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La implosión de Vox la mueve el control del poder y de los recursos

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La ruptura entre Javier Ortega Smith y Santiago Abascal vivió ayer un nuevo capítulo de choque, que movería, hasta altos niveles de desestabilización, los cimientos de cualquier organización política sujeta a unas mínimas reglas de funcionamiento democrático.

El fundador, hoy caído en desgracia, va a por todas después de que Abascal pusiera en marcha el procedimiento para expulsarle de la formación. «Voy a pelear dentro del partido con los recursos que permiten los estatutos. Si tengo que llegar a la jurisdicción ordinaria, llegaré. ¿Recuerdan aquello de los bomberos? Si cae uno, caemos todos». Ortega Smith no aclara por qué cree que Abascal quiere quitarle de en medio, y tampoco lo hace Abascal. Pero el que fuera mano derecha de Abascal, concejal del Ayuntamiento de Madrid, sí ha dejado claro que no está dispuesto a renunciar a la portavocía en el Ayuntamiento sin dar la batalla. De momento, el grupo municipal ya se ha roto. De hecho, la cúpula nacional ha ejecutado el enrevesado movimiento de dirigirse a la Secretaría General del Pleno, en lugar de a su propio grupo, para tratar de ejecutar el relevo de Ortega Smith como portavoz. El interrogante más morboso es qué pasaría si éste se marcha al grupo de no adscritos.

Detrás de este lío, lo que queda al descubierto no es solo una crisis de liderazgo, sino un conflicto más profundo: el del control del poder y de los recursos financieros del partido. La ideología es sólo un pretexto.

Ortega Smith es uno de los arquitectos originales del proyecto y su desafío no puede despacharse como un ajuste disciplinario. Cuando acusa a la dirección de «persecución» y de orquestar filtraciones contra su honorabilidad, lanza una impugnación directa al núcleo de mando de Vox. Y cuando Abascal responde que «es la dirección la que manda», está haciendo un recordatorio de la jerarquía en un partido donde todo lo deciden unos pocos, cada vez menos, y en función de sus intereses personales.

De hecho, lo que criticaba no hace tanto Abascal sobre el funcionamiento de los partidos tradicionales, aquello de la falta de democracia y que funcionaban como una especie de chiringuitos al servicio de sus aparatos, es hoy el pecado de Vox. Trece años después de su fundación, el partido ofrece una paradoja difícil de disimular: ha reproducido puertas adentro aquello que denunciaba puertas afuera. La opacidad, la partitocracia.

La salida progresiva de figuras fundadoras –Macarena Olona, Iván Espinosa de los Monteros y ahora la caída en desgracia de Ortega Smith– no responde, por tanto, a discrepancias ideológicas. Vox no ha vivido grandes debates doctrinales en público. No hay una batalla de ideas comparable a la que fractura a otros partidos europeos de la derecha radical. Lo que se percibe es otra cosa: una concentración creciente de poder en torno a Abascal y su círculo más estrecho, que es orgánica, pero, como denuncian los expulsados, también económica. Uno de los elementos más sensibles en la crisis es la relación entre el partido y la Fundación Disenso, el laboratorio ideológico presidido por Abascal.

Vox transfirió millones de euros a esta estructura en los últimos años. Formalmente, dentro de la legalidad de las fundaciones vinculadas a partidos. Pero, políticamente, el movimiento generó malestar interno: en un organización que ha hecho de la denuncia del «chiringuito» una bandera, la existencia de un ecosistema paralelo, financiado con recursos procedentes en parte de la actividad institucional, plantea interrogantes incómodos. Más aún cuando el control de esa estructura recae en el mismo liderazgo que decide sobre candidaturas, listas y cargos públicos.

A esto se suma el historial de advertencias y sanciones del Tribunal de Cuentas por irregularidades en la financiación en ejercicios anteriores. Nada que haya supuesto un terremoto judicial, pero sí suficiente para alimentar la sospecha de que el debate interno no es solo político, sino también sobre la gestión de fondos públicos, donaciones y subvenciones.

Los expulsados colocan, además, el acento en el hecho de que Abascal ha convertido Vox en una maquinaria fuertemente presidencialista. No hay corrientes organizadas ni baronías territoriales con peso propio. La disciplina es férrea y la discrepancia, un riesgo. El mensaje hacia dentro es claro: la uniformidad y el acatamiento son las garantias de la supervivencia. Pero esa lógica tiene un coste porque un partido construido sobre la lealtad personal es más frágil cuando surgen tensiones económicas o estratégicas.