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El imperio atacó: la guerra en Oriente Medio

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El extraordinario desarrollo de la tecnología bélica ha vuelto muy compleja la guerra moderna —drones, satélites, GPS/BDS (chino), IA, radares, misiles hipersónicos, interceptores— y el control férreo de la información —bajo control norteamericano, europeo e israelí— hace muy difícil seguir los acontecimientos y entender sus alcances y consecuencias.

Pero las cosas se van aclarando; empecemos por lo básico. Estados Unidos e Israel lanzaron la guerra contra Irán en medio de negociaciones que, según el Reino de Omán, que mediaba, se desarrollaban auspiciosamente en Ginebra. El Mossad tenía información de que el ayatolá Alí Jamenéi y altos funcionarios habrían de reunirse para evaluar las negociaciones; con este dato y la ubicación filtrada por un traidor, cayeron los misiles para matarlos sin contemplación. Acá empezó la guerra. La diferencia es que ahora no podrá detenerse fácilmente, como ocurrió la del año pasado. A Irán le asiste el derecho a la defensa, debe vengar el asesinato de su principal líder religioso, y su sistema de inteligencia, así como su arsenal de misiles, fue mejorado ampliamente.

Los daños en vidas humanas y materiales son enormes y no es fácil cuantificarlos por la estricta censura militar. La principal novedad de esta guerra es que la contraofensiva iraní atacó las bases norteamericanas y europeas estacionadas en los países árabes, como Arabia Saudita, Catar, Kuwait y Baréin, y que llegó hasta Chipre: 27 bases en 8 países. Los bombardeos eliminaron la red de radares —como el de Catar, que tiene un costo de más de mil millones de dólares— y las bases militares construidas en los últimos 30 años. Con esta arremetida, el ejército norteamericano quedó ciego y lejos del teatro de operaciones —a unos mil kilómetros—, lo mismo que sus tres portaaviones.

Los daños irrecuperables empezaron con la muerte de más de 170 personas, en su mayoría niñas de una escuela iraní y miembros de la alta cúpula del gobierno, para luego escalar al bombardeo de infraestructura crítica como refinerías, puertos, aeropuertos y plantas desalinizadoras de agua. El efecto global de los bombardeos es que ha parado la producción y el comercio internacional del petróleo y el gas —Baréin incluido—, porque el cierre del estrecho de Ormuz, por donde cruza hasta el 20 % de la producción mundial de petróleo, es una de las claves de la estrategia bélica iraní. El resultado previsible es el aumento del precio del barril de petróleo, que rondaba los 100 dólares y llegó a los 120, repercutiendo en los precios de todos los combustibles y generando inflación por la extensión inmediata de los costos al transporte, la producción y el comercio en prácticamente todo el mundo.

La inestabilidad de las bolsas amainó algo cuando Trump dijo que la guerra «ya acababa» y que era «cuestión de días»; pero al llegar a las dos semanas del conflicto, volvemos al principio. En el estrecho de Ormuz, un par de tanqueros fueron hundidos al intentar cruzar, y solo atraviesan el estrecho los que transportan petróleo iraní con destino a China. Los efectos multiplicados de inestabilidad y riesgo han llegado a los fondos privados vinculados a BlackRock, que está limitando el retiro de fondos.

Frente a la crisis de abastecimiento y la incertidumbre, el Fondo Estratégico decidió liberar de las reservas estratégicas unos 400 millones de barriles, lo que alcanza para tranquilizar a las bolsas y frenar el alza del precio, pero solo por unas tres semanas. En medio de la crisis y el riesgo de la elevación de los precios del crudo, el gobierno de Trump ha «autorizado, por unos 30 días» que India compre petróleo a Rusia. La elevación del precio del crudo significa para Rusia embolsar algo más de 150 millones de dólares diarios adicionales.

En Europa, luego del maltrato norteamericano, la posibilidad de un único frente occidental «contra el mal» se quebró sin retorno. España, tras su viejo lema de «No a la guerra», impide al ejército norteamericano usar las bases de Rota y Sevilla. El primer ministro inglés ha dejado en claro que no cree en soluciones mágicas con líderes caídos del cielo y dejó a su país fuera del esquema militar de ataque. Lo mismo ocurrió con la primera ministra italiana que, aunque políticamente afín a Trump, ha declarado que Italia no es parte de la guerra. Solo Macron, el petit Napoléon, ha decidido, sin ser parte de la estrategia bélica norteamericana, mover un portaaviones con destino al golfo Pérsico.

Es difícil conocer los planes y razonamientos en las más altas cúpulas del poder mundial, porque sus secretos son guardados celosamente y son, en última instancia, una compleja contabilidad política, económica y militar. Sin embargo, es tal la gravedad de los acontecimientos que las filtraciones políticas, de inteligencia y aun militares nos están dejando conocer los entresijos y los errores de cálculo.

Lo primero que puede confirmarse, como dijo The Economist, es que estamos ante una «guerra sin estrategia». Estados Unidos e Israel atacaron porque vieron la oportunidad de descabezar al régimen y coronar la subversión que estuvieron alimentando desde hace unos meses. El Mossad y el gobierno de Israel, en lo suyo: la cacería humana, que llegó al extremo de hacer estallar celulares en la cara de las personas, y que sigue con la lista de los asesinatos políticos de Soleimani, Nasralá, etc. En el caso norteamericano, y sabiendo de su frivolidad y binarismo, los tentó el éxito del secuestro de Maduro en Venezuela y no alcanzaron a distinguir bien entre el mar Caribe y el Medio Oriente. Además, Trump no puede contradecir la línea sionista que financia la política en Estados Unidos y, por supuesto, un acontecimiento de semejante envergadura no es desdeñable para seguir huyendo del caso Epstein.

Lo segundo es que la violencia, la destrucción y el modelo Gaza de reducción a escombros cambiaron de bando. Después de tantas guerras a lo largo de 7 décadas, es la primera vez que la guerra, con toda su ferocidad y capacidad de destrucción, llega a Tel Aviv, Haifa, el aeropuerto de Ben Gurion, la sede del Mossad, el comando del ejército o al selecto barrio donde se asientan las principales empresas tecnológicas. Pero lo más grave es que Israel —en realidad un ejército con estado— ha sufrido la peor derrota militar y tecnológica respecto de su doctrina de invencibilidad. Los enjambres de drones y los misiles iraníes a Mach 15 —quince veces la velocidad del sonido— superaron al famoso Domo de Hierro, que protegía férreamente, y a todos los sistemas de defensa Patriot y Arrow norteamericanos, e incluso a su última joya tecnológica: los rayos láser. Y no se diga de la cacería humana, que también cambió de bando y que espera confirmación.

En menor proporción, pero de forma claramente aleccionadora, los países árabes —empezando por Arabia Saudita y el resto de los sultanatos— terminaron siendo parte de la crisis económica, política y de destrucción de infraestructura crítica, como es el caso de las refinerías, las bases militares norteamericanas e incluso las plantas desalinizadoras, sin las cuales las reservas de agua dulce no alcanzan para más de diez días. Sin contar que el estrecho de Ormuz es el canal por donde llega hasta el 90 % de los alimentos de los que se surten ciudades enormes y suntuosas.

En fin, una crisis y un nivel de destrucción que debe avergonzarnos a todos y que solo se entiende por las profundas crisis políticas y económicas de Estados Unidos y de Israel. Trump lleva varios reveses políticos hasta en estados históricamente republicanos como Texas, y tiene elecciones de medio término en noviembre que, si las pierde —como es previsible—, podrían poner en riesgo su mandato. En el caso del gobierno sionista de Netanyahu, es inocultable que sin guerra y destrucción árabe y genocidio palestino no puede sostenerse, ni justificar el proyecto colonialista, y tendría que encarar condenas penales.

Duele escribirlo, pero es la cruda realidad.

Salud.

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