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Irán eligió un mal día para ganarse enemigos

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La guerra es un juego de amigos y enemigos. Los primeros pueden ayudarte a ganarla. Los segundos harán que la pierdas. Por eso es aconsejable acumular el máximo posible de los primeros, ya sean aliados estratégicos o circunstanciales, interesados o entregados a la causa, y evitar coleccionar los segundos. Es decir, justo lo contrario que ha hecho Irán desde que el sábado un ataque combinado de EE UU e Israel acabara de un plumazo con su líder y con parte de su músculo militar y nuclear.

Los primeros movimientos de esta guerra han colocado a la república islámica en una delicada situación: sin amigos en quien apoyarse y con una legión de enemigos ganados a pulso y dispuestos a lanzarse sobre su cuello, Irán va camino de convertirse en un paria de 90 millones de habitantes cuya caída esperan con impaciencia sus vecinos en la región. Ciertamente, la estrategia desplegada desde el sábado por los sucesores de Ali Jamenei (y seguramente diseñada por este) solo tiene tres explicaciones posibles: o la Guardia Revolucionaria tiene un as en la manga, o el régimen está ejecutando su propio suicidio o ha cometido el garrafal error de enfadar a todos sus enemigos al mismo tiempo. Como parece que lo primero es bastante improbable y lo segundo radicalmente imposible, la respuesta correcta puede ser la tercera: Irán se ha dado un tiro en el pie con una táctica militar y diplomática que es el camino más corto hacia su autodestrucción.

Antes de empezar la partida, Teherán tenía claro quiénes eran sus «enemigos íntimos», no solo Israel y Estados Unidos, sino especialmente Arabia Saudí, el otro gallito en el corral de Oriente Medio. Con la petromonarquía comparte religión, ya que ambos son musulmanes (aunque Teherán es chií y Riad sunita, una diferencia no menor). Pero no tiene en común la raza, ya que los iraníes son persas, no árabes. Los dos países tienen las mismas aspiraciones en la región: controlar el mercado del petróleo, manejar los hilos del resto de países y arrogarse el papel de contrapeso de Israel. Y uno de los dos sobra en lo más alto del podio. Son enemigos naturales e inevitables, lo que hace que Arabia Saudí sea el primer interesado en la debilitación de su histórico rival.

Hasta aquí, por tanto, resulta relativamente comprensible que los herederos de Jamenei hayan decidido atacar bases de Estados Unidos en este país para derribar dos pájaros de un tiro: al odiado Trump y al arrogante Bin Salman. Lo que resulta más osado es que, en el mismo viaje, lancen misiles sobre otros países de la región: Omán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Baréin e Irak. El resultado, por supuesto, ha sido el de ganarse un puñado de nuevos enemigos que ya tienen el «casus belli» para acabar son su rival. A la lista se unió el jueves Azerbaiyán, además de un confuso incidente en Turquía.

No contento con eso, Irán ha decidido también atacar a un país de la UE, Chipre, con el bombardeo de la base británica en la isla, lo que ha movilizado a fuerzas de Francia, España, Italia y Grecia. Enfadar a Reino Unido, provocar a la UE y lanzar a otras potencias el mensaje de que nadie está a salvo no parece muy aconsejable si, como le dijo Trump al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, no se tienen cartas ganadoras. De momento, Macron ya ha abierto su paraguas nuclear para guarecer a sus socios.

De Maduro a Jamenei

Frente a esta colección de enemigos ganados apenas en el primer suspiro de la guerra (EE UU, Israel, Gran Bretaña, Francia y los países árabes de la región), las autoridades de la República Islámica podrían esperar contar con sus dos amigos tradicionales, los más temidos por Occidente con el permiso de Corea del Norte. Por un lado, Rusia. Por el otro, China. Pero si esta es la baza ganadora con la que juega Teherán, parece también claro que no tiene cartas ganadoras. Ni Moscú ni Pekín derramaron una lágrima por el gran amigo Nicolás Maduro cuando Trump lo extrajo con alevosía y nocturnidad de Caracas, y no parece que ahora lo vayan a hacer por Ali Jamenei. Irán va camino de convertirse para el ruso Vladimir Putin y el chino Xi Jinping en «ese país del que usted me habla».

Al Kremlin, Irán le ha sido útil mientras le ha servido como el monstruo con el que amenazar a Occidente, y por eso le ha atiborrado de misiles y tecnología nuclear. Pero una vez que está cautivo y desarmado no tiene ninguna motivación para enfrentarse a Trump. Todo lo que sea no enfadar al presidente de EE UU son puntos que gana en su callada operación, metro a metro, en Ucrania, su única prioridad. Y el caso de China es parecido. Pekín tiene mucho que perder si se enfrenta a la Casa Blanca, ya que su verdadera batalla está en el sudeste asiático y en Taiwán. Sin amigos a los que recurrir, a Irán solo le queda resistir. Y a sus enemigos, sacar las palomitas y esperar su derrota.