Límites con amor: enseñar seguridad a nuestros hijos sin miedo ni culpa
Los primeros años de vida determinan, en gran medida, el adulto que cada niño llegará a ser. Sin embargo, en medio del ritmo acelerado del día a día y de las demandas constantes, muchos padres de familia apenas encuentran tiempo para pensar en lo fundamental: cómo criar con amor y disciplina.
En una charla dirigida a los cuidadores, la psicopedagoga infantil Eimy Soto explica que establecer límites desde un enfoque amoroso y consciente no significa restringir la libertad. Al contrario, los límites ofrecen seguridad y protección.
“Un niño sin límites se siente inseguro. Cuando no existen reglas claras, el niño piensa que todo depende de él, y eso es demasiado peso para un cerebro que todavía está en desarrollo”, dice Soto. Por eso, poner límites es una de las mayores muestras de amor que podemos ofrecer.
La especialista hace una distinción importante entre límite, norma y castigo, conceptos que a menudo se confunden. El límite señala hasta dónde se puede llegar y da estructura. La norma organiza la convivencia y mantiene el orden. El castigo, aunque frena una conducta en el momento, no enseña ni genera aprendizaje a largo plazo. El tono con el que hablamos a nuestros hijos es igual de importante que las reglas mismas. La firmeza no significa gritar ni imponer miedo, pero la pasividad excesiva —súplicas, preguntas constantes o inseguridad— provoca ansiedad.
La voz ideal es segura, calmada y estable, porque transmite certeza y protección. Soto recuerda que los adultos también necesitan controlar sus emociones para poder enseñar autocontrol. “No podemos enseñar lo que no practicamos. Un padre cansado tiene menos paciencia y claridad”, afirma. Además, la coherencia entre los cuidadores resulta esencial. Si mamá dice “no” y papá dice “sí”, la seguridad del niño se tambalea.
La especialista llama “anatomía del límite claro” al mensaje que debe cumplir tres características: debe ser claro y anticipado, para que el niño sepa qué esperar; coherente, sin contradicciones entre los cuidadores; y protector, no punitivo, de manera que la estructura transmita cuidado y no amenaza. Para el día a día, Soto recomienda varias herramientas prácticas. Las rutinas ayudan a organizar las actividades, evitan conflictos y permiten que el niño sepa qué esperar.
Ofrecer opciones limitadas dentro de un marco claro da sensación de control y reduce la resistencia. La anticipación, es decir, avisar antes de cambiar de actividad, permite que el niño se prepare y evita frustración.
Finalmente, es importante permitir experiencias: siempre que no exista peligro, dejar que el niño explore y aprenda de manera natural fortalece su autonomía. La disciplina desde el amor no es un lujo ni un consejo más que añadir a la lista de tareas diarias. Es una guía que permite que los niños crezcan seguros, confiados y capaces de enfrentar la vida.
Para los padres, significa aprender a equilibrar firmeza y cariño, control y cercanía, para transmitir un mensaje claro: el mundo puede ser un lugar seguro porque hay alguien que los cuida y los guía.
Ser padre o madre implica muchas dudas: ¿estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy poniendo los límites adecuados? La propuesta de Eimy Soto no es rígida ni perfecta. Es humana y práctica, recordando que la crianza requiere aprendizaje constante, paciencia, ajustes y, sobre todo, amor. Al final del día, poner límites con cariño no solo enseña al niño: también enseña al adulto que somos.
