ru24.pro
World News in Spanish
Март
2026
1 2 3 4 5 6 7 8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31

Johan Norberg: «Da la impresión de que España no quiere incomodar a nadie»

0

Johan Norberg es un historiador y ensayista sueco. En su última obra, Momentos cumbres de la humanidad (Deusto), presentada en la Fundación Rafael del Pino, explora siete civilizaciones históricas que, en su época, encarnaron auténticas «edades de oro»: periodos de gran desarrollo cultural, científico, tecnológico y económico. Norberg analiza qué las hizo prosperar y cuáles fueron las causas de su declive.

A la luz del reciente ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, ¿qué condiciones históricas determinan si una escalada de tensión acaba siendo un punto de inflexión positivo o un retroceso?

Es una cuestión muy compleja. Es cierto que muchas "edades de oro" comienzan después de una defensa exitosa frente a un invasor o tras una guerra cuyo resultado se percibe como victorioso. Pero también es verdad que muchísimas tragedias históricas han empezado después de guerras.

En gran medida, todo depende de cómo interpreta la victoria quien gana. Si el vencedor cree que ha triunfado gracias a la apertura, la innovación, la libertad y el Estado de derecho, entonces es probable que profundice en esos valores. En cambio, si la victoria se interpreta como el resultado del poder bruto, de la fuerza y de la autoridad sin límites, el camino que se abre suele ser mucho más peligroso.

La "edad de oro" contemporánea se ha desarrollado bajo una interpretación internacional basada en la primacía de la ley y en la idea de que los conflictos deben resolverse mediante negociación, no en el campo de batalla. Ese marco ha permitido que muchas potencias pequeñas y medianas prosperen.

Si ahora se impone la sensación de que ese sistema se está descomponiendo y de que solo los más fuertes dictan las reglas, entonces nos encaminamos hacia un mundo más inestable, más arriesgado y más dominado por la amenaza.

Entonces, ¿cree que había una alternativa mejor a la intervención en Irán por parte de Estados Unidos e Israel? ¿O no quedaba otra salida frente a un régimen autoritario con más de cuarenta años en el poder?

La realidad es que sí existía un acuerdo. Durante la presidencia de Barack Obama se impulsó un pacto para limitar las ambiciones nucleares de Irán. Si ese acuerdo hubiera prosperado, es posible —aunque nunca lo sabremos— que Irán se hubiera moderado con el tiempo.

Eso no ocurrió, porque la administración de Donald Trump dio por terminado ese proceso. A partir de ahí, las opciones se fueron cerrando.

La gran pregunta ahora no es tanto qué se podría haber hecho antes, sino qué va a ocurrir en Irán a partir de ahora. ¿Existe la posibilidad de un cambio democrático real en la región? Si así fuera, Irán —una civilización con una cultura extraordinaria— podría aspirar incluso a una nueva edad de oro si se eliminaran los frenos actuales.

Pero la historia nos enseña que las guerras son profundamente impredecibles. El desenlace podría ser una transición positiva, pero también podría derivar en caos, fragmentación territorial o incluso en un régimen aún más autoritario. Simplemente, no lo sabemos.

¿Ve paralelismos históricos que ayuden a entender el momento actual en Oriente Medio, por ejemplo si lo comparamos con la Guerra Fría o con las Guerras Mundiales?

Curiosamente, el paralelismo más claro quizá no sea con el siglo XX, sino con Europa entre los siglos XV y XVII.

En aquella época, el continente estaba marcado por rivalidades entre potencias autoritarias, conflictos religiosos y luchas por imponer distintas visiones del mundo. Todo ello desembocó en un periodo de caos y violencia que culminó en la Guerra de los Treinta Años, un conflicto devastador que estuvo a punto de destruir Europa.

Ese escenario no resulta prometedor. Sin embargo, lo interesante es lo que vino después. En algunas regiones comenzaron a abrirse espacios de mayor libertad religiosa y se reforzaron sistemas basados en la ley. Poco a poco, surgió la idea de que ese era un camino mejor.

La Ilustración fue, en gran medida, una reacción a décadas de guerras, represión religiosa y fanatismo: una respuesta intelectual y política a ese fracaso histórico. Y ese es quizá el mayor paralelismo que podemos extraer hoy.

En su libro argumenta que el progreso humano es real, pero frágil. Este tipo de confrontaciones entre potencias y actores regionales, ¿revelan más la fortaleza del orden internacional actual o su vulnerabilidad?

Estamos en un momento de peligro real, porque las alianzas tradicionales, las reglas tradicionales y las instituciones multilaterales —que nunca fueron perfectas, pero que al menos mantuvieron la paz entre las grandes potencias durante mucho tiempo— se están desmoronando.

En parte, esto ocurre porque crece el poder de actores regionales, desde Oriente Medio hasta China, y cada vez resulta más difícil sostener un sistema basado en una visión compartida. Pero también sucede porque Estados Unidos parece cansado de ser el principal defensor del orden internacional basado en reglas.

Y, como europeo, creo que esto implica algo evidente: tenemos que asumir una parte mayor de la carga. Somos responsables de estas instituciones, de nuestra propia defensa y del sistema en su conjunto. Ese es el gran asunto del momento.

Parece que Europa está despertando de su letargo y asume que EE. UU. no estará siempre ahí para "salvarla". Pero ¿qué le parecen posiciones como las del Gobierno de España, a veces calificadas de "wokistas"?

Deberíamos ser muy buenos amigos de Estados Unidos, pero no depender de él. Ser aliados estrechos, sí, pero sin dependencia, porque no sabemos hasta qué punto Estados Unidos seguirá dispuesto a asumir ese papel en el futuro.

En cuanto a la posición de España —y esto vale también para otros países, pero España en particular—, a veces da la impresión de que predomina una actitud de buenismo: querer ser amigo de todo el mundo y no incomodar a nadie.

España, sin embargo, está en una posición singular, porque podría liderar al mundo hispanohablante. Para hacerlo, debería defender con claridad valores liberales clásicos: democracia, derechos humanos y economía de mercado. Y, sinceramente, creo que España no los ha defendido de forma consistente en el ámbito internacional.

Si uno toma esos valores en serio, debe condenar las dictaduras —la de Venezuela, la de Cuba, la de Irán— y apoyar a quienes luchan contra la opresión.

España necesita hacer un examen de conciencia: preguntarse de dónde surgen sus valores y decidir si está dispuesta a defenderlos globalmente, en lugar de limitarse a invocar soluciones de paz abstractas frente a regímenes que no respetan reglas básicas de convivencia internacional.

Desde una perspectiva histórica, ¿qué riesgos éticos existen cuando países o superpotencias justifican acciones preventivas en nombre de la estabilidad global?

El sistema internacional y el orden basado en reglas no son perfectos. Las grandes potencias siempre utilizarán su poder pensando, en primer lugar, en lo que más les conviene. Eso es inevitable.

Ahora bien, si ese uso del poder se vuelve sistemático y se justifica solo con cálculos propios, sin una base clara de valores compartidos, el sistema se vuelve mucho más inestable. En cambio, cuando las acciones se apoyan en principios reconocibles, es más probable que otros países las respalden y que se puedan construir alianzas duraderas. Esto fue fundamental, por ejemplo, para la Alianza Occidental, pese a las diferencias internas.

El problema con la administración estadounidense actual es que, a veces, presenta argumentos extraños para justificar intervenciones. No se apela a valores ni a amenazas claras, como la proliferación nuclear, sino a razones como el acceso a petróleo o minerales. Incluso se ha llegado a plantear por qué intervenir en Groenlandia o por qué presionar —o atacar— a aliados dentro de la OTAN para obtener beneficios.

En ese contexto, el sistema internacional pierde previsibilidad: ya no sabemos qué esperar. Por eso, desde Europa, debemos empezar a pensar seriamente en depender cada vez menos de una sola potencia, aunque esto vale también para otras grandes potencias.

Porque otros pueden jugar a lo mismo: Rusia o China, por ejemplo, podrían justificar acciones diciendo que países vecinos los amenazan. Y eso incrementa el riesgo global.

Si dentro de 50 años un historiador analizara este episodio, ¿qué factores determinarán si será recordado como un punto de inflexión histórico o como una crisis más en una era de tensiones recurrentes?

Harían falta esos cincuenta años de distancia para responder con plena certeza. Pero, en realidad, mucho depende de lo que hagamos ahora. Nada está garantizado; nada es inamovible. Todo dependerá de cómo reaccionemos ante las crisis.

Existe la posibilidad de que, dentro de cincuenta años, podamos decir que este fue el momento en que Europa entendió que la era posterior a la Segunda Guerra Mundial había terminado. Durante décadas confiamos en Estados Unidos para nuestra defensa. Esa etapa se está acabando, y Europa empieza a asumir esa responsabilidad.

Pero esto dependerá en gran medida de factores económicos. La fortaleza militar, muchas veces, descansa sobre la salud económica. Europa necesita liberalizar su economía, profundizar su mercado interno y fortalecer acuerdos comerciales con el resto del mundo.

Europa tiene un potencial extraordinario, pero nos hemos acomodado. Estamos ante una crisis existencial, y quizá sea precisamente esta crisis la que nos obligue a despertarnos y actuar.

Irán y los iraníes son clave para entender lo que está en juego. Los persas constituyen una civilización antigua, riquísima y sofisticada. Los iraníes, allí donde van fuera de Irán, suelen destacar y tener éxito; es dentro del propio país donde ese potencial está más limitado.

No sabemos qué sucederá. Si el desenlace de esta guerra condujera a una democratización, estaríamos hablando de un país con un potencial enorme: demografía sólida, posición estratégica crucial y capacidad de convertirse en un líder regional con una economía floreciente. En ese caso, incluso podríamos hablar de una nueva edad de oro.

Dicho esto, la historia también nos enseña que las guerras tienen resultados impredecibles. El desenlace podría ser igualmente caótico: descomposición del país o aparición de un nuevo régimen autoritario.

Por eso escribir sobre el pasado es más seguro. Hablar del futuro siempre implica un riesgo, porque la historia rara vez sigue un guion previsible.

¿Cuándo cree que acabará el conflicto entre Rusia y Ucrania?

Es muy difícil saberlo. Creo que ni Rusia ni Ucrania pueden sostener una guerra prolongada indefinidamente: Ucrania porque agota población y recursos; Rusia porque su economía está sometida a una presión creciente y a un deterioro profundo.

Me encantaría que Ucrania lograra una victoria clara en el campo de batalla, pero, siendo racionales, lo más probable es que el conflicto termine en una congelación de los frentes, más o menos donde están ahora.

No se reconocería formalmente la ocupación rusa del este, pero se establecería un orden de facto, similar al que existió entre Alemania Oriental y Occidental durante la Guerra Fría.

En ese escenario, Ucrania —con el apoyo de Europa— se centraría en hacer prosperar su parte occidental: consolidar una democracia fuerte, una economía sólida y una defensa creíble. Mientras tanto, la zona bajo control ruso probablemente se iría deteriorando.

Y quién sabe: quizá dentro de unas décadas ese desequilibrio haga insostenible la división. Puede que, como ocurrió con el Muro de Berlín, llegue un momento en que la separación caiga y se produzca una reunificación. Pero eso, si ocurre, será a muy largo plazo.

En su trabajo hay una pregunta central: ¿qué factor económico se repite con más fuerza en las civilizaciones que alcanzaron una prosperidad extraordinaria?

Hay dos factores fundamentales. El primero es la capacidad de imitar en el mejor sentido: aprender de lo que otros hicieron antes. Mantener la mente abierta a ideas externas, al comercio, a la comunicación y al aprendizaje. Adoptar la mejor tecnología y la mejor idea vengan de donde vengan. Eso implica apertura y comercio.

El segundo factor es igual de importante: no solo imitar, sino innovar. Para innovar hay que abrir la sociedad y permitir que los excéntricos, los inconformistas, incluso los "locos", desarrollen ideas nuevas. La historia muestra que muchas ideas aparentemente extrañas acabaron siendo transformadoras.

Como han señalado varios premios Nobel de Economía, la innovación suele ser una rebelión contra los intereses establecidos. Las grandes edades de oro se producen cuando esos intereses se debilitan, cuando se deja de hacer "lo de siempre" y se permite experimentar.

Así se crea espacio para startups, innovación y creadores disruptivos. Así aparecieron la imprenta, nuevas formas de construir barcos o de organizar el comercio. Y eso es lo que debemos hacer hoy: no acomodarnos y mantener la mente abierta a sectores como la robótica o la inteligencia artificial.

Cuando habla de "excéntricos locos", ¿estaba pensando en Elon Musk?

Sí, exactamente. Ese es el tipo de "loco" que necesitamos.

Europa necesita más figuras como Elon Musk. No digo que en política, sino en tecnología y negocios: personas que entienden cómo construir empresas que innovan de manera constante y aprenden continuamente.

Aprender muchas veces implica fracasar. ¿Cómo se convierte alguien en el primer empresario privado capaz de lanzar cohetes al espacio? Destruyendo muchos cohetes, fallando repetidamente. Hablé con él hace poco y me dijo que, si los cohetes no explotan de vez en cuando, es que no se ha intentado con suficiente ambición.

Europa necesita esa mentalidad. No podemos sobrevivir con un sistema regulatorio que pretenda preverlo todo, ni con la idea de evitar cualquier error. Los errores son esenciales para aprender y avanzar.

¿Vivimos hoy una edad de oro económica comparable a las que analiza en el libro?

Si la pregunta es si nuestra forma de vida actual se puede comparar con grandes épocas de prosperidad del pasado, yo diría que sí, claramente, aunque no siempre lo percibamos.

Es comprensible que no tengamos esa sensación, porque el mundo parece un desastre permanente. Pero si observamos cómo vivimos, este es el mejor momento de la historia para estar vivos.

Basta mirar ingresos, reducción de la pobreza, aumento de esperanza de vida o caída de mortalidad infantil. Nuestros antepasados, en cualquiera de aquellas épocas, lo verían claro: habrían querido vivir así.

Y esa es una lección importante: este progreso no viene de un mundo estable. Al contrario: guerra tras guerra, pandemia tras pandemia, crisis tras crisis. Incluso los últimos veinticinco años han sido duros.

Y, aun así, han sido los mejores de la historia en comparación con cualquier periodo anterior. ¿Por qué? Por innovadores, empresarios, trabajadores y familias que cada día buscan adaptarse, mejorar e innovar pese a todo.

La utopía no existe, por supuesto. Pero sí necesitamos espacio y libertad para adaptarnos a los problemas e innovar alrededor de ellos. Ahí nace el progreso.

Ha mencionado la inteligencia artificial. ¿Debemos temerla porque destruirá muchos empleos? ¿Cómo cambiará el orden económico y el mercado laboral?

Creo que debemos estar preocupados por la pérdida de algunos empleos y por cambios profundos en la economía y en nuestra forma de vida. Pero también debemos mantener la esperanza: solo desde la esperanza podemos asegurarnos de utilizar bien esta tecnología.

En cierto modo, ya tenemos un pequeño robot muy inteligente: el teléfono móvil. Nos ayuda a resolver infinidad de problemas. A veces "alucina", se equivoca o es demasiado creativo, pero aun así es extraordinario.

El problema es que los malos también tendrán ese mismo ayudante: una herramienta para mentir mejor, engañar, robar, hackear o desinformar. Esa es una preocupación real.

Probablemente la última solución será que nuestros propios "robots amigos" nos ayuden a defendernos de los malos y de los robots que ellos utilicen. Esa carrera —entre usos constructivos y destructivos— es uno de los grandes retos de nuestro tiempo.

Muchas de las civilizaciones que describe florecieron gracias al comercio. ¿El giro hacia el proteccionismo pone en riesgo el crecimiento global?

Sí, sin duda. Incluso los países más proteccionistas, como Estados Unidos, reconocen que, en muchos casos, se están haciendo daño a sí mismos.

Los fabricantes de automóviles o las constructoras pagan más por materias primas y, a largo plazo, quedan menos expuestos a ideas y tecnologías que surgen de la competencia. El proteccionismo es una amenaza real.

Dicho esto, hay algo interesante: no hemos visto una gran oleada de represalias proteccionistas por parte de Europa ni del resto del mundo. Eso me hace pensar que hemos aprendido algo de la historia: una gran guerra comercial sería desastrosa para todos.

Por eso vemos movimientos como Mercosur, o grandes economías como India o Brasil —que durante años fueron más ambivalentes— firmando acuerdos comerciales importantes. Creo que todavía es demasiado pronto para rendirse con el comercio internacional.

En España el acuerdo UE–Mercosur ha generado preocupación, especialmente entre agricultores y ganaderos. Temen la entrada de carne argentina u otros productos, y sostienen que puede perjudicar al sector. ¿Qué les diría?

Diría dos cosas.

Primero: hace unos 250 años, Adam Smith publicó La riqueza de las naciones, una obra fundacional de la economía moderna. Allí señala algo esencial: no es la producción lo que importa, sino el consumo. Si podemos obtener algo mejor y más barato de otra parte del mundo, lo lógico es comprarlo y dedicar nuestro capital y nuestro trabajo a actividades donde seamos más competitivos.

Por eso, personalmente, no temo a la carne argentina. Me parece excelente y, además, creo que es positivo que existan relaciones comerciales así.

Segundo: si nos cerramos al comercio para "proteger" la agricultura tradicional, corremos el riesgo de dejar de mejorar tecnologías, métodos y productividad. En cambio, mantenernos abiertos nos obliga a innovar, perfeccionar prácticas y, en muchos casos, convertirnos en exportadores.

La solución no es levantar muros para frenar la competencia, sino adaptarnos, mejorar y competir mejor en un mercado global.

¿Cree que la IA puede marcar un nuevo momento cumbre para la economía mundial?

La inteligencia artificial podría, sin duda, impulsar un nuevo momento cumbre. En las edades de oro, lo decisivo suele ser la capacidad de combinar ideas y métodos antiguos de forma innovadora, creando nuevos modelos de negocio y tecnologías más productivas.

Eso es difícil de lograr, pero la IA puede ayudar: permite procesar enormes cantidades de datos para descubrir caminos que antes no veíamos.

Ya lo vemos en el desarrollo de fármacos, en soluciones médicas más rápidas o en el descubrimiento de materiales para tecnología verde.

La gran pregunta es si nuestras economías serán lo bastante flexibles como para ayudar a las personas a adaptarse y a integrar estas tecnologías donde aporten más valor. El reto no es sustituir, sino combinar talento humano e inteligencia artificial para producir más y mejor.

Históricamente, ¿qué señales económicas anuncian que una sociedad próspera empieza a entrar en declive?

A menudo ocurre cuando nos acomodamos y damos las cosas por sentadas. Pensamos: "somos ricos; lo importante es no perder esta riqueza". Poco a poco dejamos de emocionarnos con nuevas tecnologías y oportunidades. Nos volvemos más temerosos.

Tucídides habló de dos mentalidades opuestas: la mentalidad ateniense, que se lanza al mundo, asume riesgos y genera riqueza; y la espartana, que se cierra y se centra en proteger lo que ya tiene.

Cuando una sociedad pasa de ser "ateniense" a ser "espartana", suele ser una señal de declive: deja de buscar nuevos métodos, actividades y negocios. Ese abandono de la innovación es uno de los síntomas más claros de decadencia.

Si tuviera que señalar un solo error económico que hoy estamos repitiendo respecto a civilizaciones del pasado, ¿cuál sería?

Hay muchos, pero si tengo que elegir uno: la tentación de vivir por encima de nuestras posibilidades, gastar más de lo que podemos permitirnos.

Es algo muy humano. Queremos consumir más, pero no siempre producir al mismo ritmo. Históricamente esto ha llevado a lo de siempre: degradar monedas, imprimir demasiado dinero o endeudarse hasta niveles imposibles de devolver.

Y lo repetimos una y otra vez. Devaluamos, acumulamos deuda y nos volvemos vulnerables. Así se pierde la fuerza económica, y a menudo se pierde muy rápido.

¿Qué deberíamos hacer para que este momento de prosperidad no sea recordado como una oportunidad perdida?

No os asustéis. Si os asustáis, olvidaréis que contáis con instituciones que os fortalecen y os permiten crecer.