El mes de marzo trae consigo una primavera de buenos augurios
Buen invierno nos ha caído. Hace dos días miraba el pantano de Cíjara renqueante y ahora está hasta las cachas. Qué mala memoria tenemos la gente de campo. Se nos olvidan los agobios del verano, la sequía y los calores. Enero y febrero han venido cargados de mieles. Sí, mucha agua, fango y viento. Pero esas aguas son alegrías para el campo. Menuda primavera se presenta. Pero por Dios que no se instalen los calores, que la primavera requiere templanza. Y más agua. Este es el principio de todas las cosas. Los manantiales, la capa freática, los pozos, los regueros. El agua purifica, limpia, sana, de alegría tras su paso. Nos recuerda que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Voy a lomos de Talibán, mi fiel Talibán . Marzo trae copiosos vergeles en las orillas. La lluvia arrastró lodos, sobre estos germina la hierba y brota vida de aquellos barrizales. Las siembras que se hicieron a favor de terreno han creado gavias y correntías. Talibán aprieta el paso en la cuesta arriba. Me meto por el monte buscando las viejas veredas de sacar el corcho. Los alcornoques están recios pues pronto les tocará la pela. Me gusta posar mi mano sobre su piel e intentar sentir su pulso. Tienen vida. Levanto una collera de venados desmogados. Ahora buscan los altos más que nunca para vigilar el entorno. Están esquivos más que nunca, por vergüenza y por instinto. Corren rollizos y prudentes, pues con los cuernos nacientes les duele el roce con el monte. Qué hermoso es verlos sin sus hermosas defensas. Desmonto junto a una vieja carbonera, Talibán echa hocico al suelo para comer con ansia el verde del entorno. Le quito el bocado que amarro a la perilla para que coma y lo dejo libre; no va a moverse de un lugar tan hermoso. Me tiendo junto a alcornoque mientras escucho a la hierba crecer. Susurran abejorros junto a las peonías silvestres. Huelo el poleo, el paniquesito y el cantueso. Escuchando esta banda sonora, quedé dormido. Me despertó el caballo acariciándome con el belfo. La siesta del carnero, no sé si han sido tres horas o cinco minutos, pero estoy recompuesto. Avío de nuevo al caballo, meto pie en estribo y continúo. Junto a una cuneta veo un puñado de esparragueras que llaman mi atención. Desmonto, acopio un manojo de espárragos que meto en la alforja. Con un par de huevos de las gallinas tengo ya la cena de esta noche. Bendito manjar. Una collera de patirrojas se levantan junto a mí. Talibán aprieta el paso pues a lo lejos se escuchan los perros del cortijo. Le quito arreos y lo suelto en su cerca. Poco tarda en revolcarse y dar dos carreras con Dinamita y Kamikaze. Me gusta ver los caballos en libertad, son el ejemplo de que los animales son libres. Paso un trapo húmero a botas y delantales, después les unto manteca de cerdo -sin sal- y los dejo al sol. Una vez secos pasada una hora, cepillo y betún. Huele a cuero en el guadarnés, me gusta limpiar lo que mil veces he limpiado. Los cueros cuidados tienen una segunda vida. Miro viejos y nuevos, mezclados, pasado y futuro. Qué hermoso es ver que la historia continúa. Echo dos leños a la chimenea; ahora con el sol arriba parece que hace calor, pero cuando se esconde, te pasmas. Así es el comienzo de primavera. El día pasará y saldrá la luna, que tiene los cuernos para arriba, viene agua. Ojalá así sea. Estoy melancólico, me acuerdo de muchos. Pero estoy en el campo y aquí todo se siente y padece mucho más. Qué bonita es la vida. Qué bonita es la primavera.
