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Memorias del preso A2923EV: así pasó Boris Becker sus ocho meses y 5 días en la cárcel

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«¿Quién se lleva loción para después del afeitado a la cárcel salvo un hombre que no tiene ni idea de dónde va?», se pregunta Boris Becker. Fue uno de los objetos que le confiscaron antes de entrar en la prisión de Wandsworth, tras ser condenado por un delito financiero. Efectivamente, él no tenía ni idea de dónde iba, y tuvo que aprenderlo día a día. Igual que aprendió los códigos de una pista de tenis, cómo meterse al público en el bolsillo, cómo tratar de poner nervioso al rival, cuándo ir al ataque o cuándo era mejor jugar un cortado, en la cárcel tuvo que intuir con quién hablar, qué decir, qué presos le podían ayudar y a cuáles mejor ni acercarse, cómo un funcionario puede hacerte la vida imposible o cómo buscarle las vueltas para conseguir trabajar dando clases de matemáticas o en el gimnasio para sacar un dinero que pueda servir para hacer una llamada de teléfono más. Y no sólo tuvo que aprenderlo una vez, ya que después de Wandsworth fue trasladado a Huntercombe, otra prisión, una vuelta a empezar. En total, estuvo encarcelado 8 meses y 5 días (de la condena inicial de más de dos años), que describe en el libro «Boris Becker, Inside» (Libros Cúpula).

Como si de una novela o de una película carcelaria se tratara (con la diferencia de que, obviamente, pasó de verdad), Becker recuerda cómo las primeras noches no podía pegar ojo porque escuchaba gritos en la oscuridad, de otras celdas, no sabía de dónde. Transcurrido un tiempo ahí seguían, pero ya era como si dejara de oírlos, se habían convertido en parte de su vida. Becker pasó de ducharse en hoteles de lujo a tener que hacerlo con chanclas e intentando elegir bien la compañía. Pasó de entrenar en los mejores lugares a tener que hacer pesas con libros y dar vueltas a una celda de pocos metros para mantenerse activo; pasó de celebraciones multitudinarias y millonarias a cumplir los 55 entre rejas, aunque en prisión recibió tres tartas, hechas por otros presos, que le emocionaron más que el mejor champán.

Allí no importaba Wimbledon, sólo era "el alemán"

En Wandsworth primero y después en Huntercombe, sólo era el preso A2923EV, poco importaba lo que hubiera hecho antes, que con 17 años en 1985 se convirtiera en el ganador más joven de Wimbledon, en la nueva estrella de la raqueta. Allí era simplemente «el alemán». No importaba lo que hubiera hecho él o nadie, en un lugar en el que no juzgar es una de las primeras lecciones que se aprende: todos estaban ahí y punto. También hay espacio para sus recuerdos tenísticos, para el momento en el que en 1992 dejó de ser el favorito del All England Club, porque apareció André Agassi, el joven e irreverente, la «estrella del rock» que puso a los aficionados londinenses de su parte.

 

El estadounidense en su libro, el reconocido «Open», dice que sabía dónde iba a servir Becker por el lugar al que el alemán señalaba al sacar la lengua antes de golpear la bola. «Lleva el espectáculo en las venas. Ha nacido en Las Vegas. Esa historia es genial. Hace reír a la gente. Vende libros, pero seamos realistas, no puedes ver la lengua de tu rival a no ser que lleves prismáticos. Y eso sin contar la velocidad […] Hasta el instante en el que iba a golpear, ni yo sabía dónde iba a ir», afirma Boris, que cuenta los relatos tenísticos del pasado como «ensoñaciones en la celda».

3,5 kilómetros entre el cielo y el infierno

El tenis siempre está presente a lo largo del libro. «¿Estaría en la cárcel si no hubiera ganado Wimbledon en 1985?». Es el momento en el que todo cambió en su vida. En prisión ve la final de Wimbledon 2022 entre Djokovic y Kyrgios, y llora cuando el serbio se impone. El resto de presos le felicitan. De los 24 Grand Slams que ha conquistado Nole, seis fueron con Becker al lado. Por cierto, Wandsworth, la primera cárcel en la que estuvo, se encuentra a unos 3,5 kilómetros de Wimbledon. El cielo y el infierno, tan cerca.

¿Para qué sirve ir a prisión?

La prisión también le sirvió para acercarse a Michael Stich, compatriota con el que ganó el oro en dobles en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y la Copa Davis de 1993, pero lo suyo se definía como una unión de conveniencia. Stich le escribió cuando estaba en prisión. A veces tienen que pasar cosas importantes para darse cuenta de lo absurdo de otras. «¿Para qué sirve ir a prisión?», se plantea Boris Becker. Como castigo, sí; pero para reinsertar, no. Es la conclusión a la que llega, la crítica que hace al sistema. Por encima de Edberg o Lendl, toman el protagonismo Baby Hulk, Ike, Shuggy, los compañeros, algunos amigos ya para siempre, que ayudaron a la redención de Becker.