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Naomi Campbell, diabla de la fama, musa de Epstein

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Abc.es 
Los papeles de Epstein , que están resultado el libro de arena, pero con lujuria delincuencial, orean ahora el nombre de Naomi Campbell , que andaba por allí. Se constata que la modelo era convidada a algunas fiestas de Epstein, donde Naomi cumplía de embeleso y espejo y reclamo para tantas chicas pobres y soñadoras, que veían en la archimodelo un ejemplo de celebridad definitiva, y un aval del poderío de la agenda del millonario. De modo que Epstein sentaba a su mesa a Naomi, porque la influencia se acredita muy rápido y muy bien y muy todo si vas del brazo de una maniquí fastuosa, como Campbell. A Naomi Campbell la teníamos ya un poco olvidada, y ahora regresa, porque hay pasados que tienen mucho futuro. Si nos ponemos urgentes, y algo festivos, podríamos arriesgar que las modelos se dividen en Naomi Campbell y el resto. Parece la frase una hipérbole alegre pero es una constatación casi zoológica. Resulta que hay especies que inauguran un género. Naomi no solo ha sido una negra mitológica, encumbrada durante décadas, sino un modo de moverse, de estarse quieta. Ha logrado de su biografía un podio de famosa de portada , vestida mucho, o poco, y también una página de chica de mala leche, con juzgados o sin juzgados. O sea, que nunca ha parado. Estaba algo desaparecida, y Epstein nos la resucita. En su existencia no hay descanso narrativo, porque cada temporada trae la colección de un modisto rutilante y algún capítulo de la vida exótica y más bien imprevisible de ella misma. Fundó un día Fashion for Relief, bajo esa mezcla tan suya de filantropía sideral y alfombra roja, de causa pulcra y cóctel internacional. Pero pronto se tiznó la cosa, porque asomaron auditorías que no aplaudieron, precisamente, iluminando porcentajes que apenas rozaban la beneficencia, cifras que se referían a hoteles de lujo , vuelos privados, o tratamientos de spa. El ánimo de lucro se vio poco, o muy poco, en el destino final de los fondos. Estamos, con Campbell, ante una belleza fiera cuya vida es una trinidad de pasarela, juzgados y novios, no necesariamente por este orden. En los noventa, cuando las modelos eran famosas como futbolistas con Wonderbra, Campbell compartía paraíso y caché con Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Elle Macpherson, Linda Evangelista . Naomi pertenecía, como hoy, a la estirpe de las feroces, a la «raza de los acusados» que diagnosticara Cocteau a otros efectos. Luego está la pasarela paralela de los amores. Con Joaquín Cortés inauguró el incendio . Salió en las revistas de novia del magnate Vladislav Doronin. Más tarde, el rapero Skepta puso un latido contemporáneo a su leyenda sentimental. Ha sido una mujer de ir cambiando mucho de novio , pero yo la he visto siempre soltera, ahí en el centro exacto de su propia fama, entre la estatura que se cabrea y la rebelde con pasaporte de famosísima. Ya ha brincado, con holguras, los 50, y todavía repercute emocionante, con esa cosa de atleta de erotismo que siempre ha tenido, entre diabla del corte y confección y musa de malditos, empezando o acabando en Epstein. A cada rato desfila en París o en Milán , muy abrigada de bragas de lujo, que es como a veces se viste o se desviste para los cócteles internacionales. Ha acuñado la madurez inevitable como un argumento estético. Mientras las ninfas recién llegadas afilan la cátedra de bikinis en Instagram, Naomi conserva y prestigia la liturgia antigua del oficio, que incluye el silencio tras la cortina de teatro, la respiración de alta costura, el primer paso que bifurca el aire. No sé yo si hay heredera en el póster de guapa o en los méritos de infractora. Es un nombre cimero en su oficio espejeante. Ha sobrevivido a su propio póster, que sirve a la tentación, y a la contradicción. Intuyo que ha bajado su cotización, pero aún tiene tirón en el mercado simbólico. Ahí sigue, entre el flash y el expediente, entre el glamur y el reproche. Tiene un ajuar de excesos y un afán de selva.