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Caso Epstein evidencia remezón del sistema político en EEUU: la polarización y fractura interna del poder en Washington

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El caso del pederasta Jeffrey Epstein ha sido un verdadero terremoto para las élites del poder político, económico y mediático a nivel global. La trama de redes, silencios y complicidades lejos de cerrarse, se ha ido expandiendo a medida que nuevos antecedentes salen a la luz. Una de las más recientes fue la aparición del presidente del Foro Económico Mundial, el noruego Borge Brende, y que se conociera que sostuvo reuniones con Epstein en más de una ocasión. El impacto es global, pero el epicentro sigue estando en Estados Unidos.

En el país norteamericano, el caso no solo toca a individuos influyentes, sino que comenzó a remecer los propios cimientos del sistema democrático e institucional en un momento de extrema polarización social y una desconfianza pública en las instituciones.

La aprobación, a fines de 2025, de la ley de transparencia de los archivos de Epstein por parte del Congreso —en una inusual votación bipartidista— obligó al Departamento de Justicia a publicar millones de páginas de documentos, testimonios y fotografías relacionadas con la investigación. La medida, que en principio parecía un gesto de transparencia, no trajo calma y el caso se transformó rápidamente en un arma política.

Imagen del documental de Netflix Jeffrey Epstein: Filthy Rich (NETFLIX/Europa Press).

Aunque algunos republicanos y demócratas coincidieron en exigir la publicación de los archivos, rápidamente el caso fue absorbido por la lógica de la guerra partidaria. Ambos bandos han recurrido a filtraciones selectivas y a una estrategia de “ventilador”, proyectando la culpa hacia el adversario con el objetivo de dominar la narrativa pública.

Más que un proceso orientado a la búsqueda de justicia, el escándalo se convirtió en un instrumento de disputa política directa.

Sin embargo, el quiebre más profundo no se limita a la pugna entre partidos, se manifiesta también entre las bases y las dirigencias, e incluso entre el sistema político en su conjunto y la ciudadanía. Una encuesta de Reuters/Ipsos reveló un amplio consenso bipartidista en torno a la idea de que el poder corrompe la justicia, el 69% de los encuestados considera que los archivos demuestran que las figuras poderosas rara vez enfrentan consecuencias legales, y más del 80% —tanto republicanos como demócratas— asocia el caso con un sistema judicial que concede “pases libres” a la élite.

La división por figuras al interior de los republicanos

El manejo de la publicación de los archivos tensó la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo en el Partido Republicano. La cúpula republicana intentó unificar el discurso y minimizar el daño político, la postura oficial se sostiene en un argumento central: si existiese algo realmente incriminatorio contra Donald Trump, los demócratas lo habrían utilizado durante la administración anterior. Según esta lógica, la publicación de los documentos confirmaría su exoneración.

En paralelo, la estrategia comunicacional ha buscado redirigir el foco hacia figuras demócratas, especialmenteBill Clinton, destacando sus múltiples viajes en el avión de Epstein. El propio Trump ordenó investigar las conexiones de dirigentes demócratas, mencionando también al exsecretario del Tesoro, Larry Summers, y al empresario Reid Hoffman. Desde su plataforma Truth Social, insistió que, a diferencia de otros, “nunca fui a la isla de Epstein”, marcando distancia y reforzando la idea de que está siendo víctima de una operación política.

Donald Trump, Jeffrey Epstein y Bill Clinton.

Pero el mayor problema para los republicanos no proviene únicamente de la oposición, sino de su propia base. Durante años, el caso Epstein fue presentado por el movimiento MAGA como prueba emblemática de la corrupción de las élites y del llamado “Estado profundo” que Trump prometió combatir. Sin embargo, una vez en el poder, la administración mostró reticencias a divulgar la totalidad de los archivos, de allí emergió la desconfianza.

Una encuesta de NPR/PBS News/Marist reveló que el 67% de los votantes republicanos apoyaba la publicación completa de los documentos.

Congresistas como Marjorie Taylor Greene, Lauren Boebert, Thomas Massie y Nancy Mace firmaron una petición bipartidista para forzar una votación que obligara al Departamento de Justicia a liberar los archivos íntegros. Greene incluso afirmó que la saga había “destrozado a MAGA”, mientras que Boebert, tras revisar documentos no redactados, sostuvo que existían personas “definitivamente implicadas y cómplices”, contradiciendo a altos funcionarios de la administración.

Lo que emerge es un fenómeno más amplio, el Partido Republicano atraviesa un proceso de personalización y fragmentación. El liderazgo de Trump sigue siendo central, pero ya no ordena automáticamente todas las lealtades. Cada figura construye su propio espacio de influencia, y la cohesión partidaria depende cada vez más de equilibrios precarios.

Los demócratas, una pelea a dos bandas

En el Partido Demócrata, la situación tampoco es lineal. Por un lado, acusaron a la administración, en especial a la fiscal general Pam Bondi, de un “encubrimiento masivo” en el manejo de los archivos y denunciaron la omisión de páginas relevantes en entrevistas del FBI que involucran a Trump en una trama de abuso sexual de una menor, algunos sectores han planteado incluso la posibilidad de un juicio político en contra de Bondi si recuperan el control de la Cámara.

Fiscal General de Estados Unidos, Pam Bondi. Vía X@AGPamBondi.

Pero, su talón de Aquiles es la relación de los Clinton con Epstein. La citación de Bill y Hillary Clinton ante el Comité de Supervisión de la Cámara, bajo amenaza de desacato penal, generó una fractura visible, mientras la vieja guardia defendió evitar ese escenario y calificó el proceso de “teatro político”, una nueva generación de legisladores votó junto a los republicanos para exigir rendición de cuentas, argumentando que la transparencia debe estar por encima de la lealtad partidaria.

Esa división es la manifestación de una grieta más profunda entre el establishment moderado y una nueva izquierda en ascenso, vinculada al crecimiento de los Socialistas Democráticos de América. Figuras como Alexandria Ocasio-Cortez, el senador Bernie Sanders o el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, representan una corriente que no busca destruir el partido, sino redefinir su identidad y prioridades. Temas como desigualdad económica, cambio climático, justicia racial y derechos de minorías están reconfigurando el mapa interno demócrata.

Un escenario de cambios de cara a las elecciones de medio terminó

El desenlace de esta trama ocurre a poco menos de nueve meses de las elecciones de medio término, los republicanos mantienen 53 escaños en el Senado y una mayoría mínima en la Cámara, mientras los demócratas necesitan ganar pocos escaños para recuperar el control legislativo. Las encuestas muestran un entusiasmo desigual, la base demócrata aparece más movilizada que la republicana, pese al desencanto con su liderazgo.

Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. Foto: Repositorio Cámara de Representantes de los Estados Unidos.

En este escenario, el caso Epstein dejó de ser únicamente un expediente judicial, se transformó en un catalizador de tensiones acumuladas, exponiendo las fracturas internas de ambos partidos y la percepción ciudadana de que el poder opera bajo reglas distintas.

Para los republicanos, Trump es simultáneamente su principal activo electoral y su mayor riesgo político. Para los demócratas, la oportunidad de recuperar el Congreso convive con divisiones que podrían debilitar su estrategia.

Incluso se abre la posibilidad de un nuevo intento de juicio político si cambian las mayorías, aunque el camino hacia una destitución efectiva estaría lleno de obstáculos legales y políticos.

Más allá de nombres individuales, lo que está en juego es la credibilidad del sistema, la confianza en la justicia y el modelo de liderazgo de las dos grandes fuerzas políticas del país. En un contexto de polarización extrema, el desenlace de esta historia podría redefinir no solo una elección, sino el equilibrio de poder en Washington y la estabilidad institucional estadounidense.