Una doctora explica qué hay que hacer para evitar un desmayo: «Al cerebro le llega menos sangre y se apaga»
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No hay día que las redes sociales no nos enseñen el poder que tienen como herramienta para la divulgación científica y sanitaria. La inmediatez y el alcance, además de la accesibilidad de las plataformas digitales como Tik Tok o Instagram, han permitido que muchos profesionales de la salud acerquen su conocimiento a la población de forma didáctica. En este contexto podemos hablar de la doctora Ana Pérez Ballesta , que compagina su labor asistencial en el hospital con la divulgación en redes sociales, donde acumula miles de seguidores interesados en aprender más sobre cómo funciona el cuerpo humano y cómo cuidarlo. En uno de sus últimos vídeos, la divulgadora abordó un tema cotidiano que muchas personas quizás hayan experimentado alguna vez: el desmayo. Con su tono cercano, recrea junto a otro interlocutor los síntomas previos y las causas de un síncope vasovagal, conocido popularmente como el desmayo más frecuente. «Uy, me mareo, no veo bien, todo está borroso, creo que me voy a desmayar…», comienza el vídeo que simula una situación típica de síncope, una pérdida de consciencia transitoria causada por una caída brusca de la presión arterial. Como explica la especialista, cuando la tensión baja demasiado, el cerebro recibe menos sangre y «se apaga, literalmente», aunque el cuerpo suele recuperarse de forma espontánea en pocos segundos. Según la doctora, antes de que se produzca la pérdida de conocimiento suelen aparecer señales de aviso: mareo, visión borrosa, náuseas, sudoración, palidez o una sensación de calor intenso que recorre el cuerpo. Reconocer estos síntomas a tiempo permite actuar para evitar el desmayo . Entre las maniobras para prevenirlo destacan apretar con fuerza las manos, cruzar las piernas y tensarlas, colocarse en cuclillas o, si es posible, tumbarse y elevar las piernas para favorecer el retorno de la sangre al cerebro. Los desencadenantes del síncope vasovagal son variados : desde sustos muy grandes, el miedo a las agujas o la visión de sangre, hasta permanecer de pie durante mucho tiempo, el calor extremo o la deshidratación. La doctora incluso compartió una experiencia personal: «A mí me ocurrió siendo estudiante en la habitación de un paciente en la que hacía mucho calor», relata.
