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“Requiem”: Un viaje inmersivo y espiritual al paraíso

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Con una cuidada combinación de música antigua y contemporánea, el Auditorio Nacional acoge el próximo sábado 21 de febrero “Réquiem de Mozart–Hacia el paraíso”, una propuesta de gran profundidad espiritual a cargo de la orquesta de instrumentos originales Barucco y el Barucco Vocal Consort, bajo la dirección de su fundador, Heinz Ferlesch. El concierto se inscribe dentro del ciclo Viena en Madrid, que celebra su quinta temporada y propone un programa concebido como un itinerario sonoro entre lo terrenal y lo trascendente, del recogimiento del canto gregoriano a la intensidad dramática del “Réquiem”, pasando por obras corales a cappella como “Da pacem Domine” de Arvo Pärt e “Immortal Bach” de Knut Nystedt. Las páginas sacras de Mozart “Exsultate, jubílate”, con la soprano Miriam Kutrowatz, y el “Ave verum corpus” “preparan el camino hacia una de las obras más conmovedoras de la historia de la música”, como explica el director austriaco, Heinz Ferlesch.

¿Qué es este concierto?

Fundamentalmente, un homenaje a Wolfgang Amadeus Mozart, cuya obra celebramos a través de tres composiciones esenciales. Aparte del “Requiem”, piezas como la cantata “Exsultate, jubílate” escrita en su juventud es una de las obras más conocidas y apreciadas del maestro, que permite a los cantantes demostrar la extraordinaria virtuosidad de la voz humana y el motete “Ave verum corpus” que constituye, en cierto modo, su contrapunto. Mozart compuso esta pieza serena y depurada en los últimos meses de su vida, mientras trabajaba en “La flauta mágica” y en el “Réquiem”, de este modo, el programa traza simbólicamente el arco vital de Mozart.

Cuál es el programa completo

Comienza retrocediendo varios siglos en la historia de la música con el canto gregoriano “Da pacem Domine”, seguido por la obra homónima de Arvo Pärt, compuesta en 2004. Entre ambas versiones del mismo texto median más de mil años, y sin embargo respiran un mismo lenguaje espiritual. En la sonoridad de Pärt encontramos el puente hacia nuestro tiempo. A ello se suma el coral “Immortal Bach” de Knut Nystedt, una relectura profundamente emotiva del coral “Komm, süsser Tod”, que actúa como preámbulo al “Réquiem”, que escucharemos en la segunda parte. Como contraste al sonido del coro y la orquesta, interpretamos también obras a cappella. Me parece especialmente atractivo que en un programa para coro y orquesta se incluyan piezas sin acompañamiento instrumental, ya que esta forma de hacer música añade una dimensión sonora adicional que llena el espacio de una manera distinta y profundamente íntima.

¿Cuáles son los aspectos clave del “Requiem” de Mozart?

Su fuerza y capacidad de conmover siguen sorprendiendo, aunque amplias secciones no procedan directamente de su pluma. En este sentido, debemos reconocer la labor de Franz Xaver Süssmayr, uno de los compositores más respetados de su tiempo, que completó la obra. Mozart posee la extraordinaria capacidad de unir lo pequeño y detallado con lo grande y universal. Puede expresar una casi infantil ligereza dentro de amplios arcos formales. Al mismo tiempo, es plenamente consciente de la tradición musical anterior, donde se perciben claras influencias de Händel. La tonalidad de re menor transmite gravedad y dramatismo. Coros como el “Dies irae” evocan con fuerza imponente la imagen del Juicio Final, mientras movimientos como el “Recordare” o “Lacrimosa” están impregnados de súplica íntima y esperanza frágil. Su “Réquiem” combina tradición barroca con la fuerza expresiva del clasicismo. Es al mismo tiempo un legado personal y una obra universal sobre la muerte y la esperanza. Quizá ahí radique su vigencia permanente: no habla únicamente del final, sino también de la añoranza de luz y paz.

¿Es una propuesta sólo musical o también inmersiva y espiritual?

La idea central es situar el “Réquiem” en el contexto de la búsqueda de sentido del ser humano. Durante muchas décadas, la paz en Europa parecía casi algo evidente. Sin embargo, en nuestros días comprobamos dolorosamente que no lo es. La aspiración a la paz interior y exterior, a la serenidad y al reconocimiento mutuo, es tan antigua como la humanidad misma y acompaña la vida de cada persona. Este amplio arco existencial es el que intenta reflejar musicalmente el programa. Por ello, no se trata únicamente de una interpretación musical, sino también de una experiencia espiritual e inmersiva que invita a la reflexión.

¿Hay en la música un mundo invisible detrás del visible?

Para mí, la respuesta es claramente afirmativa. Más allá del texto, la articulación, el ritmo, la dinámica y todos los elementos “técnicos” de la música, existe el lenguaje del sonido. Y este lenguaje abre un canal hacia aquello que permanece oculto, pero que considero indudablemente real. En este contexto recuerdo una frase de Nikolaus Harnoncourt: «Estoy convencido de que la música tiene un origen divino». Yo también lo siento así. Tal vez esa sea la razón por la que tanta música sacra sigue resonando en las salas de concierto. Tenemos la intuición y la nostalgia de una belleza y una verdad que trascienden lo cotidiano.