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Февраль
2026

El M23 abandona posiciones clave en la República Democrática del Congo bajo la sombra de una nueva ofensiva

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En el este de la República Democrática del Congo, hablar de avances y retiradas se antoja relativo. A veces, una retirada significa una victoria real, anotada; otras, depende de una decisión táctica que busca conservar lo que más importa. Rutas de abastecimiento, minas y el control de la narrativa. Siempre después de una derrota y una tregua, la sombra toma una nueva forma y crece otra vez. Aun así, desde diciembre se encadenan hechos que explican por qué el M23 se encuentra hoy en retirada… o eso parece.

El ejemplo más visible se expuso en la localidad de Uvira, en Kivu del Sur. Fue capturada por el grupo rebelde conocido como M23 el 10 de diciembre de 2025, y su toma sacudió toda la región por su innegable valor militar y por su cercanía con Burundi, nación vecina y comprometida desde hace años en la lucha armada contra el M23. Sin embargo, escasos días después, los rebeldes anunciaron que se retirarían de Uvira tras una petición de Estados Unidos. La decisión fue presentada por su cúpula como una “medida unilateral de confianza”. Una aparente retirada, otra vez confusa: el 23 de diciembre, funcionarios estadounidenses alegaron que aún quedaban combatientes del M23 en el área, algunos “disfrazados” de policía, mientras los tiroteos entre un bando y otro continuaban.

Un mes después, el 19 de enero de 2026, soldados congoleños (FARDC) y milicianos Wazalendo entraron en Uvira de forma oficial, y el gobernador de Kivu del Sur, Jean-Jacques Purusi, expuso la posibilidad de reabrir el paso fronterizo clave de Gatumba hacia Burundi. Sobre el terreno, esta escena se leyó como una victoria aplastante del Estado congoleño y, por extensión, como una “retirada” del M23. Pero la letra pequeña es importante en casos como el que se desarrolla en República Democrática del Congo. Medios locales denunciaron que la retirada, un hecho, no impidió que prosiguieran en la zona escenas de violencias y de saqueos donde el M23 culpaba al ejército congoleño, y el ejército culpaba a los rebeldes. Acusaciones cruzadas que aumentan la sensación de incertidumbre.

Entre Washington y Doha

La presión de EE. UU., como es lógico, no nace de la noche a la mañana. Desde junio de 2025, Washington ha buscado situarse como el principal arquitecto que establezca un nuevo marco regional. Por ejemplo, el acuerdo de paz entre RDC y Ruanda, firmado el 27 de junio de 2025 en Washington, fue concebido para desactivar la dimensión del conflicto que enfrenta a ambas naciones (Kigali niega apoyar al M23, pero Kinshasa y numerosos organismos internacionales lo señalan desde hace años). Cuando Uvira cayó en manos del M23 a los pocos meses de la firma del tratado, el episodio se interpretó como un golpe directo al esfuerzo estadounidense.

La diplomacia vinculada a República Democrática del Congo viene atada a la búsqueda imparable de poder y de dinero. En este punto es donde aparece Rubaya, en Kivu del Norte, una zona minera vital para la economía de la zona y de una importancia estratégica probada. De aquí se extrae alrededor del 15% del coltán del mercado global, y ha sido el principal bastión financiero del M23 desde hace más de tres años. El 24 de febrero de 2026, un ataque con dron cerca de Rubaya mató a Willy Ngoma, portavoz militar del M23, que vivía sancionado por la Unión Europea desde 2022. El ataque fue atribuido a las FARDC, en un contexto de alto el fuego frágil impulsado desde Doha con implicación de EE. UU. y la Unión Africana.

El golpe fue contundente, devastador, imprevisto, pero lo que vino después abrió una grieta de incertidumbre que hoy domina las conversaciones que rodean al M23 y su futuro: ¿qué pasó durante el ataque con el comandante militar del grupo rebelde, Sultani Makenga? El 25 de febrero, Reuters informó que el ataque dejó al menos nueve muertos y que “rozó” a Makenga, pero que el comandante escapó ileso, según cuatro fuentes citadas por el medio. Sin embargo, en los días siguientes ha circulado un comunicado necrológico atribuido a la AFC/M23 y firmado por Alumba Lukamba Omokoko, miembro clave del grupo, que afirma justo lo contrario: que Makenga “sucumbió a sus heridas” en un hospital de Kampala, Uganda, el 25 de febrero de 2026.

Esta contradicción entre un Kampala vivo o muerto es llamativa. Resulta extraño que al líder militar le diera tiempo a cambiarse de país y a morir en menos de 24 horas, considerando las enormes distancias entre un punto y otro y las dificultades de transporte. En todos los conflictos, donde el control de la narrativa es parte de la estrategia, es común que una muerte pueda ocultarse para evitar una desmoralización de las tropas, o inventarse dicha muerte para sembrar una confusión controlada. También cabe la posibilidad de que las fuentes consultadas por Reuters obtuvieran información incompleta o falsa, y que la situación no sea como se conoce. A día de hoy, en definitiva, lo único claro es que Ngoma murió y que el estado de Makenga se ha convertido en un nuevo campo de batalla informativo donde sólo pueden atribuirse al líder rebelde tres posibles estados: ileso, herido o muerto.

La retirada del M23 en lugares como Uvira, la proximidad de las tropas congoleñas a Rubaya y la muerte de Ngoma dibujan un escenario evidente. Que el M23 está retrocediendo, a la que deja tras de sí su resaca de la muerte, como las dos fosas comunes con al menos 171 cuerpos que el ejército de RDC descubrió cerca de Uvira. Que este retroceso sea duradero y que no arrastre consigo un nuevo cálculo que precederá a un nuevo zarpazo del grupo rebelde, esa es la duda que corroe a muchos. Que, se espera, se solucione cuando se resuelva el misterio de la muerte (o no) del temido Sultani Makenga.