Patricia Vico : «La adolescencia nos exige a los padres estar más presentes»
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A Patricia Vico le gustan los personajes con carácter. Ya demostró que le sientan bien cuando se metió en la piel de Carmina Ordóñez y ahora ha vuelto a la carga con la inspectora Martín en la serie 'Salvador': «Me gusta su sentido común. Es valiente sin aspavientos, con un respeto absoluto por la justicia. Y carece de peculiaridades que requieran una interpretación que se centre en un detalle específico. Es una mujer normal, acostumbrada a sortear el machismo de los oficiales en el trabajo, pero consciente de que eso no puede hacerle perder sus objetivos». Patricia se documenta bien para encarnar a esas mujeres que, sobre el papel, son un lienzo en blanco que ella transforma en carne: «He recibido asesoramiento policial, sobre todo para conocer los protocolos, aunque luego me he dejado llevar por la historia, que es muy potente. Me fascina porque refleja la realidad de estos tiempos convulsos en los que se percibe la violencia, la intolerancia que nos rodea». Aunque han pasado casi 20 años desde que diera vida a Maca en 'Hospital Central', resulta imposible no hablar con la actriz sin recordarla: «No solo no me molesta que me pregunten por ella, sino que lo agradezco. Fue el primer personaje que me hizo comprometerme con una causa . Todavía me escriben mujeres que me cuentan los problemas con su sexualidad. Algunas historias son duras; otras, hermosas. Recibí tal baño de amor por parte del público, que puedo decir que a Maca se lo debo todo». Patricia reconoce que tiene «una gran capacidad de escucha porque me ayuda a entender los problemas de los demás. Eso me ha ayudado en el trabajo a desarrollar los personajes». Pero le gustaría «no preocuparme tanto de las cosas, no adelantarme a los acontecimientos temiendo lo peor. No soy negativa, pero me cuesta ser optimista. Preferiría ocuparme en lugar de preocuparme». Su papel como madre «es el mejor que he tenido en mi vida . Me hizo cambiar las prioridades. Hugo, mi hijo, entra ahora en la adolescencia. Soy consciente de que esa etapa nos exige a los padres estar más presentes porque va a vivir una revolución hormonal y se enfrenta a sus primeras decisiones importantes de la vida». La actriz se confiesa ser una romántica empedernida: «Me gusta el romanticismo en todo, hace la vida especial. Me encanta organizar un viaje o una fiesta para mi chico, pero también de sorprender a mis amistades con detalles. Con la gente que quiero hago lo que me gustaría que hicieran conmigo. Soy de cuidar a los amigos, a los compañeros . Y disfruto con las canciones de amor, las tristes, son las más bonitas. Yo trabajo siempre con música, me ayuda a concentrarme, y lo mismo me anima que me hace romper a llorar». Se ha puesto en varias ocasiones a las órdenes de su pareja, el director Daniel Calparsoro, con quien se entiende a uno y otro lado de la cámara: «No nos llevamos el trabajo a casa, pero con él me va mejor desde que cambié el café por la tila », bromea. «Podemos discutir, pero disfrutamos juntos. Le admiro, y eso es clave en una relación. Me siento cómoda con él». A Patricia le gusta encontrar la paz «cuando estoy en control y veo que todo mi entorno está bien. Disfruto cuando salgo a pasear a mi perrita por el parque. Me gusta sentir el calorcito del sol, la playa, nadar en el mar». Ese equilibrio interior salta por los aires «cuando percibo el odio que está desquiciando al mundo. Ya no hay espacio para el debate, ahora la disensión lleva al insulto. Es el triunfo de la intolerancia, eso me da mucha pena». El 'emoji' que más usa: «La carita que lanza un beso. Para mí, fundamental, acompañado de un corazón para despedirme». Se haría un 'selfi' con: «Mi abuelo materno, Lázaro. Era un hombre curioso y moderno para la época. A mi madre le puso el nombre de América. Era republicano, lector y humanista». Un momento 'Tierra, trágame': «Soy muy despistada y un desastre para los nombres. Una vez hablaba con alguien creyendo que era otra persona y luego no supe cómo arreglarlo». Un sacrificio por la fama: «En realidad, ninguno, porque la fama no era mi objetivo». Algo que no puede faltar en su día a día: «Los besos. De mi hijo, de mi chico. Aunque esté enfadada, necesito un beso de buenas noches al acostarme». Un lugar para perderse: «Una gran ciudad como París, Londres o Copenhague. Como no conduzco, me gusta pasear y callejear. También, las playas de República Dominicana». Tiene miedo a: «La enfermedad y la pérdida. Mi madre falleció hace tres años y no he vuelto a ser la misma desde entonces. El tiempo juega a favor para superar el dolor, pero me costó. Intenté superarlo entreteniéndome con el trabajo, pero al final llegó el bajón. Su muerte hizo que se rompiera algo en mí y eso me cambió para siempre. Te das cuenta de que la vida es un ciclo en el que pasas de ser la hija de tus padres y acabas cuidándolos como si tú ahora fueras su madre…». Su primer beso: «Me gustó, pero me asustó porque empezó suave, pero luego el chico se vino arriba. Fue bonito, pero me sorprendió tanta lengua». Un propósito que nunca cumple: «Deporte. Me apunto, pero solo voy al gimnasio cuando tengo trabajo y necesito prepararme. Soy un poco 'pagamatrículas'». Dentro de 10 años se ve: «Bien. Mayor, pero con más serenidad, algo importante en estos tiempos convulsos. No me veo viviendo en el campo, soy de salir a tomar el café, de saludar a la gente, de ir al cine. La soledad me aburre». La pequeña Patricia: «Era alegre, algo gamberrilla, pero tímida. Al principio me costaba hacer nuevos amigos porque no me mostraba. Me ayudó el teatro, con las obras del grupo del colegio. Todavía conservo mi grupo de amigas de esa época. Era social, me gustaba jugar en la calle. Era de las que siempre pedía que me dejaran quedarme un poco más. En clase no fui especialmente buena, me ponía a estudiar la víspera. Eso sí, como me divertía saltarme las estrictas reglas de las monjas, a mi madre la llamaban muchas veces del colegio».
