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Cómo educar espíritu crítico con IA

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Los expertos aseguran que el reto pasa por integrar la IA (Inteligencia Artificial) en los centros educativos y formativos como un instrumento al servicio del aprendizaje, y no como un sustituto del esfuerzo intelectual de los alumnos ni del papel del profesorado.

Gonzalo Romero, responsable de Google for Education en Iberia, sostiene que «la tecnología no transformará la educación sin los profesores» porque la IA es «el asistente, pero los docentes son el núcleo del aprendizaje». En su opinión la conexión humana entre profesor y alumno no es negociable y las herramientas de IA deben «apoyarla y elevarla», no desplazarla. En su planteamiento, la tecnología solo tiene sentido cuando libera tiempo para que [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/emergente/estudiar-hoy-aprender-tiene-ningun-sentido_202506066842a0134c9357775b836667.html|||el profesorado pueda dedicarse «a lo que realmente importa, la enseñanza»]] y a acompañar mejor las trayectorias de cada estudiante.

La propuesta de Romero es un modelo en el que la IA se incorpora con funciones diferenciadas para docentes, estudiantes y familias. Para los profesores, explica, el objetivo es hacer el aprendizaje «más personal y accesible», aliviar parte de la carga rutinaria y facilitar una mejor atención a las necesidades concretas del aula. Para los alumnos, plantea un uso que se adapta «a las necesidades de cada persona, permitiéndoles seguir su curiosidad y alcanzar su máximo potencial», con la idea de que la IA no sea un generador automático de respuestas, sino una herramienta que ayuda a profundizar en los contenidos. En el caso de los padres y la comunidad educativa, la prioridad es una adopción «responsable y segura», que incluya medidas robustas de privacidad y recursos específicos para que las familias puedan acompañar a los menores en ese proceso.

Cambios y retos

Este responsable asegura que «mientras que otras herramientas nos dieron acceso a la información, la IA nos da el poder de comprenderla y hacerla personal», de forma que estamos pasando «de un consumo pasivo a un aprendizaje profundo y activo», apoyados en la ciencia del aprendizaje.

Sin embargo, otras voces reconocen que el mayor reto actual es «descubrir cómo enseñar y desarrollar el sentido crítico de nuestros alumnos para que colaboren de forma eficiente y productiva con la inteligencia artificial». Pablo Moreno, general manager de Tokio School, admite que la irrupción de estas herramientas ha sorprendido a la actual generación de estudiantes «en pleno proceso de aprendizaje» y la tentación de usarlas para resolver cualquier ejercicio es evidente. Recuerda que, en muchos casos, «es necesario ‘sufrir’ la resolución de un problema para comprender los fundamentos que subyacen».

Moreno observa además un desplazamiento del valor profesional en los perfiles tecnológicos. En su análisis, «el valor que aportarán a las empresas y a la sociedad ya no residirá únicamente en la técnica pura, pues esas tareas las asumen cada vez más las IA». Defiende por ello que el profesional del futuro será un perfil «más generalista, dotado de un profundo sentido crítico, estético y de negocio», en el que «habilidades estructurales como el diseño, la arquitectura de sistemas o la orientación al cliente» ganan peso frente a las habilidades duras tradicionales. En ese contexto, considera que «el sentido crítico es un pilar fundamental» y alerta de que, hoy por hoy, el uso mayoritario de la inteligencia artificial en el ámbito educativo no se orienta tanto a «aprender más» como a «esforzarse menos».

Desde una óptica centrada en la formación en competencias digitales, se propone un enfoque que va más allá de la simple incorporación de nuevas herramientas. Alberto Rivera Mérida, director de Tecnología e IA en thePower Education, sostiene que la IA no debería introducirse en las aulas como una aplicación más, sino como «un nuevo lenguaje cognitivo» que cambia «la forma en la que accedemos al conocimiento, lo analizamos y lo aplicamos». En el caso de los docentes, insiste en que la clave no es competir con los sistemas de IA, sino «aprender a orquestarla pedagógicamente» para diseñar materiales, generar ejemplos adaptados o simular debates que permitan trabajar contenidos complejos. El centro de esa estrategia pasa por enseñar a los estudiantes «a formular buenas preguntas, evaluar las respuestas y contrastar la información».

Para el alumnado, Rivera plantea que el objetivo no es delegar el pensamiento, sino ampliarlo. La IA se concibe como un copiloto con el que explorar ideas, generar hipótesis o practicar razonamiento, siempre acompañada de ejercicios de verificación y análisis crítico. También sitúa a los padres dentro de esa transición y los compara con etapas anteriores de alfabetización digital: igual que en su día se aprendió a educar en el uso responsable de internet o de las redes sociales, ahora ve necesario «acompañar a los jóvenes en el uso consciente de la IA, entendiendo sus límites, sesgos y riesgos».