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El Mutún: La promesa oxidada

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Pocas imágenes describen mejor la historia económica de Bolivia que la del Mutún. Una montaña de hierro intacta, mientras el país sigue importando acero. Un recurso gigantesco, rodeado de discursos grandilocuentes pero sin resultados reales.

Durante décadas, el yacimiento fue presentado como la gran puerta de entrada a la industrialización. No era una ilusión. Se trata de una de las reservas de hierro más grandes del mundo, capaz de sostener durante generaciones la producción de acero nacional. En ese depósito el país proyectó expectativas legítimas de desarrollo.

Se habló de grandes inversiones que impactarían en el empleo, la sustitución de importaciones y hasta en un cambio estructural en la economía. El proyecto del Mutún no era sólo una promesa regional. Su efecto alcanzaba a Bolivia entera. Acero para viviendas, carreteras, puentes y edificios. La base material para dejar de exportar materia prima y empezar a construir riqueza.

Sin embargo, esa promesa se ha repetido durante más de medio siglo sin concretarse. El Mutún ha atravesado gobiernos militares, administraciones liberales y el ciclo del llamado proceso de cambio. Todos coincidieron en el diagnóstico y en la retórica. Ninguno logró producir acero de manera sostenida.

Los primeros estudios datan de mediados del siglo pasado. Desde entonces, el proyecto quedó atrapado entre evaluaciones técnicas y decisiones políticas. Se crearon empresas estatales y se anunciaron planes de exportación. Nada prosperó.

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A comienzos de los años dos mil se intentó un proyecto con capital brasileño. Tampoco avanzó. Poco después llegó el contrato con la empresa india Jindal, presentado como el mayor acuerdo minero de la historia nacional. Se prometieron sumas millonarias y una siderúrgica integrada. El proyecto terminó en disputas contractuales, arbitrajes internacionales y la retirada de la empresa. El país quedó sin acero y con una indemnización que pagar.

Tras ese fracaso, el Estado optó por un nuevo modelo con financiamiento chino. Se firmó un contrato bajo la modalidad “llave en mano”. No se trataba sólo de construir una planta. El acuerdo incluía el diseño integral del proyecto, la instalación completa, un año de producción efectiva, la capacitación del personal y el desarrollo de un modelo comercial.

En otras palabras, no se contrató una obra. Se contrató una empresa en funcionamiento.

Hoy la realidad vuelve a mostrar otro fracaso. Informes técnicos hablan de centenares de fallas. La infraestructura sigue inconclusa. La planta no se terminó, no produce, no vende y carece de un modelo comercial operativo. Se desembolsaron alrededor de 550 millones de dólares sin que exista producción efectiva. Parte de esos recursos fueron para adquirir insumos cuya compra debía hacerla el contratista.

Lo serio no es sólo que la planta esté inconclusa o que se haya pagado por una producción inexistente, lo verdaderamente alarmante es la ausencia de garantías contractuales suficientes. No existe una sola boleta de cumplimiento. Eso no es una falla menor. Es una grave irresponsabilidad en el manejo del patrimonio público.
No estamos ante un simple retraso. Tampoco ante un contratiempo técnico. Lo que aparece aquí es un procedimiento que se repite en muchos proyectos estatales. Se paga primero y, sin una adecuada supervisión, ya no existe margen para corregir los errores o demandar resarcimientos.

Durante años se financiaron plantas y proyectos estratégicos, hasta sumar decenas, como si cada inauguración anunciara una nueva era. Detrás de los actos oficiales se acumulaban la improvisación, los sobreprecios y los contratos por excepción, diseñados para desembolsar recursos antes que para asegurar resultados.

El Mutún es uno de esos proyectos que consumieron centenares de millones de dólares sin generar un centavo. No falló el hierro. Falló la conducción del proyecto y la obligación elemental de proteger el dinero de todos.
Mientras el hierro duerme bajo el suelo boliviano, el país sigue pagando en dólares el acero con el que se construyen sus casas, sus escuelas y sus hospitales. Cada vivienda levantada con material importado es un recordatorio silencioso de lo que pudo hacerse y no se hizo.

Cada intento fallido dejó la misma escena. Un nuevo contrato, una nueva promesa. El hierro, sin embargo, sigue donde siempre estuvo.

El Mutún es la metáfora de un país rico en recursos pero pobre en desarrollo. La riqueza natural puede ser abundante, pero sin visión de país, sin instituciones serias, sin contratos bien diseñados y, principalmente, sin autoridades responsables, esa riqueza no se convierte en progreso.

La montaña sigue allí. El hierro no se ha movido ni un centímetro. Lo único que ha cambiado, una y otra vez, son los discursos, los contratos fallidos y los millones evaporados.

¿Cuándo dejará el Mutún de ser el monumento más grande a la irresponsabilidad estatal?

 

(*) Johnny Nogales Viruez es abogado y analista político

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