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El necesario escepticismo

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La palabra escepticismo en nuestra lengua señala una actitud de crítica y cuestionamiento necesario para la contemplación y la comprensión del mundo: tanto a la hora de examinar la realidad o la veracidad de las cosas en la duda necesaria y razonable de los que filosofan. ¡Qué necesario es esto en tiempos de posverdad! Con tanta desinformación que nos atosiga desde todos los medios, digitales o analógicos, no está de más volver a la sana duda del escepticismo y su idea de serenidad e indiferencia. La palabra viene de una raíz griega (con verbos como «skopeo» y «skeptomai») que hace referencia a la mirada y la observación, y de la que viene el adjetivo «skeptikós» como aquel que examina, mira o vigía. Hay que recordar que el nombre griego de Denia, por ejemplo, según quiere la tradición, fuera Hemeroskopion, una suerte de atalaya del día…

Pues bien, a esa atalaya filosófica se dedicó una escuela que viene de la antigüedad y que se divide en varias etapas, desde sus precedentes en pensadores como Jenófanes o Sócrates a los escépticos propiamente dichos, ya de época helenística, en una tradición que se extiende hasta [[LINK:TAG|||tag|||633617df5c059a26e23f7e7d|||Roma]]. Estos pensadores nos ayudan aún hoy a tomar conciencia de la necesidad de dudar de la tradición, como en el caso de Jenófanes, o de las convenciones, como en el de Sócrates y sus muchos discípulos, incluido los rompedores cínicos. El escepticismo posterior también tiene su Sócrates, que es Pirrón de Élide, quizá es el más conocido de toda esta escuela. Su ideal de imperturbabilidad, que comparte con estoicos y epicúreos, en pos de la serenidad que libera, es precisado más bien como indiferencia («adiaphoría»).

Hubo este primer escepticismo antiguo, el primero y precursor, representado por la figura emblemática de Pirrón que, como la de Sócrates, tampoco escribió nada. Pero tuvo su fiel discípulo Timón de Fliunte, un filósofo que sí que escribió, en concreto numerosas obras satíricas («silloi»), y que encumbró a su maestro. Y habrá luego un estoicismo medio o académico, que está representado por pensadores como Arcesilao y Carneades, que dejaron honda huella en Roma, y que eran procedentes de la deriva escéptica de la Academia platónica. Por último, mencionaremos un escepticismo tardío, representado ya en época romana por el pensador Sexto Empírico, que se convierte en una suerte de recopilador de las doctrinas de esta larga corriente en el llamado escepticismo pirrónico.

Ni que decir tiene que esta escuela no encontrará nada de apoyo en el establishment grecorromano, porque siempre ponía el dedo en la llaga en cuanto a la burla de otros filósofos, de las convenciones sociales y políticas y de la vida de sus conciudadanos. Diógenes Laercio, en sus «Vidas y opiniones de filósofos ilustres», dedicó parte del libro noveno a Pirrón y su escuela. Las anécdotas que refiere, como siempre, son muy entretenidas y nos hacen ver lo difícil que era tratar a este personaje, que empieza a tener fama de extraño y misántropo por sus paseos en soledad y por el desconcierto de sus actitudes. Es célebre la anécdota que cuenta que Pirrón no socorrió a su maestro una vez que se había caído en una zanja, pues predicaba la indiferencia a la información que entra por los sentidos. Estaba a su vez este Pirrón siempre a punto de tener accidentes porque no se prevenía de nada y siempre le salvaban del desastre en último extremo sus discípulos.

El cronista cristiano Eusebio de Cesarea transmite lo siguiente sobre su doctrina: «[Pirrón] declaraba que las cosas eran igualmente indiscernibles, inmensurables e indeterminables. Por esta razón, ni nuestras sensaciones ni opiniones son verdaderas o mienten. Por tanto, no debemos poner nuestra confianza en ellas, sino presentarnos ante ellas sin opiniones, sin prejuicios, de modo impasible, diciendo acerca de cada una, que no más es que no es o bien que es y no es, o bien ni es ni no es» (a Eusebio, en su «Praeparatio Evangelica», le interesaba la crítica escéptica de la filosofía dogmática griega para desacreditar el paganismo en su conjunto).

Cada época, en fin, también la nuestra, necesita una buena dosis de distancia y escepticismo. Sobre la necesidad de su estudio como una filosofía para tiempos de crisis y que nos proporciona la plena atención en un mundo de tantas distracciones nos viene a ilustrar ahora un excelente libro que acaba de aparecer: «Escépticos» de Ignacio Pajón Leyra (Alianza) a la sazón gran especialista en filosofía helenística. Al hilo de este libro habría que indagar algo más en esta escuela.