Sánchez vive mejor contra Trump
Nicolás Maquiavelo (1469-1527), quién si no, ya explicó que «se hace la guerra cuando se quiere, pero se termina cuando se puede». Donald Trump, que sí sabe quién fue el florentino, lo haya leído poco o nada, imaginó una guerra corta contra el Irán de los ayatolás sanguinarios y su régimen corrupto.
«Que ese sea el resultado es otra cuestión», escribe Martin Wolf en el Financial Times. «¡Estados Unidos –añade– tampoco pretendía librar una guerra de 20 años en Afganistán que perdió de forma tan humillante!».
El día después de la desaparición del tirano teócrata Alí Jamenei y su círculo más cercano, el horizonte no está ni mucho menos despejado. En primer lugar, «a Trump le importa un bledo la democracia en Irán», apunta también Wolf y es posible que todo desemboque en un cierto caos.
Por otra parte, las implicaciones económicas «dependerán tanto de la duración y magnitud que alcance el conflicto, sobre todo si se produce una conflagración regional con la entrada en la guerra de algún país del Golfo Pérsico, como de la disrupción que ocasiona el suministro de petróleo, gas natural y otros insumos críticos, entre ellos productos derivados, fertilizantes o aluminio», precisa un informe de coyuntura de Alicia Coronil, economista jefe de Singular Bank.
La gran incógnita y el gran temor, también geoestratégico y geoeconómico, es cuánto durará una crisis que tiene en vilo al mundo.
Pedro Sánchez, al mismo tiempo, vive días de esperanza, con momentos –para él y los suyos– de gloria como el jueves pasado. Ese día, el diario Financial Times titulaba en su portada «How Sánchez become Trump’s nemesis in Europe» («Cómo Sánchez se convirtió en la némesis de Donald Trump en Europa») y añadía que el inquilino de La Moncloa, «el líder socialista de mayor rango en la Unión Europea y que está a la izquierda de su homólogo británico, Keir Starmer, es el único que se enfrenta al presidente norteamericano».
El problema, como también apunta el rotativo británico, es si «el líder español, un pacifista declarado, ha llevado las cosas demasiado lejos», en un momento en el que los analistas se «preguntan si está a punto de sentir la ira de Trump».
Si al inquilino de la Casa Blanca «le importa un bledo la democracia en Irán», al presidente español «le importa un bledo» todo lo que no sea conservar el poder y está convencido de que el conflicto de Irán es ahora su gran baza. Ha recuperado el lema «no a la guerra», que tantos réditos le dio a Zapatero contra Aznar y Rajoy, pero todo ha cambiado mucho desde entonces.
La postura de Sánchez, que quizá sueña con ser visto como el Fidel Castro europeo del siglo XXI, como ha escrito Agustín Valladolid en Vozpópuli, no es inocua. Trump ha amenazado con «cortar las relaciones comerciales con España», algo impensable y que ha generado algunas solidaridades europeas, al menos de boquilla, con el argumento de que es un país de la Unión Europea y supondría, en teoría, romper relaciones comerciales con todos los países miembros.
«El comercio es vuestra última trinchera. Debéis defenderla o morir», decía William Pitt el Viejo (1708-1778), primer ministro británico en tiempos de Jorge III (1738-1820).
Trump no romperá las relaciones comerciales de Estados Unidos con España, pero sí puede –y prever sus reacciones es como jugar a la lotería– poner palos en las ruedas. Por ejemplo, el grupo Santander, que preside Ana Botín, está ahora pendiente del visto bueno de hasta cuatro autoridades regulatorias norteamericanas para rematar la compra del banco Webster.
El lunes pasado, David Zapolsky, vicepresidente de Asuntos Legales de Amazon, anunció en el Mobile World Congress, en Barcelona, que la compañía aumentaría en 18.000 millones de euros la inversión que tiene prevista en España, hasta un total que rondaría los 35.000 millones.
La mayor parte iría a los grandes centros de datos que Amazon ha empezado a desarrollar en Aragón, la comunidad en la que el gobierno del popular Jorge Azcón le ha ofrecido facilidades fiscales que, junto con la situación estratégica entre Madrid y Barcelona, son clave para el proyecto.
Por otra parte, la dependencia energética española con Estados Unidos es notable porque es el proveedor de nada menos que el 45% del gas natural licuado que importa España y del 15% del petróleo.
Además, hay compañías como la aceitera Dcoop, Ebro, Protos o Almirall para las que el mercado USA es fundamental. El presidente americano no romperá relaciones comerciales con España, pero puede poner algunas cosas muy difíciles, y Sánchez, en su «guerra con Trump», debería recordar que una guerra se termina cuando se puede, como precisaba Maquiavelo.
