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Insurgencia kurda: ¿un nuevo frente de la República Islámica?

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Cuando la guerra total abierta por Israel y EE UU avanza por su tercera semana, la incertidumbre es cada vez mayor por el desarrollo del conflicto, convertido ya en una compleja contienda regional con repercusiones globales. Uno de los grandes interrogantes es el papel que puede llegar a jugar en el tapete iraní la insurgencia kurda, la interna iraní y la iraquí, a la que el propio Donald Trump, puso en el centro del tablero el pasado día 5 de marzo. Estrecha ha sido durante años la cooperación de Washington con las fuerzas kurdo-sirias en la lucha contra el Daesh. Sin ofrecer muchos detalles, el mandatario estadounidense expresó públicamente, antes de cumplirse la primera semana de guerra, su apoyo pleno a una supuesta operación militar terrestre protagonizada por milicias kurdas –y el apoyo de la CIA– contra la República Islámica. «No quiero que los kurdos entren en Irán… la guerra ya es lo suficientemente complicada», diría dos días más tarde el mandatario de EE UU en uno de sus giros clásicos.

La insurgencia kurda ha sido un reto constante para la República Islámica de Irán desde su fundación en 1979, aunque nunca constituyó un peligro existencial. Su importancia radica en la forma en que interactúa con crisis políticas más amplias, la geopolítica regional y otras formas de oposición interna, y por sus conexiones profundas con los movimientos kurdos de Irak, Siria y Turquía.

Los kurdos constituyen en torno al 10-15 % de la población de Irán y se concentran en las provincias montañosas del oeste del país, fronterizas con Irak y Turquía. Una gran parte de esta minoría apoya a organizaciones nacionalistas en su deseo de ver reconocidos en el Estado iraní sus derechos individuales e identidad cultural, aunque el respaldo no es unánime.

El Kurdistán iraní limita con la región autónoma kurda de Irak y presenta un terreno difícil que favorece la guerra de guerrillas. En ellos, los grupos armados kurdos llevan décadas aprovechando este entorno para mantener bases transfronterizas y redes logísticas. Varias organizaciones operan contra Teherán, entre ellas el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (KDPI), la formación más antigua, y el Partido de la Vida Libre del Kurdistán (PJAK) –vinculado al PKK–, que llevan décadas llevando a cabo ataques de guerrilla –contando de manera conjunta con entre 5.000 y 8.000 combatientes– contra las fuerzas de seguridad iraníes. Durante años han mantenido un conflicto de baja intensidad contra el régimen de los ayatolás, que ha respondido con bombardeos y otras operaciones transfronterizas. Horas después de trascender la supuesta operación de infiltración terrestre, el Gobierno iraní anunciaba una exitosa campaña aérea contra bases y depósitos de armas de «grupos separatistas». «Grupos armados y unidades de inteligencia, con la cooperación de valientes compatriotas kurdos, frustrarán los planes de los enemigos estadounidenses-sionistas de agresión», aseguraba el ministro de Inteligencia iraní, dando así crédito a la supuesta infiltración.

Mientras tanto, el Gobierno de la región del Kurdistán iraquí, donde tienen base varias milicias kurdo-iraníes y también objetivo en los últimos días de ataques perpetrados por milicias chiíes proiraníes, negaba sus vínculos con la supuesta trama: «No somos parte de ninguna campaña destinada a ampliar la guerra o las tensiones en la zona». Transcurridos diez días, los rumores sobre un supuesto levantamiento kurdo a manos de milicias kurdo-iraníes en el interior de la República Islámica con apoyo de organizaciones afiliadas con base en suelo iraquí –y el apoyo de Washington– parecen haberse disipado. Carece del armamento pesado y el apoyo externo necesario para desafiar a las fuerzas militares convencionales de Irán o para tomar control de territorios importantes. Es poco probable que sea decisiva en el derrocamiento del régimen.