Editorial: Líbano: la tragedia de un país bajo el fuego de Israel y Hezbolá
Atrapado por la debilidad y disfuncionalidad de su aparato estatal, sus divisiones sectarias, un enorme control de la organización político-terrorista Hezbolá (apéndice del régimen iraní) y la incesante agresividad de Israel, Líbano es una víctima crónica de los conflictos del Cercano Oriente. Durante las últimas dos semanas, su sufrimiento múltiple ha adquirido particular agudeza, y nada indica que la enorme tragedia que hoy golpea a su población vaya a ceder en corto tiempo. Al contrario, es posible que empeore.
El 2 de este mes, dos días después de que Israel y Estados Unidos decidieran emprender una guerra contra Irán sin objetivos claros ni planes de salida, Hezbolá se sumó al conflicto con el lanzamiento de misiles e incursiones puntuales contra el territorio israelí.
La respuesta del gobierno de Benjamín Netanyahu no se hizo esperar. Con una fuerza destructiva similar a la aplicada contra la Franja de Gaza, emprendió una ofensiva de tierra arrasada a lo largo y ancho del sur libanés, bombardeos expansivos contra múltiples barrios de su capital, Beirut, y una concentración de fuerzas en la frontera común que augura una posible invasión. Por el momento, las incursiones territoriales son limitadas.
En principio, el objetivo manifiesto es legítimo: eliminar sus estructuras militares, económicas y sociales, muy debilitadas por la ofensiva en su contra emprendida por Israel tras los brutales ataques terroristas de Hamás en octubre de 2023, a los que Hezbolá luego se sumó con misiles.
Las tácticas empleadas, sin embargo, han sido totalmente desproporcionadas. Como en Gaza, las autoridades israelíes nuevamente han puesto de manifiesto un enorme desdén por los civiles inocentes, la destrucción física, el desorden económico, la degradación del gobierno civil e, incluso, la integridad de las entidades y personal humanitario.
La noche del viernes, uno de sus bombardeos mató a 12 trabajadores de un centro médico en el sur libanés, y elevó a 31 el número de personal de salud abatido por la ofensiva.
Hasta ahora, las muertes civiles suman más de 800, entre ellas 100 niños, y es muy posible que sigan aumentando conforme la ofensiva israelí se mantenga y, sobre todo, convierta en blancos zonas urbanas donde, presuntamente, residen o se esconden efectivos terroristas.
Según cifras de organizaciones independientes y del gobierno en Beirut, más de 840.000 personas han sido desplazadas (este lunes se habló de un millón de personas) en un país con un número de habitantes similar al de Costa Rica. Ayer, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, echó un balde de agua fría a buena parte de ellos, al anunciar que impedirán el regreso a sus hogares de “centenares de miles de residentes” del sur de Líbano. Solo lo autorizarán cuando consideren que la seguridad del país esté garantizada y Hezbolá, totalmente destruido. Las consideraciones humanitarias brillan por su ausencia.
El gobierno libanés parece un simple actor de reparto en el libreto de la tragedia que otros mueven. Su propuesta de negociaciones bilaterales para poner fin a los ataques fue desdeñada por Israel, que exige como condición el desmantelamiento total de Hezbolá, tarea imposible para las anémicas fuerzas militares libanesas. Entretanto, el grupo terrorista ha continuado con el lanzamiento de misiles, aunque cada vez menos eficaces, e Israel no cesa en su masiva campaña.
La guerra en Irán, con su expansivo impacto en toda la zona y una aguda disrupción en la economía internacional, ha desviado la atención de lo que ocurre en Líbano. Solo Francia, entre las potencias con relevancia en el Cercano Oriente, ha tomado iniciativas para frenar la matanza y destrucción física e institucional en el sufrido país. Sin embargo, hasta ahora sus esfuerzos han sido infructuosos.
Hace poco más de un año, existió una luz de esperanza sobre la suerte del país. En enero de 2025, Joseph Aoun asumió su presidencia, tras más de dos años de vacancia. Nombró primer ministro al respetado jurista internacional Nawaf Salam, quien se propuso como misión imponer la autoridad del Estado sobre su territorio y reactivar la caótica economía. Algo mejoró en lo segundo; sin embargo, los avances de las fuerzas armadas para ejercer autoridad territorial pronto se diluyeron ante las presiones de Israel y Hezbolá.
Los imprudentes bombardeos de esta última, a partir del 2 de marzo, por órdenes de Irán, dieron a los israelíes la excusa perfecta para una campaña absolutamente injustificada en su extrema brutalidad. Las muertes, los desplazamientos y la destrucción siguen creciendo. Mientras tanto, la posibilidad de un Líbano medianamente estable cada vez parece más remota. Su tragedia es evidente.
