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Negocios familiares: la base que resiste, pero no despega

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México tiene un problema estructural que no estamos queriendo ver de frente: la economía descansa en millones de negocios familiares que sobreviven… pero no logran prosperar.

Hoy existen más de 6.1 millones de MiPyMEs en el país; representan el 99.8% de las unidades económicas. Sin embargo, el dato que duele es otro: el 67% opera en la informalidad . Es decir, la mayoría de los pequeños negocios vive al margen del sistema, no por elección ideológica, sino por sobrevivencia.

Al mismo tiempo, en los últimos dos años se han perdido 43,578 registros patronales ante el IMSS, la caída más profunda desde 1998. No hablamos de estadísticas frías; hablamos de empresas que cerraron, empleos que desaparecieron y familias que retrocedieron.

En este contexto se discute la reducción de la jornada laboral a 40 horas. La meta social es legítima, pero el “cómo” importa. El propio sector advierte que muchas empresas enfrentarían incrementos de costos de entre 15% y 20% para sostener operación, ya sea contratando más personal o pagando horas extra. Y en comercio, servicios y turismo —con horarios extendidos y márgenes ajustados— el impacto es mayor.

Las cámaras empresariales no rechazan el bienestar; piden gradualidad, acompañamiento temporal e incentivos a la productividad. El mensaje es claro: bienestar sí, pero sostenible.

Aquí entra un debate de fondo que plantea Viri Ríos: la informalidad no es la causa del subdesarrollo, sino el síntoma de una economía que no genera suficientes empleos de calidad. Además, desmonta un mito incómodo: la mayoría de quienes están en la informalidad sí pagan impuestos al consumo vía IVA. Ser informal no significa no contribuir; significa no tener seguridad social ni derechos laborales.

Entonces, ¿qué está fallando? Parece que el sistema exige cada vez más a quienes ya operan con menor margen: seguridad precaria en muchas regiones, corrupción local, sobrerregulación, costos laborales crecientes y baja productividad. El resultado no es más formalidad, sino más presión.

Si de verdad queremos fortalecer la economía real —la tienda, el restaurante, el taller, el hotel familiar— necesitamos una reforma estructural. Una discusión honesta sobre el modelo de contribución: ¿tiene sentido seguir cargando cuotas de seguridad social altas a microempresas que apenas respiran? Si el IVA es una fuente amplia de recaudación, ¿podría simplificarse el esquema tributario y reducir drásticamente las cuotas para universalizar la seguridad social con menor costo unitario?

Colombia y Chile han optado por esquemas graduales para reducir la jornada, con calendarios claros y transiciones programadas. México no puede darse el lujo de improvisar en un entorno de bajo crecimiento, pérdida de registros patronales y alta informalidad.

El país necesita menos presión y más estructura. Menos narrativa y más ingeniería institucional. Porque los negocios familiares no piden privilegios; piden reglas viables para competir, formalizarse y crecer.

Si ellos despegan, despega México.