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Insumisos

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Hay una palabra que condensa la Vida, y, la llena toda: el Deber.

José María Vargas Vila

Ante los Bárbaros

Nuestra Patria nunca ha sido mansa. Corre por sus venas sangre insurrecta y en su pensamiento prevalece la idea del bien común que impulsó a sus mejores hijos a luchar por verla libre. La circunstancia histórica de ser la última colonia en librarse de España y luego vivir tristemente «enmendada» por una Constitución proyanqui, la hizo ser una de las más firmes a la hora de librarse del yugo neocolonial. Lo que parecía cobardía fue osadía. Lo que logró la osadía de coronar el sueño irrealizado de los mambises ha sido, desde 1959, la causa de vivir asediados constantemente por el enemigo que no admite símbolos que no sean los suyos. En este combate en un mundo globalizado —y no precisamente con las mejores ideas— la contracultura, el contradiscurso, la ideología a contracorriente son sinónimos de «herejía» para el imperialismo. Y los herejes son quemados en la hoguera. Así arde Cuba, desde hace más de 60 años, en el fuego infortunado de los Gobiernos estadounidenses, que no se cansan de sancionarnos porque no han podido someternos.

El ataque a quienes encabezaron la «herejía» de la Cuba soberana, el intento de desprestigiar y hasta de asesinar a los líderes de la Revolución Cubana, no es noticia ya. Para un revolucionario, por cierto, es un honor estar en la lista de herejes que redacta el imperialismo: es un reconocimiento a nuestra condición de rebeldes y comunistas. Lo demás es relato construido, dinero para que circule, mente enajenada para que lo crea, estado de opinión que respalde, y actuar.

Pero Cuba no cede ante las presiones de nadie. Así hemos aprendido con Fidel y Raúl, líderes del proceso revolucionario cubano que hoy vive una realidad compleja con el bloqueo genocida recrudecido. Ya lo dijo el General de Ejército en el año 2008: «No hemos tenido paz, no hemos tenido tranquilidad. El enemigo dice que el socialismo ha sido un fracaso. ¿Por qué no nos dejan tranquilos para luchar en igualdad de condiciones? Pero no ha sido ningún fracaso, ni siquiera en estas condiciones. Ha sido un incesante batallar».

De eso se trata la Revolución Cubana, de un incesante combate por conquistar toda la justicia. Como ha planteado Raúl, desde el principio se trazó la pauta que, por cada agresión, el compromiso sea seguir más vitales, «no hacernos eco de las amenazas que ya dejarán de existir cuando comprueben que a pueblos como este nadie ni nada logra meterles miedo y veremos cómo paulatinamente, en medio de esta difícil guerra por la paz, vamos venciendo todos los obstáculos naturales y ficticios que encuentre nuestro proceso».

Desde la guerra de liberación nacional, el Gobierno de Estados Unidos se empeñaba en saber la naturaleza de aquel movimiento que encabezaba Fidel en la Sierra Maestra. Raúl y el Che fueron, desde el inicio, «acusados» de comunistas confesos en las filas guerrille-
ras. Raúl, que había integrado la Juventud Socialista y manifestaba un pensamiento radical, puso en práctica en el Segundo Frente todo cuanto aprendió de la guerra en México, no solo en las prácticas de tiro, sino en su autopreparación para lo que vendría. Así le expresó a la combatiente Natalia Revuelta Clews en una carta el 5 de noviembre de 1955: 

«Yo no seré Tolstói ni Amicis, pero tal vez usted se está carteando con un Gran Estratega —en embrión— porque todos los libros que estoy leyendo, y los que he leído desde que vine, tratan de temas bélicos. Me hubiera gustado estar leyendo otras cosas más constructivas, ya que la guerra solo destruye, pero sobre esos escombros han de construirse las bases de la Cuba del futuro…».

En una entrevista concedida al periodista estadounidense John Brinkley, en el Segundo Frente Oriental Frank País el 22 de noviembre de 1958, se refirió con claridad a la dimensión ética del país que nacería de la paz tras la guerra que se libraba en las montañas de Oriente: «…cuando la paz y la
normalidad vuelvan a reinar en nuestra patria, con más razón aún nadie puede dudar que lograremos ese cívico propósito, dando vigencia efectiva al precepto martiano de que «la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre».

El 18 de mayo de 1959, un día después de la firma de la Primera Ley de Reforma Agraria, en un encuentro con los estudiantes y profesores de la Universidad de Oriente, señaló: «En nosotros decir paz, quiere decir el triunfo total de la Revolución. Si no hacemos la Revolución no habremos logrado ninguna paz a no ser la paz transitoria que quieren algunos enemigos de nuestra república».

Esa es la paz que no entiende el enemigo que asume nuestra soberanía como amenaza. Raúl, preclaro en las maneras de actuar en cada momento, plantea que en los combates evocamos al Maceo guerrero, y que, en la paz, al estadista. Raúl es fundador de unas Fuerzas Armadas Revolucionarias para defender a Cuba y la Revolución, no para atacar a otras naciones. El nuestro es un ejército de pueblo, y de un pueblo que ama la paz, que conoce el valor de ganarla luchando y por eso siempre está presto a salvaguardarla. 

«Nuestro pueblo, amante de la paz, desgraciadamente tiene que verse obligado a organizarse y armarse para poder salvar nuestra Revolución.
Algún día llegará en que los tanques los convirtamos en tractores, en que los cañones los convirtamos en arados, en que no tengamos necesidad de que ningún hombre en nuestro país vista el uniforme militar. Pero mientras tanto, y mientras eso se logre, esos tanques, cañones y rifles los usará nuestro pueblo para hacer morder el polvo de la derrota a aquellos que nos ataquen».

En línea con el pensamiento de Fidel, está Raúl en la lucha por la paz, consciente de que evitar la guerra equivale a ganarla. No obstante, siempre ha dejado claro, en ideas y acción, que: «Los principios de nuestra ideología postulan la paz y la comprensión entre las naciones y los pueblos, pero si el imperialismo nos impone la
guerra, también seremos capaces de conquistar la paz de los que no renuncian a sus legítimos derechos ni se doblegan ante los bárbaros de nuestra época».

Por eso es real su certeza de que sí, venceremos, porque el futuro pertenece a los pueblos, a la paz, al socialismo. Y para ello, hay que estar con el pie en el estribo y cuidando de la unidad como nuestra principal arma estratégica, como él definió el 1ro. de enero de 2024, esa «que sustenta la vocación internacionalista de nuestro pueblo y sus proezas en otras tierras del mundo, siguiendo la máxima martiana de que Patria es humanidad».

El Raúl cuya contribución al proceso de paz en Colombia ha sido reconocido; bajo cuya presidencia en la Celac se declaró a América Latina y el Caribe como Zona de Paz; el que desde el dolor por la pérdida de cada combatiente de la Revolución —sea en la Base Naval de Guantánamo, en misiones internacionalistas o en acciones de la contrarrevolución interna— también nos ha enseñado a cimentar la paz sin concesiones de principios; el joven nacido de un pueblo que seguirá dando hijos como él: rebeldes, resueltos y patriotas.

Y justo como Fidel escribió en un artículo para el periódico La Calle en 1955, al referirse a una acusación que se le hacía a su hermano: «No se ha incluido mi nombre en la terrible lista de terroristas, y si eso es una deferencia, una cortesía del señor Carratalá, se lo agradezco. ¡Muchas gracias! Pero se ha incluido el nombre de mi hermano, que participa de mis ideas con toda lealtad sin salirse de la línea trazada; acusarlo, es acusarme a mí, y eso sí que no se lo agradezco, señor Carratalá». 

Todos los revolucionarios cubanos compartimos con absoluta fidelidad las ideas y la obra de Raúl. Vivimos un combate de pueblo  y esto tienen que aprenderlo nuestros enemigos al menos en el año 65 de que mordieran el polvo de la derrota en Girón. El pueblo de Martí, de Fidel y también de Raúl, seguirá siendo de paz, pero insumiso: nuestro himno es de combate; y nuestra bandera, la de la estrella solitaria.