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Sánchez inicia un lavado de imagen con el pretexto de la guerra en Irán

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Los líderes políticos y sus abarrotados laboratorios demoscópicos toman el pulso a la sociedad a diario con el fin de hacer coincidir sus impulsos políticos con el sentir mayoritario. De esa manera buscan ser los elegidos cuando se abren las urnas. Hace dos décadas, Estados Unidos invadió Irak con la colaboración del Reino Unido y de la propia España. Y los españoles salieron a la calle en masa para gritar con fuerza: [[LINK:INTERNO|||Article|||69a7e9e884cbcc0007d11266|||«No a la guerra»]]. Ayer fue el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien desempolvó esa consigna histórica para justificar la posición de su Ejecutivo frente a una nueva ofensiva de Estados Unidos en Oriente Medio; esta vez en Irán, en colaboración con Israel.

Por eso, Moncloa redobló ayer su campaña de mercadotecnia. Como ha venido contando este diario, nada en el núcleo duro del Ejecutivo se mueve sin que esté orientado a obtener un rédito interno en clave electoral. «Están en campaña», lamentan fuentes diplomáticas consultadas por este diario. Todo poder, lo ostente quien lo ostente, busca seguir en él. Y Pedro Sánchez Pérez-Castejón, de 54 años recién cumplidos, no es una excepción. Él mismo ha reiterado su intención de «culminar la década» a los mandos del país y del PSOE. El presidente compareció ayer en el palacio presidencial para plantar cara a Donald Trump, líder de la primera potencia del planeta, quien previamente propinó un zarpazo a España por la negativa del Ejecutivo a ceder las bases militares de Morón de la Frontera (Sevilla) y Rota (Cádiz) a Washington.

Sánchez, con esta estrategia, persigue dos efectos. El primero: movilizar a la izquierda. El presidente del Gobierno sabe que los votantes de izquierda son muy sensibles a las cuestiones humanitarias y al horror de la guerra, que tanto aborrecen y que les interpela políticamente. De manera que, al oponerse con firmeza al conflicto, el líder socialista capitaliza la simpatía de todos los votantes de izquierdas. Sánchez, destacan fuentes gubernamentales en conversación con LA RAZÓN, está siendo coherente con la familia política a la que pertenece. Y, añaden, no se está dejando llevar por el pragmatismo que impera en las relaciones internacionales.

El segundo efecto va dirigido a la derecha sociológica. En el laboratorio demoscópico de Moncloa, que se nutre en buena parte de los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), saben que Trump provoca rechazo en la mayoría de los españoles. Por eso, el equipo de Sánchez calcula que el hecho de que el presidente de Estados Unidos vilipendie a España pondrá a la derecha en un dilema: elegir entre patriotismo o antisanchismo. Esa es la baza que juega de manera habitual el líder socialista en cuestiones internacionales. Y fue precisamente el ministro de Transportes, el vallisoletano Óscar Puente, quien hizo evidente el juego al cambiar su imagen de perfil en la red social X por la enseña rojigualda. El CIS constató en uno de sus últimos barómetros que el 76,8% de los españoles reconoce que su mayor miedo es vivir una guerra.

De hecho, el 66,2% asegura que ha pensado alguna vez que España podría verse involucrada en una en los próximos años. El 57% cree que esa guerra podría darse contra Rusia, el 42,2% contra Marruecos y el 30,4% contra Estados Unidos. Y eso que ayer el presidente evitó mencionar a Trump. Sánchez pivotó su intervención sobre una triple negativa convertida en eslogan político: no a la ruptura del orden jurídico internacional; no a la lógica de las bombas como único lenguaje; y no a repetir los errores del pasado. Sánchez viajó dos décadas atrás y evocó de nuevo «al trío de las Azores» para diferenciarse de su predecesor, José María Aznar.

Aunque la situación es muy distinta. La síntesis de todo eso ha sido el famoso «no a la guerra» que el PSOE hizo suyo durante su etapa en la oposición al PP. Cabe recordar que fue Alfredo Pérez Rubalcaba, junto a Pepe Blanco y Jesús Caldera, quien organizó aquella campaña tras ver el «no» masivo del país a la guerra de Irak. Ahora, para Sánchez, de la escalada en Irán no ha salido ni saldrá un mundo más justo, sino más incertidumbre económica y previsibles subidas del precio del petróleo y del gas, para las que España ya se está preparando. Ese ha sido —defendió— el coste inmediato de un conflicto que el Ejecutivo rechaza por principios y por interés.

El presidente no eludió la condena al régimen iraní, al que acusó de reprimir y matar a sus propios ciudadanos, especialmente a las mujeres. Pero, al mismo tiempo, rechazó la deriva bélica y defendió que su posición no ha sido ingenua, sino coherente con los valores e intereses de España. El Gobierno, espetó, no ha estado dispuesto a ser cómplice —por ceder el uso de las bases— de algo que ha considerado dañino por miedo a posibles represalias, en referencia a la amenaza estadounidense de cortar las relaciones comerciales con Madrid.

Sánchez, desde Moncloa y sin periodistas, tuvo un tono mucho más político que diplomático. El presidente apeló al orgullo de pertenecer a un país que ha estado con los principios recogidos en la Constitución, con los valores fundacionales europeos y con las Naciones Unidas. Y en ese marco quiso situar a su Ejecutivo: del lado del derecho internacional frente a la lógica de la pólvora. No obstante, algunos diplomáticos lamentan la deriva política de la acción exterior española, a la que ven contaminada por los intereses del presidente. España se la juega en una guerra en Oriente Medio.