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‘The Pitt’ y el teatro de la carne

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En estas semanas hemos estado viendo en casa la famosa serie The Pitt, que trata de un día en la vida en la sala de urgencias de un hospital en Pittsburgh. No sé por qué me apasiona tanto, si en muchas escenas tengo que cerrar los ojos o tapármelos abriendo una rendija entre dos dedos para medio enterarme de lo que está pasando. Será que por enésima vez compruebo que los hospitales son el teatro del drama humano en su expresión más pura, además de que la serie está muy bien hecha, el guion es muy interesante y los actores estupendos. Me interesan los médicos, los jóvenes que aprenden de ellos y las historias de los pacientes, sobre todo. Y cierro los ojos, les decía, cuando muestran heridas abiertas, fluidos de distintos colores, un corazón latiendo, la sangre a borbotones, como ha de ser en realidad para los médicos y enfermeros que tratan con ellas. Bueno, eso me imagino. Me puse a buscar viejos episodios del Doctor Kildare de los años sesenta; pocos la recordarán, pero en ella los enfermos andaban bien tapados. Estaba mirando una escena en YouTube donde van a operar a un hombre del cerebro y lo más que hacía el médico era dibujarle rayas en la calva con plumón: en The Pitt, ya nos lo habrían trepanado en close up.No digo que The Pitt sea una serie gore, al contrario; es un drama con sus dosis de espanto y sobre todo de historias conmovedoras y hasta cómicas, pero no oculta los entretelones del cuerpo y eso está muy bien. Yo trato de tener presente, para tranquilizar mis aprehensiones de espectadora e hipocondríaca, que todo eso, en la realidad del set, no es más que pintura, mucho látex y Dios sabe qué prodigios ilusorios: seguramente aquello que parece apestar a sudor y vísceras olerá sobre todo a maquillaje. Los artistas escénicos que fabrican todas esas pústulas se deben de entretener mucho. Cuando me dedicaba a eso fabriqué un estigma para un cortometraje y sentí orgullo de mi artesanía: se veía muy real. Ni siquiera pensé que alguien, al verlo, se taparía los ojos.Todo eso me puso a pensar en la representación de las heridas y el dolor humano, desde las cinco llagas de Jesucristo en los cuadros medievales y después en los de Velázquez y Zurbarán, hasta algunos cuerpos distorsionados en los cuadros de Francis Bacon que parecieran estar siempre de alguna manera abiertos. Por más realista que parezca una obra, hay una composición, un simbolismo, una decisión de tono de color, una perspectiva en el arte que nos aleja un poco del horror; alguien lo dispuso de cierta manera y así nosotros podemos verlo. Si no, basta encontrarnos en una sala de urgencias verdadera, especialmente las de los hospitales públicos.AQ / MCB