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Cine paleto en versión progre

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Aunque hemos tenido un invierno como los de antes, con lluvia a raudales que ha teñido de verde nuestros campos, el cine español nos ha dado una de las cosechas de cara a los Goya más desoladoras y seconas de los últimos años. Lo que ya es decir. La tendencia se agudiza: el cine español de mensaje y masaje para las nuevas generaciones conformistas y conformes con la separación definitiva entre público y películas se apodera de los Goya, convirtiendo una excursión al desierto inflada de pretensiones y metáforas apocalípticas en toda una superproducción, por comparación con el resto de cintas nominadas.

Y es que «Sirat» al menos, ha ido a verla la gente, aunque solo fuera (ojo spoiler) para ver morir un niño y un perro, después de la rave más triste de la historia. No es extraño que su director se haya convertido en gurú, con su filosofía oriental buenista de andar por casa, explicando a quien le aguante el mensaje sanador de su película. Nosotros, preferimos «El Topo» del casi centenario Jodorowsky, que la mayoría de espectadores de «Sirat no han viso ni verán jamás.

Con todo y eso, ¿es «Sirat» la mejor propuesta de estos Goya para paletos mileniales preocupados por salvar su mundo, que no el del cine español? Seguramente. Al menos se parece al cine y resulta más interesante en su planteamiento visual y narrativo, que fagocita descaradamente el cine de autor de los sesenta y setenta para quienes nunca vieron «More» (1969) o «El valle» (1972) de Barbet Schroeder ni «Zabriskie Point» (1970) de Antonioni. La alternativa resulta tan apetitosa como cardos borriqueros crudos. Una comedia teatral antifranquista, «La cena»; un drama religioso, «Los domingos»; una salida del armario geriátrica, «Maspalomas» —con lo que daría de sí el ambiente del mítico Yumbo— y un drama sobre la discapacidad auditiva, «Sorda», se disputan el Goya a mejor película. Si no gana «Sirat» será porque espera conseguir el Oscar.

De este menú de temas netamente españoles y relevantes socialmente, esos que más preocupan a un país con un paro exorbitante, una macroeconomía que crece a costa del empobrecimiento general y la desaparición de las clases medias, una polarización política que asusta y unas infraestructuras públicas que se derrumban o, peor aún, descarrilan, la mayoría de sus realizadores y realizadoras está también nominada a mejor dirección: Alauda Ruiz de Azúa por «Los domingos»; Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga por «Maspalomas» y Oliver Laxe por «Sirat»; a quienes hay que sumar Carla Simón por la intimista «Romería» y Albert Serra por la taurina «Tardes de soledad».

¿Se han fijado qué curioso es este panorama? Comedias antifranquistas, jóvenes que se quieren meter a monjas, ancianos entrañables, parejas disfuncionales, hijas en busca de su familia, las luces y sombras del toreo… Y los jóvenes corren a unirse a la fiesta nacional: sátiras sobre las diferencias de clase donde la sutileza brilla por su ausencia («Balearic»), historias de adolescentes sin rumbo en narrativas igualmente desorientadas («Extraño río»), acosos sexuales que no pueden faltar («La furia») y hasta futbolistas en crisis («Muy lejos»), se suben con la mejor dirección novel a ese carro del que tiran esforzadamente unos burros que premian las «buenas intenciones», que no el cine.

Lo curioso es que casi toda esta cosecha de secano parece un reflejo invertido al tiempo que complementario de los peores tiempos del cine franquista y nacionalcatólico, ensalzador de los valores del régimen. Ahora, el régimen es otro, pero igualmente obsesionado con que el cine esté a su servicio, a través de una praxis realista y costumbrista terroríficamente afín a aquella. Basta ver los títulos: «Maspalomas», «Los domingos», «Romería», «Balearic», «Tardes de soledad», «Una quinta portuguesa»... Todo tiene una sonoridad, un saborcillo a España rancia, donde lo rancio quiere ser sustituido por la inclusión, el feminismo y el marxismo impostados, pero donde siguen vigentes la religión, los trajes de luces, el fútbol y las crónicas de pueblo, aunque estén vacíos. Los pueblos y las películas.

Nuestro cada vez más escaso cine de género, representado por las esforzadas e irregulares «Un fantasma en la batalla» de Díaz Yanes, «Cautivo» de Amenábar y «Los Tigres» de Alberto Rodríguez, esperanzas perdidas de los primeros 2000, o por «Gaua», del joven Paul Urkijo Alijo, pese a su empeño en no ser menos discursivos (sus temas son de lo más políticamente correcto), se ven castigados con nominaciones solo a premios técnico-artísticos o actorales. Hay que ser más secón, más realista, más social, más… ejemplar. Dijo hace poco Méndez Leite que 2025 es «el mejor año de la historia del cine español». Todo el respeto que sentía por uno de esos historiadores de nuestro cine que tantas obras me descubriera antaño, desde «El extraño viaje», «Historias de la radio» o «Plácido» hasta «El espíritu de la colmena» o «El viaje a ninguna parte», se me ha quedado, como la cosecha de los Goya, completamente seco y agostado.