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Февраль
2026

¿Qué nos han dejado 30 años de Pokémon? Más que cartas y videojuegos, la saga de Nintendo terminó cambiando el mundo (el real también)

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Puede ser que tenga recuerdos más importantes de la infancia que las tardes jugando diversos títulos de Pokémon o viendo la serie, pero pocos tan firmes. Este artículo no se trata de mí, pero tengo 35 años: eso me emparenta con decenas de millones que crecimos mientras Ash Ketchum aprendía a lidiar con el temperamental Pikachu y con sus propios sentimientos adolescentes. Crecimos juntos.

Según el National Pokédex del mundo creado por Game Freak (en videojuego por Nintendo), hay 1025 especies distintas de Pokémon. Disculpen los puristas si dejamos de lado otro conteo alterno.

Pero oficialmente, se empezaron a enumerar desde el 27 de febrero de 1996, cuando se lanzaron en Pokémon dos títulos complementarios para la consola portátil Game Boy: Pocket Monsters Red y Green (fuera de Japón fueron lanzados como Red y Blue). Ya ahí empezamos con los cambios pequeños y grandes que Pokémon trajo a la industria del entretenimiento. Como en todo lo cultural, siempre hay pioneros y popularizadores, y a Pokémon le tocó divulgar globalmente esta estrategia de juegos complementarios, de un universo en constante expansión y una creciente integración con el mundo “real”.

A la distancia de tres décadas, cuesta un poco dimensionar cuán grande fue la difusión de estas ideas a espaldas de las criaturitas japonesas. Naturalmente, muchas otras series de videojuegos venían creando las herramientas para hacerlo posible; docenas han superado las propuestas de Nintendo en términos tecnológicos. ¿Pero estampidas como las que hemos visto por Pokémon Go, el juego que integró la geolocalización con la realidad aumentada para rastrear a los amiguitos por este mundo material? Culpa de Pikachu.

Saga sin fin

Solo Pokémon Go ha superado la barrera de las mil millones de descargas. De otros 76 títulos se han vendido más de 490 millones de copias para distintas consolas. Así, la serie queda cuarta en el mundo, después de Mario (Nintendo), Call of Duty (Activision) y Tetris. Ni el economista más aventurado podría darnos una estimación de cuántos peluches, oficiales y piratas, decoran las casas del mundo.

Puede ser que Pokémon sea la franquicia más beneficiosa del mundo, aunque es imposible verificarlo. Un reporte de License Global estimó las ganancias de The Pokémon Company International (que gestiona la marca) en $12.000 millones. Una de las virtudes del esquema de Pokémon, donde pueden aparecer nuevos territorios, juegos y personajes, es que es interminable su variabilidad. O sea, más dinero.

Eso es lo que se conoce, desde lo narrativo, como “transmedia”; lo podemos ver, más allá, como un ecosistema cultural entero. Otros tres aspectos notables de su desarrollo han sido:

Impacto en la socialización infantil y juvenil

Especialistas en cultura digital han señalado que Pokémon redefinió la experiencia del videojuego al priorizar el intercambio, la colaboración y la conversación entre jugadores. La consigna original (“Gotta catch’em all!, ”Atrápalos ya" como se promovió en español) fomentó dinámicas sociales presenciales y virtuales que anticiparon formas de interacción hoy habituales en comunidades en línea y redes sociales.

Esto involucra todo, desde las cartas coleccionables que han alcanzado cifras absurdas en ventas y subastas, hasta las películas, loncheras, peluches y el mencionado Pokémon Go que fomenta la presencialidad.

Una narrativa flexible sobre identidad y pertenencia

Desde una perspectiva cultural, Pokémon puede sido leído como un relato sobre diversidad, crecimiento y convivencia. Recordemos la ansiedad de Ash al inicio de la historia: un niño de 11 años desesperado por encajar, por crecer y cuyas ambiciones se van atemperando conforme descubre la pertenencia a un grupo y a sus propios Pokémon. Aquello tuvo impacto, en su momento, en la infancia que crecía viendo la serie y jugando los distintos títulos. ¿Podríamos leer un antecesor de las relaciones llamadas “parasociales” de hoy, cuando miles de fans se identifican obsesivamente con sus ídolos pop?

Por otra parte, la relación entre entrenadores y criaturas, basada en el cuidado y la cooperación, permite interpretaciones que dialogan con debates contemporáneos sobre identidad, empatía y responsabilidad, sin perder su accesibilidad para públicos jóvenes... y adultos. Incluso hay algo que decir aquí sobre el pensamiento ecológico en Pokémon y sus contradicciones.

Permanencia y adaptación en la cultura pop del siglo XXI

El gran popularizador de los “universos narrativos” en constante expansión, muy complejos, y donde las “tinieblas” del mapa pican la imaginación fue J.R.R. Tolkien, en los años 40 y 50, con El señor de los anillos. Desde entonces, incontables sagas de películas, libros y videojuegos apuestan por esos mundos inabarcables, donde el compromiso del espectador crece precisamente porque no puede saberlo todo, y si no hay acceso, se pone a inventarlo.

A 30 años de su creación por Game Freak, Pokémon mantiene vigencia gracias a su capacidad de adaptarse a nuevas plataformas y sensibilidades. Fenómenos como Pokémon Go demostraron su potencial para redefinir la relación entre tecnología, espacio público y entretenimiento; en ello, superó a otras marcas que siguen ancladas en la nostalgia, esa bendición tan tóxica para muchos artistas.

La mezcla de todos estos factores allanó el camino para el mundo contemporáneo, donde la interrelación de distintas partes de universos narrativos no solo se nos hace común, sino que trasciende a las calles, al paisaje urbano. Más que mero mercadeo, Pokémon (y Mario y el PlayStation y muchos otros) fue dando forma a un mundo de entretenimiento que se traslapa con el día a día, en lo tecnológico y en la misma forma en que consumimos cultura, imagen y como vivimos nuestro tiempo libre.

Así las cosas, aunque hay mucho más por decir de Pokémon, sí nos podemos permitir algo de nostalgia: tardes soleadas como esta de febrero, aquí en Costa Rica, a miles de kilómetros de Japón y unos cuantos miles más de Pueblo Paleta, sentados en el suelo, repasando cartas coleccionables a sabiendas de que nunca podríamos atraparlas todas. No por falta de ganas, sino de tiempo, y no por desinterés en los Pokémon más nuevos, sino porque nadie se compara a Pikachu.