La vara de medir de la coherencia, la clave para escoger centro educativo
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Elegir centro educativo es una de esas decisiones que se viven con la sensación de que todo está en juego. No solo porque afecta al aprendizaje académico de los hijos, sino porque atraviesa cuestiones más profundas como valores, convivencia, conciliación, bienestar emocional y la importancia que todo ello conlleva a la hora de forjar la personalidad de los niños. Como cada año y coincidiendo con los procesos de admisión, la misma pregunta vuelve a instalarse en miles de hogares, ¿cómo elegir bien el colegio de nuestros hijos? La oferta es amplia y las comparaciones inevitables. Rankings, jornadas de puertas abiertas, foros de familias y grupos de WhatsApp se convierten en fuentes constantes de información y también de ruido, que hacen compleja la decisión, aunque los expertos coinciden en una idea clave. No existe el centro perfecto, pero sí el centro más coherente con cada familia y cada etapa vital . «Elegir colegio no es solo elegir dónde se aprende, sino con quién y para qué se educa», resume Valeria Harrington, directora de Educación de Colegios RC España. Desde su experiencia, muchas familias tratan de reducir la incertidumbre haciendo listas comparativas, puntuando variables o fijándose en aspectos aislados. Sin embargo, recomienda ir un paso más allá y mirar a lo esencial. «Aquello que realmente nos mueve, nos inspira y da sentido a la educación que deseamos para nuestros hijos», concluye. Si hubiera que establecer un punto de partida común, sin duda hay que decantarse por el proyecto educativo, coinciden los expertos, aunque María Sánchez, presidenta de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (Ceapa), apunta algo muy ligado a la realidad cotidiana de las familias. «Claro que deberíamos elegir los centros por su propuesta educativa , pero desgraciadamente muchas veces los elegimos por el horario y la conciliación». Servicios como acogida temprana, comedor, actividades extraescolares o transporte escolar acaban siendo determinantes, especialmente cuando las opciones de conciliación son limitadas. Para ello recomienda a las familias acudir a las jornadas de puertas abiertas y hablar con las asociaciones de familias. «Mientras que los equipos directivos explican el programa educativo, los AMPAs hablan desde la experiencia real». Además, en la escuela pública, las asociaciones suelen gestionar las extraescolares y otros servicios esenciales. «Una buena relación entre las familias y el centro es un indicativo de salud democrática, y eso ya te dice mucho del centro». Esta mirada conecta con la visión de Sergio Carretero, orientador educativo y presidente de la Asociación Profesional de Orientadores de Castilla-La Mancha (Apoclam), que introduce el matiz de que no existe una jerarquía universal de factores. «La pregunta no es qué es más importante en general, sino qué es más importante para ti como padre o madre. Para algunas familias pesará más el equipo directivo, para otras la metodología, la conciliación o el clima del centro». En la práctica, muchas familias piensan a largo plazo y, especialmente, en cómo será la transición de Primaria a Secundaria, un momento que suele generar mucha inquietud. María Sánchez señala que la experiencia educativa cambia de forma muy significativa según la etapa. En Infantil, cuando la mayoría de las familias son primerizas, todo se vive con mayor intensidad: cuesta dejar a los niños, se observa cada detalle y cualquier decisión parece definitiva. Esa sensación se atenúa con los años, pero vuelve a activarse con fuerza al llegar a la Secundaria. «Existe una brecha brutal entre Sexto de Primaria y Primero de la ESO», explica. El paso no es solo académico, sino organizativo y emocional. El alumnado pasa de tener un tutor de referencia y pocos especialistas a convivir con hasta once docentes distintos, con dinámicas más impersonales y mayores exigencias de autonomía. «Y para muchas familias –dice– ese cambio se vive como un salto demasiado abrupto, una sensación de que el sistema empuja a los niños a crecer más rápido de lo que están preparados». En este contexto, la elección entre pública y concertada responde a una preferencia más práctica y no ideológica o pedagógica, donde el horario se convierte en una variable decisiva. «En muchos institutos públicos, los alumnos terminan la jornada a las dos de la tarde, una hora difícilmente compatible con la mayoría de los horarios laborales». A esto se suma que desaparecen las becas de comedor y, directamente, el propio servicio, lo que complica aún más la conciliación. Carretero desde su experiencia en Castilla-La Mancha señala que no existen grandes diferencias estructurales entre la educación pública y la concertada, aunque sí apunta que los datos muestran que en la concertada suele haber mayor distancia entre la nota de Bachillerato y la obtenida en la PAU, mientras que en la pública ambas calificaciones están más ajustadas. Un desajuste que, advierte, puede generar un perjuicio a largo plazo tanto en términos de expectativas como de preparación real del alumnado. Aunque las preocupaciones evolucionan, los expertos coinciden en que los criterios de fondo deberían mantenerse. «Si están bien pensados desde el inicio, responden a convicciones profundas que permanecen», explica Harrington. Lo que cambia es el foco emocional de las familias. En Infantil prima la seguridad y el cuidado; en Primaria, la socialización y la atención a las necesidades académicas; en Secundaria, el miedo a la desorientación o al sufrimiento; y en Bachillerato, el acceso a la universidad y la preparación de la PAU . De ahí que Harrington recomiende buscar centros capaces de acompañar todo el recorrido educativo con una mirada integral y continuada. Uno de los aspectos que más peso tiene en la experiencia educativa, y que no siempre aparece en los folletos, es la comunidad. Para Harrington, la continuidad en un mismo centro tiene un valor enorme precisamente por eso. «Las experiencias compartidas generan relaciones profundas y duraderas, que se convierten en un apoyo fundamental cuando el camino se complica». Esto no significa que el cambio de centro no pueda ser positivo en algunos casos, pero la continuidad «ofrece una estabilidad emocional y educativa que resulta especialmente valiosa en el desarrollo personal del alumno». María Sánchez, por su parte, pone el foco en una transición que sigue siendo problemática. «La brecha entre Sexto de Primaria y Primero de la ESO es brutal». Cambia la organización, el número de docentes, el nivel de exigencia y la autonomía que se espera del alumno. Para muchas familias, esa dificultad explica por qué optan por centros que cubren todo el ciclo educativo, especialmente en la concertada, donde además el horario y la conciliación juegan a favor. Esta percepción cambia en entornos más rurales, donde el paso del colegio al instituto es casi siempre obligatorio y se vive con mayor naturalidad. Al no existir una oferta amplia de centros ni la posibilidad real de elegir continuidad, el cambio forma parte del recorrido educativo esperado y genera menos conflicto. En este sentido, Sergio Carretero no conoce datos que indiquen que la continuidad en un mismo centro sea ni positiva ni negativa y aunque el tránsito suele ir acompañado de miedo e incertidumbre por parte de las familias, la vivencia del alumnado es mayoritariamente positiva. «El 99 % afirma sentirse bien y a gusto en el instituto», explica, desmontando así parte del relato de alarma que rodea este cambio de etapa cuando se observa desde fuera. Ante la avalancha de información, ¿qué conviene preguntar para tomar una buena decisión? Harrington sugiere centrar las preguntas en tres ámbitos: proyecto educativo (acceso a estudios superiores y acompañamiento), valores (cuáles son y cómo se viven realmente) y personas (quiénes estarán en contacto directo con el alumno). Sánchez coincide en que cada familia debe formular sus preguntas desde el conocimiento de su propio hijo. Algunas valorarán más la educación no formal como el arte, el deporte, las actividades, pero otras, el horario o los servicios. «El currículo es el mismo para todos gracias a la normativa. La diferencia está en cómo se vive». Carretero añade huir de los rankings de centros: «No suelen ser rigurosos ni mostrar diferencias reales». Recuerda que en todos los centros y en todas las etapas hay profesionales excelentes con los que puede existir más o menos afinidad, algo que forma parte, en cierta medida, del azar. La educación, insiste, funciona gracias a la implicación y profesionalidad de muchos docentes. A medida que crecen, la opinión de los propios alumnos gana peso. En Secundaria, la socialización se convierte en un factor clave. «A veces un centro que para ti es mejor choca con que tu hijo quiere ir donde van sus amigos», explica Sánchez. Escuchar esa voz no significa renunciar a los criterios educativos, pero sí incorporarlos a una decisión compartida. Al final, elegir centro educativo es un ejercicio de coherencia. No se trata de acertar en todo, sino de elegir con sentido, sabiendo que la educación es un camino largo, lleno de matices, en el que la relación entre familia, alumnos y centro es tan importante como cualquier indicador académico.
