Bolivia suma tecnología con la llegada de Starlink, pero persisten problemas
El anuncio sobre el inicio de operaciones de la multinacional Starlink en Bolivia ha despertado entusiasmo, expectativas económicas, pero también dudas e inquietudes desde un punto de vista técnico e informático.
En un país que arrastra años de rezago en conectividad —reflejado en los reportes globales de Ookla, donde el internet móvil boliviano figura entre los más lentos del mundo— la llegada del servicio satelital parece, al menos en el discurso público, una solución inmediata. Sin embargo, especialistas consultados coinciden en algo: será un avance importante, pero no una respuesta definitiva.
El presidente de la Fundación DAMA Bolivia, Diego Poppe, explicó a La Razón que el principal cambio tecnológico no está en el concepto de internet satelital —que Bolivia ya tenía— sino en el tipo de órbita. Mientras los satélites tradicionales geoestacionarios operan a más de 35.000 kilómetros de altura, la constelación LEO funciona a unos 550 kilómetros. Esa diferencia altera completamente la experiencia del usuario. “La diferencia en latencia es amplia, los GEO tienen aproximadamente de 600 a 800 milisegundos, los LEO tienen de 20 a 40 ms”, afirmó. En la práctica, eso permite videollamadas fluidas, juegos en línea y transferencias de datos en tiempo real, algo difícil con los sistemas clásicos.
Internet
Mario Durán, experto en derecho y tecnología, coincide en que se trata de un salto cualitativo. Explicó a este medio que esta red global permitirá acceso de banda ancha en zonas donde la fibra óptica nunca llegó y abre posibilidades en teleeducación y telemedicina. Pero introduce un matiz clave: la innovación no equivale automáticamente a inclusión. La tecnología puede existir sin que la mayoría pueda pagarla.
Cristian León, director de la Fundación InternetBolivia, lo resume con claridad: “sí genera una oferta más diversa con respecto a servicios de Internet, pero hay que ser bastante claros con respecto a que no es una solución con respecto a los problemas de Internet que tiene Bolivia”, dijo en una entrevista con La Razón.
El especialista advierte que el costo mínimo supera los Bs 400 mensuales y requiere una antena de más de Bs 2.000, además de pagos en dólares mientras no exista representación local. Eso sitúa al servicio fuera del alcance de la mayor parte de la población.
Última milla
La diferencia entre cobertura y acceso es central. Bolivia posee decenas de miles de kilómetros de fibra óptica desplegada y conectada a la mayoría de municipios. Sin embargo, el problema está en la llamada “última milla”, es decir, la conexión efectiva hacia hogares, escuelas o centros de salud. León explica que la infraestructura troncal ya existe, pero no llega a la gente porque las operadoras consideran que la inversión no siempre es rentable en áreas dispersas o en zonas rurales.
Ahí aparece el contraste más fuerte entre expectativa política y realidad técnica. Starlink puede llevar señal a lugares aislados, pero no reemplaza la necesidad de redes terrestres económicas y masivas. León señala que la solución estructural pasa por políticas públicas que permitan a más empresas usar fondos estatales de conectividad y expandir el acceso domiciliario. Sin ello, la brecha digital seguirá intacta.
Poppe agrega otra dimensión: el mercado urbano. Allí ya existe cobertura, pero no necesariamente calidad. El internet satelital podría actuar como presión competitiva para mejorar velocidades de los operadores tradicionales. “Podría generar que se mejore la calidad en la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel), Tigo y Viva”, sostiene, en referencia a Entel y otras empresas locales.
Tecnología
Durán comparte la idea de competencia indirecta. Según él, inicialmente el servicio será de gama alta, pero la historia tecnológica muestra que la presión competitiva suele forzar mejores planes y precios. No obstante, aclara que la democratización dependerá de la escala de adopción y de políticas regulatorias.
El impacto también alcanza al satélite nacional Agencia Boliviana Espacial y su sistema geoestacionario Túpac Katari. Los especialistas descartan que desaparezca, pero sí anticipan un cambio de rol. Poppe sostiene que su uso masivo comercial perderá sentido frente a la tecnología LEO, aunque puede mantenerse en comunicaciones gubernamentales, respaldo institucional o transmisión social. Durán coincide: la coexistencia obligará a especializar servicios donde la latencia no sea crítica.
Otro punto sensible es el comercio informal de antenas. Tras el anuncio gubernamental, proliferaron ofertas en redes sociales. León advierte que el servicio ya funcionaba de manera informal usando direcciones de países vecinos, pero comprar equipos de segunda mano implica riesgos: falta de garantía, bloqueos regionales o ausencia de soporte técnico. Durán recomienda adquirir únicamente mediante canales oficiales para evitar estafas o hardware incompatible.
Starlink
Más allá del entusiasmo, la discusión central vuelve al modelo de desarrollo digital. Para León, la narrativa de que una empresa extranjera resolverá la brecha tecnológica es errónea. “El problema de la brecha digital es otro”, afirma, y lo vincula a diseño institucional, regulación y políticas públicas. Incluso menciona que la fibra óptica sigue siendo globalmente el mejor internet por estabilidad y costo.
Poppe introduce el concepto de arquitectura híbrida: integrar satélite LEO, satélite GEO, fibra óptica y redes móviles. En su visión, el futuro no será de reemplazo sino de complementariedad tecnológica. Durán amplía la idea al plano económico: la soberanía digital depende de consolidar infraestructura terrestre para permitir industria tecnológica, inteligencia artificial y servicios digitales competitivos.
En ese contexto, Starlink se vuelve en un símbolo más que en una solución. Representa modernización, pero también evidencia las limitaciones estructurales del país. Puede conectar una escuela aislada, facilitar telemedicina rural o mejorar productividad minera, pero no sustituirá políticas de inclusión digital ni abaratará automáticamente el acceso.
La paradoja es clara: Bolivia necesita el servicio, pero no puede depender de él. De acuerdo con los especialstas en el sector, la verdadera transformación vendrá cuando la conectividad deje de ser un servicio premium y pase a ser infraestructura básica universal. Mientras tanto, la constelación satelital marcará un cambio relevante en la calidad de conexión para ciertos sectores, presionará al mercado local y abrirá nuevas aplicaciones tecnológicas.
El reto será convertir ese avance en desarrollo y no solo en velocidad. Porque la diferencia entre tener internet y aprovecharlo no está en los satélites, sino en las decisiones públicas que determinan quién puede usarlo y para qué. En tanto, se espera conocer pronto los precios formales de Starlink.
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