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Del púlpito de Jesse Jackson al embate del trumpismo

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Recientemente, falleció a sus 84 años Jesse Jackson, último gran sobreviviente de la epopéyica crónica que constituyó la lucha en favor de los derechos civiles en Estados Unidos.

Jesse Jackson, hijo de madre soltera, nació en un pequeño pueblo de Carolina del Sur en 1941, cuando todavía regía en los antiguos estados esclavistas el sistema de segregación racial y las leyes racistas conocidas como legislación Jim Crow.

Jackson estudió Sociología y Teología. Fue ordenado pastor bautista en 1968, aunque la labor de su vida fue como activista por los derechos civiles y su lucha contra la discriminación racial y sexual. Como cercano colaborador y amigo de Martin Luther King, fue protagonista de los grandes acontecimientos de la lucha por los derechos civiles.

Jackson fue precandidato presidencial del Partido Demócrata en dos ocasiones –1984 y 1988– y no fue un candidato marginal: quedó en tercera y segunda posición, respectivamente, al obtener alrededor del 20% de los votos. Muchos analistas consideran que fue gracias a estos intentos, aunque fallidos, que se le abrió el camino a Barack Obama para convertirse en el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, 24 años después, en 2012.

Logros en suspenso... o en retroceso

La vida de Jesse Jackson ilustra fehacientemente el camino recorrido por la sociedad estadounidense hacia una mayor igualdad. Esto, sin embargo, no quiere decir que la discriminación haya sido eliminada. Los abusos de la Policía en contra de ciudadanos afroamericanos y latinos son aún cotidianos a lo largo y ancho de la Unión Americana.

Es más, el movimiento MAGA (Make America Great Again) constituye una clara regresión. Mucha de la nostalgia hacia ese pasado mítico en el que Estados Unidos fue dizque “fantástico” (great) es una nostalgia encubierta por los años en que la sociedad parecía homogéneamente blanca; los afroamericanos vivían segregados, legalmente o de facto, y la inmigración era, sobre todo, de origen europeo. Aquella proveniente de América Latina y de las antiguas colonias europeas de Asia y de África estaba severamente restringida.

Hoy, las políticas en favor de la diversidad, la igualdad y la inclusión, conocidas como DEI por sus siglas en inglés, herederas de las luchas antirracistas están siendo abandonadas, ya sea por iniciativa propia –como es el caso de muchas grandes corporaciones, con el fin de congraciarse con el presidente Trump, abiertamente hostil a este tipo de iniciativas–, o directamente inducidas por la administración republicana bajo amenaza del retiro, por parte del Gobierno Federal, de subvenciones o donativos que financian total o parcialmente programas de investigación de gran trascendencia social o demográfica.

Si MAGA es veladamente racista y la administración Trump es contraria a las políticas de acción afirmativa, en las redes sociales ha surgido un sinnúmero de comentaristas e influencers de derecha y de extrema derecha, abiertamente racistas, misóginos y, muchos de ellos, antisemitas, quienes, amparados por este nuevo ecosistema de valores, dictan cátedra y establecen los términos del debate. El resultado de ello es que han hecho posible la verbalización de ideas hasta hace poco inaceptables.

Así, el camino hacia la inclusión y la diversidad en Estados Unidos está claramente en suspenso, si no en retroceso.

Desafortunadamente, dada la importancia de la gran potencia, en términos globales, esto tiene repercusiones en muchísimos países, incluyendo el nuestro, donde los mensajes de odio racial, étnico, sexual y xenófobo se han multiplicado.

ceguizab@icloud.com

Cristina Eguizábal Mendoza es politóloga.