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Naipes: historia proscrita de los juegos de cartas

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El origen de la palabra «naipe», utilizada para designar las cartas de la baraja, se relaciona habitualmente con el término árabe na’ib «representante» o «figura». De este vocablo habría derivado el italiano naibi y, posteriormente, el español naipe. Desde sus primeras apariciones, el término se habría empleado para designar la versión islámica o mameluca de la baraja de cuatro palos y sus figuras cortesanas, teniente, virrey y emir, decoradas con motivos geométricos. Esta posible procedencia islámica se ve reforzada por una referencia de la Crónica de Viterbo, donde se afirma textualmente: «Año 1379. Llegó a Viterbo el juego de las cartas, que en lengua sarracena –es decir, árabe– se llama Nayb». A los naipes se les ha atribuido un origen oriental concretamente chino, relacionándolo con al juego de las hojas. Uno de los primeros registros orientales de los naipes es del siglo XIII cuando el departamento de castigos de la dinastía Yuan sorprendió a dos jugadores con cartas de papel, confiscándose los bloques de madera utilizados para imprimirlas cartas junto con nueve de ellas sin que se proporcionase descripción del juego. Muchos de estos juegos de cartas de la dinastía Yuan estaban impresas con instrucciones precisas o castigos para quien las sacara del mazo, asociadas con el consumo de alcohol.

La llegada de los naipes a Europa es discutida, si bien parece que los árabes pudieron traer el juego a través del comercio mediterráneo, como evidencia el testamento de 1380 de Nicolau Sermona, un comerciante barcelonés con relaciones comerciales en Egipto. En su inventario de bienes se hace referencia a una baraja de 44 piezas. Una de las primeras menciones de los naipes es de origen aragonés: en 1310 el Consell de Cent prohibió en Barcelona la práctica de los juegos de cartas, lo que indica que estos ya estaban ampliamente difundidos entre la población desde décadas antes. Las cartas antes de la imprenta se fabricaban con papel de tela prensada, presentes en Aragón en el siglo XIII, donde «la gresca» ers uno de los juegos más perseguidos por considerarse propio de fulleros y truhanes. A partir de mediados del XV, con el desarrollo de la imprenta, se multiplican los juegos de naipes jugando a ellos toda la sociedad, pobres, ricos, nobles, artesanos, clérigos, moros y judíos, hombres y mujeres. La variedad de juegos era enorme: el cuco, el matacán, el quince, treinta, cuarenta, veintiuna, la estocada, el siete... En torno al juego de naipes surgen las apuestas, las trampas y la riñas. Tahúres y fulleros se juntaban en las tabernas para hacer su negocio amenizado con alcohol y peleas. Pícaros y delincuentes comunes frecuentaban las tabernas como verdaderas escuelas del crimen.

Los naipes y el ejemplo moral

En Castilla, los naipes fueron vistos por las autoridades como un vicio corruptor y se prohibieron tanto en espacios públicos como privados. Juan I de Castilla en las Cortes de Briviesca de 1387 prohíbe el uso de naipes y dados. Años más tarde, Juan II de Castilla endureció las prohibiciones en 1409, 1432 y 1436 ya que el juego de naipes era practicado por toda la sociedad, prohibiciones que repiten los Reyes Católicos en 1476, quienes incluyen también los juegos de tablero, prohibiciones que se mantienen constantes hasta la «Novísima Recopilación» (1805). El rechazo a los naipes afectaba a incluso a sectores de la sociedad que debían dar un ejemplo moral en la sociedad castellana. De este modo, en los estatutos de la Orden de la Banda, fundada por Alfonso XI en 1331, se prohibía a los caballeros jugar a los naipes para salvaguardar el honor de la orden. También afectó al clero castellano promulgándose decretos específicos en los Sínodos del siglo XV que prohibían a los clérigos jugar a los naipes bajo pena de perder todo lo ganado, confiscarles la baraja y aplicarles multas eclesiásticas. A pesar de las prohibiciones, las tabernas estaban llenas y la justicia local era laxa en aplicar las normas para evitar la saturación de mazmorras, permitiendo el juego de naipes bajo estrictas condiciones: por un lado, se permitían las apuestas de consumo inmediato, es decir, si el premio era el vino o las cosas de comer en el mismo momento de ser ganadas, ya que si alguien quería cambiar la comida por dinero era severamente castigado. En algunos municipios de Castilla se permitía el juego de naipes siempre que la pérdida diaria no superase un maravedí o el valor de una azumbre de vino. En la villa de Cuellar a finales del siglo XV se documenta la existencia de un naipero, es decir un artesano especializado en la fabricación de cartas lo que la idea de la extensión e importancia del juego. Pintores holandeses como Jan Steen reflejan la integración de los naipes en la cultura de ocio europea del siglo XVII.