El aburrimiento de la deuda pública
Churchill (1874-1965), justo antes de morir, habría dicho: «¡Es todo tan aburrido!». Sebastian Haffner (1907-1999), alemán, opositor a Hitler (1889-1945) y uno de los biógrafos del primer ministro británico que plantó cara al líder nazi, asegura que esas fueron las últimas palabras que pronunció. En teoría, parecían reflejar los sentimientos o sensaciones de alguien que, antes de fallecer, lo había hecho todo y lo había visto todo. Por eso era «todo tan aburrido». Algo muy parecido podría decirse de la deuda pública española, que crece y crece sin parar, con una monotonía precisa, desde hace años, lo que no impide que el Gobierno de Sánchez presuma, una y otra vez, de que desciende en términos de porcentaje del PIB.
El Banco de España, que dirige José Luis Escrivá, publicó ayer que la deuda pública española alcanzó la fantástica e inimaginable cantidad de 1,706 billones –con «b» de bestialidad– de euros. El Gobierno se aferra a que, si se pone en relación con el PIB, descendió en términos interanuales un punto porcentual, hasta el 100,8% del PIB. Eso sí, al mismo tiempo, en el último año, el saldo de la deuda creció entre enero de 2025 y enero de 2026 en 77.000 millones de euros, un 4,7%. Año tras año, mes tras mes –salvo alguna excepción más estacional que otra cosa–, la deuda pública española crece y crece, con una aburrida monotonía que, sin embargo, no deja de ser preocupante. España, por otra parte, necesita reendeudarse todos los años la friolera de 300.000 millones de euros para pagar la deuda que vence y que hay que devolver, y también para atender necesidades internas de gasto, entre las que se incluyen las pensiones, la sanidad, la educación y, ahora quizá, también la defensa. El Gobierno también presume de la bonanza de la economía española, pero omite que es una de las más endeudadas. Ahora, con la guerra de Trump en Irán, el peligro inflacionario vuelve a ser real y la posibilidad, cierta, de un repunte de los tipos de interés. Si ocurre, España tendrá que pagar más por una deuda que no deja de crecer: una espiral que, antes o después, tiene su límite y conduce al desastre. Todo con una monotonía puntual y todo también «tan aburrido», como habría dicho, poco antes de morir, Churchill.
