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Smiljan Radić: el nuevo Pritzker y su arquitectura austera

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Hay trayectorias que avanzan como una línea recta. La de Smiljan Radić —Santiago, Chile, 1965— parece haber tomado otro camino: más lento, incierto y, por eso mismo, más fértil. El arquitecto ganador del Premio Pritzker 2026 no llegó a la arquitectura por una epifanía deslumbrante, sino por acumulación de señales: una infancia entre dibujos, un ejercicio escolar a los 14 años y una formación atravesada por tropiezos que terminaron ampliando su mirada.

Estudió arquitectura en la Pontificia Universidad Católica de Chile, pero no aprobó su primer intento en el examen final antes de graduarse en 1989. Ese revés, lejos de cerrarle el camino, resultó decisivo. Lo obligó a detenerse, a mirar hacia otros lados, a estudiar historia en Venecia y a viajar con intensidad.

En ese desvío se fue moldeando una manera de entender la arquitectura menos encerrada en sí misma y más abierta a la filosofía, al arte, a los mitos y a la literatura. En Radić, esa mezcla no aparece como adorno intelectual, sino como una forma de ensanchar la imaginación y de permitir que un edificio cargue con una atmósfera, una intuición y una memoria.

Una obra que nace del lugar

Esa formación más amplia ayuda a explicar una de las marcas más consistentes de su trabajo: la negativa a convertir la arquitectura en una fórmula. En Radić, cada edificio parece surgir de sus propias condiciones, como si antes de imponerse necesitara escuchar. Por eso sus obras pueden enterrarse parcialmente en el suelo en lugar de posarse sobre él, orientarse para resistir el viento o la luz, o resolver su forma a partir de la reutilización y no el reemplazo.

Su arquitectura suele dar una primera impresión de austeridad, incluso de rudeza. Pero esa apariencia elemental encierra precisión. El hormigón, piedra, madera y vidrio no aparecen como simple materialidad, sino como una forma de trabajar el peso, el sonido y la sensación de encierro o apertura.

En sus proyectos hay contención, pero no frialdad; silencio, pero no vacío. Sus edificios no buscan seducir con gestos grandilocuentes, sino instalar una presencia emocional más lenta, densa y duradera.

La intimidad como escala

También hay algo revelador en la dimensión de su práctica. Desde 1995, cuando fundó su estudio en Santiago, Radić ha mantenido una escala deliberadamente íntima, casi como una declaración de principios. Durante sus años universitarios conoció a la escultora Marcela Correa, quien luego sería su clienta, posterior esposa y una interlocutora constante en un diálogo creativo sostenido en el tiempo.

Juntos diseñaron su primera casa, Casa Chica, en Vilches, Chile: una construcción de apenas 24 metros cuadrados levantada a mano en la cordillera de los Andes. Esa obra mínima parece contener ya una idea mayor: que la arquitectura no necesita imponerse para dejar huella. Que también puede construir desde la cercanía, desde el detalle y desde una inteligencia silenciosa.

Con el tiempo, su trabajo se expandió hacia otras escalas y tipologías —instituciones cívicas y culturales, edificios comerciales, residencias privadas y estructuras temporales—, pero sin perder esa sensibilidad inicial. Su arquitectura sigue siendo algo personal, atento y profundamente sentido. Tal vez por eso su obra, aun cuando parece austera, termina tocando algo más hondo: la forma en que habitamos el mundo.

Desde Santiago, la ciudad donde nació y aún trabaja, Radić proyecta ahora obras en Albania, España, Suiza y el Reino Unido. Con este reconocimiento, se convierte en el 55.º galardonado del Premio Pritzker de Arquitectura, entregado cada año desde 1979 junto con una medalla de bronce y USD 100 000.