La invasión de las cigüeñas blancas y su repercusión en los ecosistemas peninsulares
Ave señera que todo el mundo conoce, la cigüeña blanca ha sido un símbolo para el humano desde tiempos inmemoriales. El Imperio romano la protegió porque limpiaba los campos de reptiles y porque se le atribuía la virtud del amor filial y el atento cariño a sus congéneres enfermos o de avanzada edad, hecho que originó la promulgación de la 'Lex Cionaria' (Ley de la Cigüeña), la cual incentivaba a la juventud el cuidado de los ancianos. Y, por otro lado, en el folclore y mitología escandinavos surgió la leyenda de que traía a los bebés recién nacidos para así explicar su repentina aparición en casa a los niños de poca edad, leyenda que se extendió por Europa en el siglo XIX. Sabemos que lleva a cabo anualmente un más que importante desplazamiento entre sus cuarteles de invernada y de nidificación, desde tierras africanas a tierras europeas. En el contexto de la migración de las aves , ave estival, como es el caso de nuestra cigüeña, se define como aquella que viene a España por lo general en primavera, o un poco antes, para criar. Entonces incuba, nacen las crías, estas se desarrollan y, transcurrido el verano, regresa al lugar de donde vino, en el que pasará el invierno. No obstante, este fenómeno migratorio no está sometido a reglas fijas, pues ocurre en ocasiones que individuos o cortas poblaciones de individuos en determinados puntos de nuestra geografía no viajan después de la cría a latitudes más bajas para invernar sino que prefieren quedarse en las zonas en las que han pasado primavera y verano. ¿Por qué? Pues porque, fundamentalmente, tienen abundante alimento a su disposición y, por otro lado, porque la climatología de los meses invernales de tales puntos geográficos les es bastante soportable. Pero es que además suelen colonizar espacios en las proximidades de sus principales comederos, los vertederos de basura. Muestra de este comportamiento lo tenemos en la localidad madrileña de Tres Cantos: la presencia de un vertedero del término municipal de Colmenar Viejo, pueblo limítrofe, sito a una distancia de no más de 6 o 7 kilómetros en línea recta, a finales de octubre de 2024 se vio invadida por una apreciable cantidad de ejemplares, 1.140 según el censo realizado el 20 de diciembre de ese mismo año por la Asociación Naturalista Primilla (Anapri). Se posaban a la caída de la tarde en las antenas de televisión, en los tubos de escape de las calefacciones o en el firme de los tejados, buscando probablemente un calor reconfortante. Así, cada día hasta el 29 de enero de 2025, fecha en la que abandonaron sus 'dormideros' tricantinos para, se supone, iniciar el proceso de perpetuación de la especie, cumplido lo cual regresaron por segunda vez en septiembre de ese 2025. Esta anomalía en el contexto de la migración de aves choca frontalmente con la creencia en tiempos pretéritos de que las cigüeñas eran las mensajeras de la antesala primaveral («Por San Blas a la cigüeña verás»). Pero hay algo más: aun cuando el producto de los vertederos sea su principal recurso alimenticio, resulta que no es el único; debemos sumarle el basado en materia animal procedente tanto de invertebrados como de vertebrados, entre los que se encuentran especies de anfibios, reptiles e incluso aves (pollos de perdiz y codorniz) y en ocasiones conejos y lebratos. Surge entonces la pregunta: su abundancia durante todo el año ¿puede dañar la biodiversidad de los ecosistemas que ellos frecuentan? La naturaleza se sirve de las cigüeñas para darnos un ejemplo de su inclinación al cambio de comportamiento de determinadas aves. ¿Es bueno? ¿Es malo?
