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Xesús Ron, dramaturgo: "A casi cien años del golpe de Estado nos deja perplejos que una parte de la sociedad reivindique el silencio"

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El Grupo Chévere, Premio Nacional de Teatro en 2014, estrena el 20 de febrero 'Ictus', una obra documental en la que indaga en la memoria incómoda y traumática del 36 a partir del día en que Núñez Feijóo recepcionó, como presidente de la Xunta de Galicia, el cuadro 'A derradeira lección do mestre' de Castelao

Un cuadro de Castelao y un mural en la pared: el desafío de Chévere a la pérdida de la memoria y lo efímero del teatro

El 3 de octubre de 2018, 15 personas se arremolinaron alrededor de un cajón de madera en la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela. La ocasión era solemne: Galicia recibía, 63 años después de que Castelao lo pintase en el exilio argentino, el imponente óleo de A derradeira lección do mestre, su imprecación y honra a los asesinados del 36, personificados en el rostro de su irmán y dirigente galleguista fusilado Alexandre Bóveda. Alberto Núñez Feijóo, en 2018 presidente de la Xunta por el PP, leyó un breve discurso en el que negó, por omisión, la mayor. “Es un símbolo por la lección histórica que representa y el homenaje que dedica a los maestros”, intentó despolitizar aquel acto ya de por sí inaudito. “Nos sigue dejando perplejos que, casi cien años después del golpe de Estado, una parte de la sociedad siga reivindicando el silencio a niveles extremos”, explica a elDiario.es el dramaturgo Xesús Ron (Vigo, 1965). La llegada a Galicia de A derradeira lección do mestre -el escritor Manuel Rivas lo definió una vez como el “Guernica gallego”- y la intervención de Feijóo fueron la semilla de Ictus, el nuevo montaje del Grupo Chévere, Premio Nacional de Teatro en 2014. Pero la obra, una nueva incursión en el teatro documento, radical e indagador, no es una reivindicación al uso de la memoria histórica. Una charla de la asociación Dano Cerebral Galicia sobre el acceso a la cultura de las personas con discapacidad ayudó a Chévere a perfilar la propuesta. “Ictus es una palabra latina que significa golpe”, recuerda Ron, “la gente que tiene daño cerebral y, como consecuencia alteración de la memoria, debe trabajar constantemente para recuperarse. Incidimos en eso: ¿estamos en disposición de realizar un esfuerzo colectivo para superar el trauma del golpe?”.

Ictus se estrena el viernes, 20 de febrero, en Santiago de Compostela, la dramaturgia y dirección corre a cargo del propio Ron y la protagonizan los actores Patricia de Lorenzo, Miguel de Lira y Borja Fernández.

¿Recuerda lo que pensó cuando escuchó a Feijóo, entonces presidente de la Xunta de Galicia, afirmar que A derradeira lección do mestre era “un homenaje a los maestros”?

Entonces ni me enteré. Nuestro acercamiento fue posterior y es un acercamiento muy racional, nada emocional. Partimos de una reflexión sobre lo que puede significar un acto como la recepción oficial del cuadro e intentamos contar una historia relacionada con la memoria y con cómo se construyen diferentes narrativas sobre los mismos hechos. Pero yo no vi la exposición en la que se mostró el cuadro ni escuché a Feijóo.

En el cuaderno de dirección de Ictus que ha publicado Chévere, explican que enviaron un cuestionario a todas las personas presentes en la llegada del cuadro -Gobierno gallego, líderes de la oposición de izquierdas, técnicos, estudiosos- sobre las sensaciones que experimentaron ese día. Las únicas que no respondieron fueron las vinculadas al PP. ¿Cómo interpreta ese silencio?

No tengo ni idea. Nosotros queríamos generar documentación alrededor de nuestro acercamiento al cuadro. Ese formulario formaba parte de este intento de generar un proceso asociado al propio montaje teatral. De inicio, planeábamos construir una escena teatral no sobre cómo fue aquel actor sino a partir de lo que recordaban las personas que estuvieron allí. No fue posible porque la mitad de las personas no contestaron y nos parecía absurdo construir una escena entera a partir de eso. Aun así, esta idea inicial está presente en la obra.

¿Pero el plan cambió?

Tuvimos que abordarlo desde otro lugar. Desde el lugar en el que hay una división: personas que aceptan responder una encuesta de este tipo y personas que responden con el silencio. Y eso tiene que ver con muchas de las preguntas que nos hacemos nosotros sobre la disposición de la sociedad gallega a la hora de recordar. Nos sigue dejando perplejos que casi cien años después del golpe de Estado, una parte de la sociedad siga reivindicando el silencio a niveles extremos. La sensación que tenemos es la de ser, solo por enviar esas preguntas, sospechosos de algo. O que nuestros actos levantan sospechas en parte de la sociedad. Y es algo que nos preocupa porque el Gobierno gallego representa a la mayor parte de la sociedad gallega, que lo vota de manera aplastante.

En teoría debería representar también a quienes no lo votan.

Bueno, pero en la política tal y como la conocemos solo representan a sus votantes, uno y otros.

La derecha gallega, en todo caso, no quiere acercarse al tema.

Es algo delicado, muy sensible. La herida está claramente abierta y en cuanto tocas un poco todo el mundo reacciona, de una manera o de otra. La obra quiere observar cómo esto nos sigue afectando y se coloca en el empeño de que hay que recordar.

Chévere afirma que A derradeira lección do mestre representa aún “una memoria conflictiva”. ¿Se trata de una conclusión de la investigación previa o fue un punto de partida?

Lo que sucedió cuando trajeron el cuadro, con ese acto inédito de colocarse las autoridades para ver cómo abrían un cajón y lo sacaban y después cuando habla el presidente, es la representación perfecta de la memoria incómoda. Porque se silenciaron determinados hechos y determinados nombres. Ese era el punto de partida, nuestro diagnóstico: ese cuadro está representando algo suficientemente incómodo como para que no se puedan pronunciar determinados nombres ni recordar determinadas situaciones y hechos históricos. El cuadro de Castelao es un objeto testimonial que nos ofrece un testimonio contemporáneo de una confrontación real que supuso el asesinato de miles de personas. Lo que deducimos de hablar con mucha gente fue la constatación de que sí, de que sigue siendo algo incómodo. Los estudios recientes sobre historia del golpe parten desde esa perspectiva, la de la memoria incómoda.

Todavía en disputa.

Sí.

¿Cómo surge la idea de conectar el trauma colectivo del 36 con un trauma individual como el daño cerebral adquirido, un ictus?

Desde que tomamos la decisión de tirar del hilo del acto de recepción del cuadro, pusimos en marcha algún tipo de mecanismo de investigación. Al mismo tiempo, abrimos algo así como un espacio de escucha. Eso nos permite estar más alerta, más sensibles a percibir o localizar cosas que pasan a nuestro alrededor y a las que podemos darle un significado. Y por una casualidad nos invitaron a una charla de [la asociación] Dano Cerebral Galicia en el que convocaban al sector cultural para contar qué era esa discapacidad. Allí había una mujer con daño cerebral que contaba su experiencia.

¿Qué explicó?

Lo que nos tocó sobre todo fue el esfuerzo enorme que le suponía desarrollar cada día una serie de técnicas y herramientas para recuperar la memoria o para completar recuerdos que le quedaban medio ocultos. Un esfuerzo enorme por mantener una memoria. Porque sin ella no podía socializar y se quedaba aislada. Establecimos esa conexión: una persona que por un golpe ve alterada su memoria y el esfuerzo enorme que tiene que hacer. Y pensamos que, como sociedad, a nivel colectivo, estamos haciendo lo contrario. No aceptamos que tenemos una alteración de nuestra memoria colectiva y no ponemos las herramientas que nos ayuden a completar esas lagunas, esos vacíos, esos silencios. Desde esa charla empezamos a pensar: a lo mejor todo este problema de memoria colectiva lo podemos contar desde una persona.

A Galicia le dio un ictus colectivo en relación con 1936.

Ictus es una palabra latina que significa golpe, es la prueba de algodón, funciona. El ictus pasó hace mucho tiempo pero es interesante saber cómo las personas con esa alteración de la memoria tienen que trabajar sobre ello permanentemente. No es “hago esto un año y me curo”, no hay cura, hay un trabajo constante. La obra incide en eso: ¿estamos en disposición de realizar ese esfuerzo colectivo para superar ese trauma?

¿Lo estamos?

Es algo que ahora se está trabajando desde la psicología. Contactamos con una psicóloga catalana que lleva 25 años trabajando con los traumas generados por el golpe de Estado y la Guerra Civil. Ahora trata a la tercera y a la cuarta generación, el trauma va pasando de generación en generación. Y a nivel colectivo también. Lo que hizo el presidente del Gobierno gallego en el acto de recepción de A derradeira lección do mestre también eran el reflejo de un trauma. Hay un trauma y nos negamos a afrontarlo.

Como dramaturgo, ¿cuáles fueron los principales desafíos la hora de llevar a escena una propuesta de entrada tan discursiva, casi teórica?

Ictus es una obra muy discursiva, con muy poca teatralidad. Esto puede ser algo bueno o una losa para el espectador. En parte por el tema que tratamos, en parte porque seguimos tratando de contar a través del documental y el documental nos aleja cada vez más de lo que entendemos por teatralidad. Además, en este caso experimentamos con la posibilidad de que una obra de teatro se dirija simultáneamente a personas sordas, a personas ciegas y a personas oyentes y videntes. Es uno de los retos más potentes a nivel escénico.

¿De qué manera?

Con la lengua de signos y, al mismo tiempo, haciendo visible la técnica de la audiodescripción, La audiodescripción normalmente está oculta para el resto del público, porque una persona ciega se pone auriculares y una voz le cuenta cómo es la obra. Nosotros la colocamos encima del escenario. La obra se va a contar con una voz narradora que va a usar la técnica de la audiodescripción y después la va a desbordar. No sabemos qué va a pasar, desde luego no facilita sino que exige un esfuerzo mayor del espectador. Esta aproximación a la accesibilidad...

Relacionada con el ictus y el daño cerebral adquirido.

Sí, y no solo con eso. En relación al cuadro, hay otra pregunta: ¿cómo una persona ciega, como era Castelao en esa altura, podía pintar un cuadro de esta dimensión? Si vamos a contar la historia del cuadro de un pintor ciego, vamos a contarle esa historia al propio Castelao ciego, como si estuviese él entre el público. La única manera es con esta narrativa de la ceguera y ver qué pasa en escena. El público tiene la última palabra. Con Hellen Keller [su montaje de 2024] ya hubo un cierto rechazo del público oyente por asistir a una obra con lengua de signos.

No es la primera vez que Chévere trabaja sobre la memoria colectiva: Curva España (2019), N.E.V.E.R.M.O.R.E. (2021), incluso Eroski Paraíso (2016). ¿Qué las diferenció de Ictus?

Tanto Eroski Paraíso [sobre una sala de fiestas reconvertida en supermercado] como sobre todo N.E.V.E.R.M.O.R.E. [sobre el hundimiento del Prestige y las protestas ciudadanas contra la gestión del desastre] de alguna manera lo vivimos y fuimos sujetos activos de esa memoria. Quizás Curva España [recuperaba la historia del accidente en el que se mató un ingeniero ferroviario en Verín, Ourense, en 1927] sí tiene que ver con el mismo proceso de acercamiento, aunque después es diferente. En Curva España nos acercamos a los hechos a través de un eco, la leyenda, y trabajamos sobre la leyenda y la vigencia de la trasmisiónn oral como parte de la memoria, que también la modifica.

En Ictus no hay leyenda.

No la hay. Lo que hay son varias narrativas sobre un mismo hecho que se superponen. El cuadro representa esa narrativa del silencio que hoy ocupa el poder político y social en la sociedad gallega: eso ya pasó, está superado. Pero también representa esa narrativa del nacionalismo, los mártires de la democracia. Hay algo que nos llamó la atención: en el momento en que se pinta, en 1945, la obra fue irrelevante para Castelao y para la colectividad emigrada y exiliada. Nadie habló de él, ni Castelao, ni las revistas de los exiliados ni las de los emigrantes. Es un cuadro irrelevante cuando se hace y a día de hoy es un símbolo nacional y artístico que sigue en disputa.

Esa conversión de la memoria en símbolo, ¿no le hace correr el riesgo de monumentalizarse y ahogar sus significados, estancarlos?

Puede ser. Somos conscientes de que trabajando sobre estos temas estamos creando una memoria cultural. Y en Galicia no existe esa representación simbólica de nuestra memoria colectiva en relación con el golpe de Estado. Solo se mantienen en pie algunos monumentos a la memoria de los genocidas y asesinos. Puede existir ese riesgo, pero debemos generar colectivamente la materialización de nuestra memoria.

Es como si Galicia todavía no hubiese llegado a la posibilidad de ese riesgo exista, está en la fase anterior.

Claro. Si nos ponemos ambiciosos, Ictus es un intento de crear un producto cultural que materialice esa memoria. No desde las víctimas o los asesinos, sino desde el reconocimiento de que hubo asesinos y que hubo víctimas. Nosotros estamos muy posicionados pero con esta obra no estamos reivindicando ninguna voz en particular.