ru24.pro
World News in Spanish
Февраль
2026
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28

Israel Merino: «La España rural ya no existe; se ha convertido en una suerte de España periurbana»

0
Abc.es 
Debido al hechizo de la nueva mística rural, muchas personas optan en refugiarse en los mismos pueblos que antes despreciaban a cambio de huir de la ciudad, de la modernidad, del «lugar hostil» para volver al 'locus amoenus'. Sin embargo, en ambientes cerrados donde todo el mundo se conoce, es difícil no sentirse parte de un juego de matrioskas; aún más si interactuar con sus habitantes es como hablar con los Baker en 'Resident Evil 7: Biohazard'. Israel Merino (Fuensalida, 2000) se centra en el lado más crudo de estos espacios en 'Epifanía' (Temas de Hoy), donde desmonta la mitificación del pueblo como lugar de retiro idílico y pone en jaque las carencias de la España profunda: desde el machismo estructural hasta el peso asfixiante de sus jerarquías. —Ha pasado de escribir 'creepypastas' en un blog a escribir libros y columnas de opinión. —Como buena persona de la Generación Z que ha habitado Internet desde que tenía once años, a mí me empezaron a llamar mucho la atención todos los vídeos de las movidas que estaban de moda en la época: el Slenderman y estas cosas que tanto gustaban. Me puse también a escribir, a imitar; al final creo que un escritor es un poco un imitador, entonces me puse a imitar todo aquello que iba leyendo. Y por esta tontería de los cuentecillos de miedo y demás, un profesor de mi instituto me recomendó que leyera a Stephen King. A raíz de empezar a leerlo, pasé de querer imitar 'creepypastas' a querer imitar a Stephen King. Me encantaría decir en las entrevistas que empecé leyendo a Proust o 'La Divina Comedia' de Dante, pero cada uno empieza con lo que empieza. —En 'Epifanía' explora diversos tópicos sobre la idiosincrasia del 'pueblo cerrado', pero actualmente asistimos a una romantización de lo rural. ¿A qué atribuye este auge por idealizar el retorno al pueblo y la vida en el campo? —Considero que existen dos explicaciones fundamentales: la primera es la pandemia y la segunda, el precio de los alquileres en las grandes ciudades. Suelo decir, de una forma un poco provocativa pero también muy en serio, que la España rural ya no existe; que ha desaparecido para convertirse en otra cosa. El precio de la vivienda ha expulsado a quienes residían en los centros urbanos o en los anillos exteriores hacia los pueblos, debido a la gentrificación. El habitante original de Malasaña es desplazado por el 'nativo digital' y se muda a Legazpi; el de Legazpi debe marcharse a Carabanchel; el de Carabanchel a Cuatro Vientos; de ahí a Móstoles y, finalmente, de Móstoles a Toledo. Es un proceso de huida constante. Somos seres narrativos; necesitamos inventarnos un relato para justificarnos. Es normal idealizarlo, decir que el entorno es inmejorable, que la gente es maravillosa y que el panadero te reserva el pan, aunque sea mentira. —¿Cree que los jóvenes ocultan su verdadera personalidad o, por el contrario, se ven obligados a forzarla para encajar en un extremo donde se sientan protegidos? —Sí, totalmente. Me resulta muy curioso porque yo provengo de un pueblo de doce mil habitantes donde, aparentemente, no hay ni un solo gay. Por pura estadística debería haberlos, pero por lo que se sabe, no existen; o quizá están ahí y no lo dicen, no lo sé. No pretendo decir que las ciudades sean paraísos donde cada uno puede explorar su identidad libremente, pero es innegable que los pueblos, generalmente, son todavía más herméticos. Por eso mucha gente oculta su verdadera personalidad. No es lo mismo vivir en un pueblo que habitarlo. Tienes que someterte a las costumbres locales; debes transitar esos 'lugares comunes' de pensamiento que ya existen. Si no lo haces, la consecuencia es la exclusión. —¿A qué atribuye que persista este panorama tan conservador, impidiendo que se produzca un avance real en ciertos pueblos? —Creo que siempre ha sido así. Al final, las ciudades son lugares de tránsito y yo sostengo que el mestizaje siempre es beneficioso; en los entornos urbanos se conoce a gente nueva constantemente y existe un flujo ininterrumpido de viajeros y turistas. Históricamente, las ciudades más liberales o abiertas han sido las marítimas, precisamente porque allí llegaban los marineros, los comerciantes y los cruceros. Había un intercambio humano constante. En los pueblos la realidad es muy distinta. Aunque se hable mucho del turismo rural, este no llega a todas partes. La mayoría de los pueblos castellanos son simplemente núcleos de cinco mil casas feas construidas en los años ochenta donde el turismo no tiene impacto alguno. A esto se suma la carencia de infraestructuras culturales y de transporte: no hay una red de librerías, apenas hay bibliotecas públicas y el tren no llega a muchos sitios. —¿Cree que existe margen en el entorno rural para que las nuevas generaciones articulen identidades masculinas alternativas? —Confieso que términos como «nuevas masculinidades» aún me resultan ajenos, pero entiendo que la dificultad para integrarlas en el entorno rural responde al mismo inmovilismo que define a los pueblos. Casi todas las corrientes intelectuales y vanguardias sociales se gestan y retroalimentan en las urbes. Al pueblo solo llegan los ecos. Se venden como espacios de colectividad, pero esconden un individualismo rudo y brutal. El «hombre proveedor», aquel que debe ser autosuficiente, capaz de cazar, cultivar o levantar un muro con sus propias manos. Ese ideal del hombre perfecto e individualista es la cuna de la masculinidad ruda. Parece que, para preservar la identidad del pueblo, se considera necesaria esa figura del protector frente a lo foráneo, un rol ancestral que, en mi opinión, debería abolirse definitivamente. —¿Considera que la política local opera bajo una lógica de supervivencia cultural que desdibuja las directrices nacionales de los partidos? —Absolutamente. Existe una desconexión total entre las directrices nacionales y la praxis local. Para ilustrarlo, basta con mirar el caso de mi pueblo, Fuensalida. Allí, el Partido Popular ejerció una hegemonía ininterrumpida desde las primeras elecciones municipales hasta la legislatura pasada, cuando finalmente accedió el PSOE al poder. Si uno busca el nombre del municipio en las noticias, aparece tristemente vinculado a ser la localidad con más vestigios franquistas en su callejero de toda España. Lo paradójico es que el propio PSOE local se mostró reticente a modificar esos nombres. Los cambios se produjeron únicamente por imperativo de una sentencia judicial. Es asombroso recordar que llegaron a recurrir el nombre de la calle Millán-Astray, escudándose en que su figura no representaba el fascismo, sino la fundación de la Legión. Insisto: esto fue una decisión del PSOE. En la campaña de un alcalde, el carné del partido es un accesorio secundario frente a la identidad del vecino que aspira al cargo. —¿Existen «pueblos dentro de pueblos» donde la jerarquía es tan rígida que algunos vecinos son ciudadanos de segunda en su propio hogar? —Sin duda. Uno puede residir veinte años en un pueblo y, sin embargo, seguir siendo un forastero a ojos de los demás; la etiqueta es indeleble. Ser «del pueblo» exige algo más que el nacimiento: requiere prosperar según sus cánones. Puedes ser el descendiente de una estirpe reputada, pero si fracasas en los circuitos del éxito local —si dejas de ser productivo o si en la iglesia entregas una moneda en lugar de un billete— se te expulsa simbólicamente. Esta dinámica de exclusión se hace aún más evidente con las nuevas corrientes migratorias. Hablamos mucho de la España vaciada, pero olvidamos esa España periurbana que recibe un flujo constante de habitantes. Se crean entonces realidades paralelas: pueblos de veinte mil habitantes donde el núcleo originario se atrinchera en su identidad mientras relega a los nuevos residentes a las márgenes. —¿Cómo de doloroso cree que puede ser el sentimiento de exclusión en un sitio donde todos se conocen por su nombre? —Me resulta irónico observar cómo los vecinos «de toda la vida» murmuran con desprecio al ver a los extranjeros cohesionarse: «Mirad cómo se juntan entre ellos, los cabrones», dicen, olvidando que son ellos mismos quienes les niegan la palabra. Es una ceguera voluntaria: ¿con quién se supone que deben relacionarse si se les cierran todas las puertas? Es algo que Rafael Chirbes retrata magistralmente en 'En la orilla'. Estas personas optan por construir su vida como buenamente pueden, refugiándose en aquellos que comparten su misma situación de orfandad comunitaria. —¿La escritura de 'Epifanía' ha supuesto para una suerte de reconciliación con sus raíces o debe entenderse como el portazo definitivo para distanciarse de su origen? ¿O se sitúa quizá en un complejo término medio? —No considero que sea un portazo definitivo; al fin y al cabo, los vínculos con mi pueblo son indisolubles, me guste o no. Allí permanece mi familia, mi abuela y mis perras. No obstante, dudo si el proceso ha sido un ejercicio de redención o, más bien, un ajuste de cuentas pendiente. Si analizo la obra con frialdad, no todo es sombrío. El libro encierra una revelación, una epifanía; hay un trasfondo en los acontecimientos que, pese a su crudeza, admite una lectura positiva desde ciertas perspectivas. Es cierto que aproveché para resolver mis pequeñas rencillas personales a través del texto, pero dudo que mi relación con el pueblo se transforme radicalmente. Quiero pensar que no... aunque quizá, la próxima vez que regrese, terminen colgándome de la picota. —¿Tiene constancia de la recepción que ha tenido allí? ¿Sabe si sus vecinos han accedido ya a la lectura? —Es cómico. Sé que mi familia posee ejemplares y que algún vecino, de forma anecdótica, lo ha adquirido. La difusión es mínima por una razón tan curiosa como reveladora: mi pueblo, a pesar de sus doce mil habitantes, carece por completo de una librería. Es una paradoja desoladora que define bien el contexto del que hablo: no existe ni una sola librería en todo el municipio; absolutamente ninguna.