dejó a tres ingleses mirando al vacío, recibió una entrada que desató la primera gran refriega. Argentina, como una manada, acudió a proteger a su tótem. ​En el descanso Messi se retiró al vestuario con el gesto serio, sabedor de que el guion estaba siendo complejo. Pero todo cambió tras la reanudación. El gol inglés en el 54' golpeó el orgullo albiceleste, pero activó el gen competitivo del jugador del Inter Miami. Messi retrasó su posición, tomó el mando de la sala de máquinas y comenzó a coser el juego con hilos de seda. ​Si el fútbol es una película, el último tramo fue un thriller donde Messi era el guionista. Cada pase, cada filtración, cada dribbling era una puñalada en la férrea defensa inglesa. La insistencia tuvo premio en el minuto 85: Messi lanzaba un pase medido al borde del área, y Enzo Fernández, con un zapatazo lejano, ponía el empate. Argentina olía sangre, y Messi, con la clarividencia del jugador que ha visto este desenlace mil veces, volvió a ser el epicentro. ​Corría el minuto 91 cuando el destino se hizo carne, y la estrella, como no podía ser de otra forma, estuvo involucrada en la jugada. Messi, desde la esquina, dibujó una parábola perfecta que aterrizó en la cabeza de Lautaro Martínez. El testarazo, limpio y sin oposición, selló la remontada. El estadio estalló en un rugido que seguramente se escuchó en los Andes. Messi, con dos asistencias imposibles y una capacidad de liderazgo inabarcable para cualquier mortal, había vuelto a obrar el milagro. El abrazo de todo el equipo a su guía nada más terminar el encuentro, no es más que la imagen que llevamos viendo todo el Mundial. Es el líder de un país. Una leyenda que acaba de entrar en el selecto club de los jugadores que han presenciado desde el verde tres finales de la competición más grande del deporte. Con el 75% de acierto en regates y el peso de una nación sobre sus hombros, Messi volvió a ganarse el amor de todo un pueblo. Es difícil saber si ha superado a Maradona en el corazón de los argentinos; pero está claro que anoche se ganó un nuevo argumento a su favor. La rocosa y sólida España aguarda en la final, pero deberá hacerlo con cautela, porque para el mito, la historia todavía no ha terminado de escribirse.