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Isabel II, un reinado a caballo

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Isabel II (21-4-1926/8-9-2022) mantuvo en sus siete décadas de reinado una relación constante, profunda y pública con el mundo del caballo. No fue un pasatiempo ocasional ni una tradición heredada sin implicación personal, sino una dedicación sostenida que la situó entre las grandes figuras del turf internacional del siglo XX y comienzos del XXI.

Con cuatro años montó por primera vez a "Peggy", un poni Shetland regalo de su abuelo, el rey Jorge V. La equitación formó parte natural de su educación y de su vida cotidiana. Ya en la adolescencia era una amazona experimentada, y tras su ascenso al trono consolidó esa imagen participando durante décadas en el desfile de Trooping the Colour a caballo, una tradición que mantuvo hasta 1986. Entre sus monturas destacaron caballos como "Winston", que había pertenecido a su padre, y la yegua "Burmese", regalo de la Policía Montada canadiense, con la que protagonizó uno de los episodios más recordados cuando, durante un intento de atentado en 1981, logró mantener el control del animal.

Más allá de la equitación ceremonial, Isabel II fue una criadora y propietaria de primer nivel. Heredó la yeguada real y la desarrolló con un criterio selectivo y constante, manteniendo un número reducido de yeguas madre, pero de alta calidad genética. A lo largo de su vida, los colores reales lograron victorias en todas las grandes clásicas británicas, con la única excepción del Derby de Epsom. Su palmarés incluye triunfos históricos como los de Carrozza en las Oaks, Pall Mall en las 2.000 Guineas, Highclere en las 1.000 Guineas y el Prix de Diane, y Dunfermline en las Oaks y el St. Leger.

Uno de los momentos más simbólicos de su trayectoria como propietaria llegó en 2013, cuando su yegua "Estimate" ganó la Copa de Oro de Ascot. Fue la primera vez que un caballo criado por la propia monarca se imponía en esa prueba.

Isabel II no delegaba su afición. Conocía los orígenes de cada uno de sus ejemplares, seguía los entrenamientos, mantenía una relación directa con sus preparadores y leía prensa especializada. Su implicación se mantuvo hasta el final, como demuestra su última gran temporada en 2021, cuando sus caballos lograron 36 victorias. También obtuvo éxitos fuera del Reino Unido, con triunfos en Francia y España.

En su entorno ecuestre hubo figuras clave. Durante décadas confió la gestión de su yeguada a Lord Porchester, amigo personal desde la juventud y gran conocedor del mundo de las carreras. Tras su fallecimiento, su yerno asumió el cargo, manteniendo una estructura basada en la discreción y el trabajo continuado. La reina visitaba con frecuencia yeguadas y centros de entrenamiento, tanto en territorio británico como en el extranjero, interesándose por métodos de cría y preparación.

Su implicación ecuestre fue también relevante desde el punto de vista institucional. En los años setenta, cuando el turf británico atravesaba una etapa de declive, su respaldo resultó decisivo para atraer a nuevos grandes propietarios internacionales, especialmente procedentes del mundo árabe, contribuyendo a la modernización y sostenibilidad del sector. Además, tuvo un papel destacado en la conservación de razas equinas, como el Cleveland Bay, cuya supervivencia se garantizó gracias a la adquisición de los últimos sementales disponibles. Hoy, estos caballos siguen vinculados a las carrozas reales.

Apenas unas semanas antes de su fallecimiento montó por última vez en los terrenos de Windsor desoyendo las recomendaciones médicas. Tras su muerte, su poni favorito participó en el cortejo fúnebre, en una imagen que simbolizó la dimensión íntima de ese vínculo.

El legado ecuestre de la reina continúa en su familia. Su hija, la princesa Ana, destacó como amazona internacional y su nieta Zara Tindall ha logrado títulos mundiales y medallas olímpicas en Concurso Completo. Bajo el reinado de Carlos III, la yeguada real sigue activa, aunque difícilmente volverá a alcanzarse el grado de implicación personal que caracterizó a Isabel II.